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Literatura

Leyendas de la Luna


Viaje al centro de los libros

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La Literatura para niños es un género vital, y gran cantidad de autores han dedicado sus mejores empeños para seducir a los más pequeños con historias claras que los asombren, y además la industria editorial cultiva la práctica como un medio eficaz para formar futuros lectores creándoles el hábito, lo cual es un gran regalo para quienes con el tiempo descubrirán que la lectura es esencial para el desempeño humano en el mundo real. Los adultos también nos rendimos ante obras infantiles monumentales como ‘Alicia en el país de las maravillas’ de Louis Carrol, o ‘El Principito’ de Antoine de Saint-Exupery, o ‘Matilda’ de Roald Dahl, y hemos visto grandes logros comerciales como con la serie de ‘Harry Potter’ de J. K. Rowling, que logró despertar en la generación actual todos las sorpresas contenidas en los mitos mediterráneos, actualizados. Los alumnos, en el pasado, cuando dominaba la educación católica, disfrutaban las aventuras mágicas de la Historia Sagrada, pero el laicismo borró la ensoñación y se ha tenido que abrir nuevas puertas a la ilusión.

La escritora guatemalteca Gloria Hernández, quien acaba de obtener la distinción del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, cultiva dicho género, porque así como escribe historias para adultos también se ha dedicado a desafiar la imaginación de los más chicos, marcando una diferencia con respecto a la norma general, porque se distancia del uso de la crueldad que despierta miedo y de la complejidad de la violencia. En ‘Las mil y una noches’ el lector es golpeado con momentos sanguinarios, como los que vive Simbad en su serie de viajes y naufragios, o en las aventuras de Aladino. O la crueldad está presente en la obra de Dahl que con ‘bullying’ y presión de grupo conduce a un niño a tomar el rifle y disparar en contra de su voluntad a un cisne pacífico y bueno flotando en el pantano. Gloria Hernández explora una línea diferente en su libro ‘Leyendas de la Luna’ (Editorial Norma), varias veces reimpreso, porque recurre a la bondad, la ternura, a dar protección a los niños en medio de un mundo de fantasía, desde una visión laica. 

La obra comprende una breve introducción donde presenta a la Luna como narradora, y luego siguen 19 leyendas contadas con una voz maternal, suave, cariñosa, para no asustar a pesar de la sorpresa de entender que es la Luna quien nos habla, mira y protege. La primera línea es evocadora: “Como soy Luna, soy capaz de sentarme en una nube y conversar con las palomas”, el satélite tiene poder, está presente aunque no esté cerca, y desde el firmamento habla. La Luna es adulta, pero también una niña juguetona que comparte con los lectores a su nivel, como madre. Y no asusta, ni expone la maldad de los personajes legendarios, sino adapta la acción al sentimiento positivo. Por ejemplo, en la leyenda del Cadejo, el chucho de los bolos aparece bueno, protector y guardián de quienes recorren las calles de noche, como equivalente al ángel de la guardia cristiano, pero no individual sino colectivo, con dos estrellas en los ojos que brillan en lugar de las canicas rojas y satánicas extendidas en la memoria popular, y es la mascota de la Luna, fue cachorro y ahora está para ayudar. O en la leyenda del eclipse explica a los lectores que las peleas entre familia son comunes y no duran sino un instante, y por eso la Luna tapa al Sol en tales casos como ejemplo, para que la gente sienta la ausencia del calorcito humano, entre en conciencia y facilitar la rápida reconciliación.

La autora premiada escribe historias positivas, que buscan el lado bueno en los misterios de la vida, y con una voz narrativa amable hace sentir la diferencia y presenta otra visión del mundo. Hasta las culebras cascabel del Motagua son coloridas y brillantes, hacen el bien a su paso como chinchín jubiloso, pero se metieron dentro de la tierra para alejarse del enojo y peleas de la gente.

Redacción El Periódico
El equipo de redactores y editores de elPeriódico.

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