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Vida inteligente

Crisis climática ¿Nuestros hábitos alimentan el colapso ecológico?


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Cuando de crisis climática se trata, solemos perder mucho tiempo y energía discutiendo si lo que necesitamos es compromiso individual o cambio colectivo y político. Así que, para evitar ese desgaste, propongo que nos pongamos de acuerdo en algo: esta crisis es global y sistémica, lo cual quiere decir que necesariamente requiere de cambios sistémicos y colectivos. Y eso, inevitablemente, implica muchos cambios personales, pues lo colectivo se deriva también de la conexión de los procesos individuales. No es “lo uno o lo otro”, es lo uno y lo otro, siempre.

Dicho esto, creo que también es necesario reconocer que uno de los asuntos más complejos de la crisis climática es que nos cuesta muchísimo entender las proporciones de lo que está pasando (por ejemplo, que no es un asunto que se limite solo al clima sino que implica en efecto una crisis global ecológica y social), y nos cuesta aún más entender cómo nuestras acciones cotidianas, que parecen tan pequeñas, tan insignificantes, pueden estar contribuyendo al colapso de los ecosistemas que conforman y hacen posible la vida en el planeta, incluyendo la nuestra.

Parece todo muy abstracto, muy grande y muy lejos, y nos parece prácticamente imposible que nuestro vaso desechable, nuestra camiseta que no necesitábamos, nuestro nuevo celular que reemplazó al que todavía no tenía por qué ser reemplazado y nuestra chuleta en el almuerzo sean parte del problema. Queremos pensar que el problema está en otra parte: en las decisiones que toman los políticos y los directores ejecutivos de las grandes compañías, en los contratos de megaminería y los cultivos infinitos de palma de aceite, en las enormes chimeneas de las fábricas y sus toneladas de vertimientos tóxicos a las fuentes de agua que las rodean.

Y es cierto: el problema está en esas cosas, que superan por mucho el impacto de nuestras mínimas acciones cotidianas. Pero esas cosas existen, también, porque miles de millones de personas votan por esos políticos (y luego se desentienden de sus iniciativas y proyectos), le dan su dinero a esas grandes compañías, compran los productos hechos con lo que se extrae en esos proyectos de megaminería y los que se fabrican con ese aceite de palma, y así participan (participamos) de lejos y sin darnos cuenta en el proceso de combustión que expulsa gases tóxicos por esas chimeneas y envenena el agua que tarde o temprano nos vamos a tener que tomar nosotros mismos.

Considero, en todo caso, que es muy importante el cambio que se ha dado en el discurso sobre crisis climática en los últimos años: ante un problema de esta magnitud, gravedad y urgencia, no podemos contentarnos con que un grupo de individuos cambien las bolsas desechables por unas de tela, los vasos desechables por botellas de acero inoxidable y los pantalones de poliéster para hacer yoga por una alternativa fabricada con botellas recicladas de PET, sencillamente porque no es suficiente. Y por eso es esencial recordar siempre que este es un problema sistémico que solo responderá a soluciones sistémicas.

Pero, por otro lado, tampoco podemos contentarnos con la palmadita en la espalda y la idea de que “el problema es muy grande” (aunque lo sea), y quedarnos de brazos cruzados esperando a que las soluciones vengan de otra parte.

Sí, necesitamos cambio sistémico. Urgente. Y puesto que parte del sistema somos nosotros, ese cambio sistémico se nutre también de nuestras acciones individuales. Así que nuestro cambio individual tiene el potencial de acelerar el cambio sistémico. Y eso no lo podemos ignorar. Está todo bien si queremos seguir debatiendo en torno a la importancia del cambio político y colectivo versus el cambio individual (es un debate enriquecedor), siempre y cuando no pretendamos cancelar el uno con el otro y entendamos que los dos se nutren y, en el fondo, son el mismo.

El derretimiento de glaciaresel blanqueamiento de coraleslos incendios (cada vez más frecuentes y muchas veces planeados), las zonas muertas oceánicasla aniquilación biológica (a la que usualmente nos referimos con disimulo “extinción masiva”) y en general los eventos climáticos extremos y las evidencias de la degradación de la biósfera, a menos de que vivamos muy cerca de donde están sucediendo, se sienten como escenas de películas apocalípticas que no están pasando de verdad, sino solo en las pantallas de nuestros teléfonos, tabletas, computadores y televisores.

El primer paso es tan claro como incómodo: necesitamos observar nuestros hábitos cotidianos con la intención de entender mejor las múltiples maneras en las que se enlazan con la crisis ecológica, para así tener herramientas más cercanas para empezar a sumar, desde lo individual, a ese cambio colectivo que necesitamos si queremos que el planeta siga siendo viable, no solo para nosotros sino para todas las otras especies que también lo conforman. A continuación, propongo tres puntos de partida:

La comida

Hay tanta evidencia de la conexión profunda entre nuestros hábitos alimenticios y la crisis climática y ecológica que a estas alturas ya ni siquiera debería ser tema de conversación.

Digámoslo de otra manera: nuestra desconexión con lo que comemos y con todo lo que implica su producción, nuestra obsesión con el consumo excesivo de partes y secreciones de animales (que no solo requiere enormes tierras para criarlos sino otras más enormes para cultivar la soya con la que se los alimenta), nuestra preferencia por comestibles ultra procesados y ultra empacados que se mantienen por meses en las estanterías, nuestro deseo de comer de todo, independientemente de si está o no en cosecha o se da o no en la zona en la que vivimos, son los principales motores de una aniquilación biológica que tarde o temprano amenaza con alcanzarnos a nosotros también.

  • Come más plantas y menos -muchas menos- partes y secreciones de animales
  • Come más alimentos de verdad y menos productos ultra procesados creados en fábricas.
  • Come más productos locales, de producción responsable y de temporada y menos cosas de monocultivos e importadas
  • No desperdicies alimentos

El transporte

Otro de los aspectos de nuestra vida cotidiana que alimenta de manera clara y contundente la crisis ecológica es la manera en la que elegimos movernos de un lugar a otro (más allá del uso de nuestros pies o nuestras ayudas para caminar y movernos).

Tener acceso a medios de transporte motorizados que van cada vez más rápido y llegan cada vez más lejos tiene sus ventajas, claro, pero considerando que todos esos medios de transporte dependen -de manera directa o indirecta- de combustibles fósiles, y que en su funcionamiento generan gases que empeoran la crisis climática, hace que sea necesario pensar también en su impacto y no solo en nuestra comodidad.

  • Prefiere los desplazamientos sin motores
  • Usa el transporte público
  • Si vas a usar carro, que sea compartido
  • Vuela menos

La vida digital

Por último, un aspecto de nuestra vida cotidiana que parece inocente pero no lo es: nuestra actividad en internet.

Algunos datos para darle mejor proporción a este asunto: de acuerdo con la “Smart Guide to Climate Change” de la BBC, “la huella de carbono de nuestros aparatos, internet y los sistemas que los soportan representan alrededor del 3.7% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero”. Esa es una cantidad similar a la que genera la industria aeronáutica a nivel mundial, y se calcula que esas emisiones se duplicarán en los próximos cinco años. En otras palabras: nuestros hábitos de navegación en internet pueden ser tan pesados para la salud del planeta como recorrerlo en avión.

  • Piensa en los datos almacenados como si fueran objetos
  • Usa tus ratos de “streaming” de manera mas consciente
  • Reduce tu tiempo en pantalla
  • Cuida tus aparatos tecnológicos

Cada uno de nosotros aporta, de manera más o menos intensa y directa, al desarrollo de la crisis ecológica que amenaza a toda la vida en el planeta. Decir que “todos somos parte del problema” es una sobre simplificación, claro, porque no todos hemos contribuido de la misma manera al desarrollo de esta crisis; pero funciona al menos como punto de partida para traer otra afirmación que resulta mucho más esperanzadora, y que se deriva precisamente de la anterior: todos, de alguna manera, somos parte de la solución.

Artículo por Vice

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