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Literatura

Nuestro tiempo según Michel Houellebecq


Viaje al centro de los libros

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Michel Houellebecq. Foto: AFP

El agresivo e irreverente escritor francés autonombrado Michel Houellebecq (1958), quien se hizo popular en 1994 tras ganar el Prix Flore de primera novela con ‘Ampliación del campo de batalla’, se repite mejorando y asombrando. 

En aquella primera obra expuso una sociedad donde todo está organizado, donde las carencias materiales no son problema, donde la vida anodina se traduce en un inmenso vacío que ha desarrollado en su obra posterior. 

El protagonista de aquel primer logro es un ingeniero pesimista, deprimido y aburrido en el mundo neoliberal que le correspondió. La experiencia vivencial la compara con un hospital donde los pacientes enfermos acuden felices a recibir el tratamiento necesario hasta que les llega el turno de fallecer, mientras el protagonista de la ficción vive la cacería amorosa y la gimnasia del placer (faena a la cual renuncia), el consumo de estimulantes, el refugio solitario, la masturbación en salas de cine vacías, la soledad urbana y el sinsentido. 

Pocas son las motivaciones que alientan a los personajes, porque nada los entusiasma, por eso el protagonista suspira cuando un individuo muere en el supermercado, y miente al declarar el robo de su auto cuando en realidad olvidó el sitio donde lo dejó parqueado, o emprende un viaje a la provincia alentado por la promesa de emociones nuevas: “Por lo menos habrá una inflexión, un sobresalto”. 

Lo que se respira en el libro difiere de nuestra condición en Guatemala, porque aquí a cada minuto hay una sorpresa o un sobresalto, pero no en el París inventado de Houellebecq, donde no ocurre nada relevante: “Me parecía normal que, a falta de acontecimientos más tangibles, las variaciones climáticas vinieran a ocupar cierto lugar en mi vida”. La única variación que la vida promete es la certeza de la futura muerte: “Una vida puede muy bien ser vacía y a la vez breve. Los días pasan pobremente, sin dejar huella ni recuerdo; y después, de golpe, se detienen”. 

En 2019, meses antes de la pandemia, sacudió nuevamente a sus fanáticos lectores con otra novela triste titulada ‘Serotonina’, donde repite el ejercicio de principiante de un cuarto de siglo atrás, pero con la madurez ganada con el tiempo, y nos conduce por los linderos de la depresión al lado de un personaje que no debería de quejarse, porque lo tiene todo, fortuna y vida hecha en un país ordenado, aunque arrastre la terrible circunstancia de que sus padres se hubieran dado muerte para ganarle la batalla a la enfermedad de uno de ellos, para desaparecer juntos, en un acto sublime de pareja enamorada, pero abandonándolo a él, Florent-Claude Labrouste a su suerte, con un fondo económico para que no requiriera trabajar en su vida, y con estudios superiores de primera calidad que le facilitan encontrar ocupaciones para poder distraerse y pasar el tiempo. 

Él toma antidepresivos que le hacen perder la libido, y narra una serie de episodios amorosos en París y de exploración existencial por Normandía, en una utopía de lecheros fuera de época, que se disfrutan por su ingenio, agudeza y visión descarnada sobre nuestro tiempo pero en países desarrollados, o en Francia particularmente, donde el avance de la civilización enferma y la ausencia de creencias convierte a los seres humanos en autómatas decadentes. Sin embargo, expone la historia con tal lucidez, dominio del lenguaje, y brillantez desbordante, que su relato se goza, aunque también deprima, pero se repone por una capacidad de imaginar que deslumbra.

Redacción El Periódico
El equipo de redactores y editores de elPeriódico.

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