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Salud

En España, una “victoria” para los defensores de la eutanasia


Ramón había sido el primer español en pedir a la justicia morir “con dignidad”, provocando un debate nacional que llevó a la reducción de las penas por asistir al suicidio.

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Hace más de 20 años que Ramona Maneiro ayudó a morir a su amigo tetrapléjico Ramón Sampedro, una historia que inspiró la oscarizada “Mar Adentro”. Ahora, siente la legalización de la eutanasia en España también como su “victoria”.

Con la brisa atlántica haciendo ondear su pelo ya canoso, esta mujer de 60 años rememora el suicidio de su amigo a los 55 años tras casi tres décadas sin poder moverse de la cama al quedarse tetrapléjico por un accidente.

Ramón “decidió marcharse, y yo era la persona que le dije que le ayudaría en su momento (…) Yo le puse allí el vaso que él quería, con lo que él quería”, dice en A Pobra do Caramiñal, una villa costera en la región de Galicia (noroeste).

“El vaso contenía agua con un poquito de cianuro”, exactamente “el peso de una aspirina”, continúa. Ella lo posó en una bandeja “con una pajita” y “él solo se lo tomó”.

“Después me puse detrás de la cámara pegada a la pared y esperé hasta que… hasta casi el final”, que Sampedro quiso grabar para dejar constancia de su desenlace.

Él había sido el primer español en pedir a la justicia morir “con dignidad”, provocando un debate nacional que llevó a la reducción de las penas por asistir al suicidio.

Su batalla protagonizó la película “Mar Adentro” de Alejandro Amenábar, ganadora del Óscar a mejor película extranjera en 2005, en la que Javier Bardem interpreta este marino que se fracturó una vértebra cervical impactando con una roca al saltar al mar en Galicia, donde una estatua lo recuerda.

La legalización de la eutanasia le habría ahorrado problemas a Ramona, que fue arrestada tras la muerte de su amigo aunque evitó ser condenada por falta de pruebas. Al día siguiente de prescribir los hechos, siete años después, lo explicó todo en la televisión.

Acusada de homicidio por la familia de Ramón, asegura no sentirse “culpable de nada” y, en vísperas de la adopción de esta ley en España, la celebra como una “victoria”, aunque tardía, “para Ramón” y “para la gente que pueda beneficiarse”.

La medicina “debe evitar el sufrimiento”
La ley, que debe aprobarse definitivamente este jueves, permitirá a quien sufra de una enfermedad crónica grave o incurable recibir asistencia médica para morir.

“Para mí, es una tranquilidad por si algún día lo necesito”, afirma desde Barcelona Sofía Malagón, una colombiana de 60 años residente en Barcelona.

En 2014, le diagnosticaron párkinson, una “enfermedad incurable, progresiva, incapacitante” que le ha obligado a abandonar su oficio de enfermera.

“Me preocupa morir mal y vivir mal. Soy una persona muy curiosa intelectualmente. Si yo estoy demenciada, yo no soy Sofía Malagón (…) No quiero que me tengan allí como una planta”, explica esta enfermera desde su apartamento cercano a la Sagrada Familia.

Con un máster en bioética, esta enfermera tiene profundamente estudiada su defensa de la eutanasia que, para ella, responde al avance de la medicina hasta límites que “pueden alargar muchísimo la vida biológica”.

Pero “la medicina no solamente debe curar, sino evitar el sufrimiento”.

Aunque aliviada, teme obstáculos en la aplicación de la ley, como la objeción de consciencia para los médicos, a la que ella se opone. “Se ha ganado una batalla, pero no la guerra”, advierte.

“No vivir a cualquier precio”
Jovial y elocuente a sus 88 años, Jesús Blasco lleva años reclamando esta ley, a la que pretende acogerse si su cáncer de garganta vuelve a recrudecer.

Hace pocos años se habría acogido inmediatamente a ella. Lo habían operado del tumor y debido a complicaciones posteriores, estuvo cinco meses hospitalizado, conectado a una sonda, sin poder comer ni beber.

“Soñaba con beberme un vaso de agua. ¿Sabes qué es estar cinco meses sin saborear un café, ningún tipo de comida?”, afirma este hombre bigotudo en Barcelona.

Sus médicos le dijeron que sería para siempre, pero él se rebeló y empezó a comer por su cuenta. Ahora saborea la comida “como nunca”, consciente de que este cotidiano placer puede acabar.

“No tengo ningunas ganas de morirme, estoy viviendo muy a gusto (…) Pero no quiero vivir a cualquier precio”, argumenta. “Si seguir viviendo es a costa de sufrimiento y dolor, yo renuncio a la vida”.

Como Sofía, recela de aspectos de la ley, como autorizar la eutanasia solo cuando “el dolor sea insoportable”. “¿Quién va a medir si mi dolor es insoportable o no: el cura, el Papa, los políticos? Eso lo tendré que decidir yo”.

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