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Cesare Pavese para desvelados


Viaje al centro de los libros

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Es  común y frecuente la pregunta de revista sobre quiénes son nuestros autores predilectos, ante lo cual yo modifico cada vez la mención, porque mis preferencias varían en el tiempo.   Importa lo que me acaba de conmover, lo que está fresco apuntalando mi sensibilidad, lo que recientemente me impresionó.   Pero dentro del listado probable nunca falta Cesare Pavese.   Se cuela de manera inconsciente.   Se aferra a mi mala memoria.  Me exige lealtad a esos textos que una vez me desvelaron y sembraron en mi imaginación un cierto pesimismo ingrato, y devoción por el suicida neorrealista italiano. 

Pavese nació en 1908 y se quitó la vida en 1950 en una habitación de hotel, una de las que frecuentaba sin esperanza.   Creo que bebió pastillas para dormir en exceso, porque no quería volver del sueño.  Vivía solo, esclavo de la misoginia, y fue víctima del fascismo durante los años de la Segunda Guerra Mundial.  Estuvo preso.   Sufrió.  Su profundo malestar se respira en cada página de ficción escrita.   No recomiendo la lectura de corrido de toda su obra, sino pausadamente, porque el conjunto de golpe nos puede arrebatar la alegría.  Es un autor con carácter, estilo y profundidad.   En sus novelas no importa tanto la anécdota, el argumento, como su visión de las cosas, intuir la sensibilidad que irradia, los pensamientos reflejados en cada acto descrito.   Es una obra que produce desasosiego, como la poesía de Fernando Pessoa.  Su diario El oficio de vivir es la guinda en el pastel que corona su experiencia vital.

Autor de novelas breves, alcanzó en vida un relativo éxito dentro y fuera de Italia, pero luego de su muerte se propagó como reguero de pólvora, para luego desaparecer por años, y ahora, después de la pandemia, está volviendo a actualizarse, porque pone sentido a la palabra en medio de tanta liviandad.

Sobresale su novelas La luna y las fogatas, que fue publicada póstumamente, donde el protagonista es un huérfano que se marchó de casa para regresar triunfante, si por tal cosa se entiende con fortuna.  Se hospeda en el mejor hotel y es recibido como héroe por quienes antes lo menospreciaban.  Se marchó porque no quería vivir como árbol, sujeto a un lugar en el espacio, gobernado por las fases de la luna, por las estaciones que traen la lluvia y las enfermedades, sujeto a cuando se puede lavar una tinaja o hacer un injerto.   Rechaza los ritos comunitarios y religiosos, y decide viajar, conocer, porque “el mundo entero es un enredo de caminos y de puertos”, pero a medida que pasa el tiempo comprende que “crecer quiere decir irse, envejecer, morir”, y que todos los pueblos en el mundo se parecen, que en todas partes se presencia las mismas decepciones, que es un sueño ingenuo comprender al mundo o querer cambiar el ritmo de las estaciones.   

 Otras obras suyas son El diablo en las colinas, El camarada, Entre mujeres solas, Ciau Masino, Diálogos con Leucó, La playa...   En poesía dejó un libro ejemplar: Trabajar cansa.      

Vale la pena aproximarme al abismo de Pavese repasando las páginas anotadas, conteniendo la respiración, en una narrativa donde desfilan personajes urbanos buscando permanencia y estabilidad, en medio de una sociedad cambiante y absurda.   El autor se apodera de la voluntad de los lectores, recurre a la ficción como puente para comunicar su visión pesimista de la vida y, por eso, al leerlo, es como que si nos pusiéramos sus lentes y nos dejáramos transportar a través del laberinto contemporáneo, que atormenta y obliga a sacudir la comodidad.   Su obra es un grito de sujeto desvelado.   Hay que leerlo, sentirlo y disfrutar su prosa, porque a bofetadas nos hace sentir la experiencia de la vida. 

Redacción El Periódico
El equipo de redactores y editores de elPeriódico.

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