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La hazaña de Federico Hernández de León


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En los periódicos nacionales están registrados grandes esfuerzos intelectuales de autores guatemaltecos víctimas de la fugacidad, que se preservan en la Hemeroteca Nacional o en bibliotecas especializadas. Algunos pasaron al formato de libro, lo que facilitó su conservación, no importando lo escueto de la edición. Hace un siglo, después de la pandemia de la gripe española, de los efectos de la Primera Guerra Mundial, de los terremotos del 17-18 y de la caída de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, se sucedió el surgimiento de la expresión popular, cuando el mundo entraba en el período de los años locos, y la Literatura fluyó en una generación brillante, con figuras que trascendieron las fronteras como Miguel Ángel Asturias o Luis Cardoza y Aragón, y otras que permanecen en el olvido, quizá porque se quedaron en el país y lo que escribieron no pasaba de los diarios locales, en papel que luego se reciclaba en las ventas de carne, panaderías y excusados. 

Uno de tales genios olvidados es Federico Hernández de León (1873-1959), periodista, cronista diestro, que padeció seis años de cárcel durante la dictadura y sufrió la clausura de cuatro diarios. En 1924, seguramente inspirado en las celebraciones del Centenario, optó por escribir por tres años diariamente una crónica de los hechos acaecidos durante el primer siglo de vida independiente. Fueron alrededor de mil columnas, toda una hazaña, escritas con gran claridad, deliciosamente narradas, sin ripios, que los lectores gozaban como una fuente de memoria colectiva, y lo convirtieron en autor muy popular en la Guatemala de entonces. 

Tras tres años de fiebre de escritura, reunió su gran obra, ‘El libro de las efemérides’, en ocho tomos, y mientras aparecían las últimas en el diario se publicó el primero en 1926 en la imprenta Sánchez & de Guisse, y tuvo mucho éxito, el segundo salió en 1929 cuando el interés pareció apagarse, así que el tercero tuvo que esperar hasta 1930, y ya no salieron los siguientes en vida. En 1959, apareció póstumamente el tomo cuatro, en 1963 los tomos quinto y sexto, el séptimo en 1965 y el octavo en 1966, en la Tipografía Nacional. El autor no llegó a conocer en vida la publicación del conjunto de su gran obra.

Gustavo Berganza, periodista profesional y gran admirador del autor, inició la preparación de una antología de sus crónicas, que se editó y presentó al público en Filgua, en la Colección de la Ciudad, de la Municipalidad capitalina, con la Editorial Piedra Santa, en una edición no comercial, cuya función es rendir homenaje al autor y despertar el interés de universidades y editoriales comerciales para que sigan con el rescate de esta valiosa obra única y espléndida, que se lee con gran asombro, escrita hace un siglo, donde se puede recorrer lo que sucedió en la metrópoli durante el primer centenario, las batallas del General Carrera, los enfrentamientos de liberales y conservadores, la invasión de Morazán, los levantamientos de Tata Lapo, el intento de independencia del Estado de los Altos y el retorno a la ciudad del ejército victorioso mostrando a los quetzaltecos vencidos: “Era el principal prisionero el general don Agustín Guzmán, cuyas heridas habían sido atendidas para que resistiera la larga caminata y pudiera entrar a la ciudad como un trofeo de guerra. Se lo puso a lomo de una mula, engrillado de pies y manos. Los otros jefes, Mariscal y Soto, igualmente a lomos de mulas y cubiertos de andrajos, caminaban con rumbo a la ciudad dominadora. El 17 de febrero se hizo la entrada solemne. El desfile se verificó en la 6a. Avenida sur, desde el Calvario. Grandes arcadas de flores, alfombras, cortinas, pendones y gallardetes adornaban el camino. Las campanas volteaban sus voces de alegría. La pirotecnia agotaba sus triquitraques y cohetes. La capital presentaba un aspecto de fiesta inusitada. Venía adelante el vencedor. A lomos de un soberbio caballo (…); luego caminaban los prisioneros, en una situación dolorosa (…) y cerraba la marcha un inmenso gentío que vitoreaba y aplaudía…”. La batalla se había sucedido entre guatemaltecos, los chapines habían vencido a los chivos, dejando huellas de rivalidad que el paso del tiempo aún no borra. Leyendo las crónicas extraordinarias de Federico Hernández de León, se puede entender las razones de nuestra forma de ser. La antología de Berganza nos da a probar una pequeña parte de la gran hazaña de un autor injustamente olvidado.

Redacción El Periódico
El equipo de redactores y editores de elPeriódico.

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