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Literatura

La visita de José María Arguedas


Viaje al centro de los libros.

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El novelista peruano José María Arguedas (1911-1969) vino a Guatemala como estudioso del folklore latinoamericano entre marzo y mayo de 1961, cuando se firmaba José María Altamirano (utilizando el apellido materno) para diferenciarse del escritor con dos obras fundamentales, Yawar fiesta (1941) y Los ríos profundos (1958), y vivió unos días complejos, moviéndose por el interior del país y cambiando de hoteles en la capital, como el Continental y la pensión Alzamora. Aquí fue atendido por el historiador Ricardo Toledo Palomo (1932-2017), una eminencia en estudios del arte y artes populares, autor entre otras obras de Las artes y las ideas de arte durante la Independencia (1977), cuya reedición hizo falta en el cumplimiento del bicentenario recién celebrado en pandemia, que estuvo muy silencioso. 

Los dos intelectuales hicieron buenas migas, en una época difícil para el escritor, que estaba entonces terminando su novela El sexto, que se publicó un año más tarde, y que ya no tuvo tanto éxito como las anteriores, tal y como él lo preveía en la correspondencia que sostuvo con Toledo Palomo después de su visita, donde expresaba su inseguridad: “Era indispensable que se publicara ese año. Y tuve que corregirla una vez más. Me atormentaba mucho la duda acerca de la calidad de este trabajo. Lo había corregido tres veces y siempre me había quedado oculta sospecha de que el tema difícil no había sido bien expuesto. ¡Por fin, ahora, desde ayer, me he quitado ese peso de encima! Creo que el relato podrá servir y lo he de entregar al editor a fin de mes”. 

Pasaron 17 años entre su primera y segunda novela, siendo ambas obras extraordinarias. Los ríos profundos es la gran novela peruana, pero la juvenil fue también un acontecimiento. En los días que vino al país y posteriores, subió como espuma su fama, y también arribó el ocaso, porque se enfrentó a los autores del ‘boom’ por aquel dilema entre escribir o no obras comprometidas. Los ataques de Cortázar fueron radicales, así como García Márquez se predispuso en contra de Miguel Ángel Asturias. La nueva generación abogaba por otra literatura, ignorando que Arguedas y Asturias habían marcado el inicio de lo que fueron ellos.

La correspondencia llegó a mis manos hace una década, una noche de actividad literaria, cuando al final de alguna presentación de libro se me aproximó el notable historiador a compartirme el lujoso acontecimiento, y hoy, mientras ordenaba la gaveta del escritorio, encontré las hojas engrapadas en un folder traspapelado. Toledo lo acompañó en su viaje por Guatemala, se hicieron amigos y contemplaron juntos el lago de Atitlán.

En una de las cartas dice: “Fue una lástima que me tocara la suerte de ir a Guatemala en tan mal estado de salud. No pude escuchar a fondo la voz del país; estaba pendiente o perturbado por mis propias preocupaciones. Sin embargo, si me dieran a elegir algún país, de los que he conocido, para volver, elegiría sin pestañear a Guatemala. No creo que haya en el mundo un sitio más apropiado para el deleite del espíritu y de los sentidos que Atitlán”.

Y en otra expresa su molestia: “La raíz mítica de nuestros países tienen su representación viva, real, digna, en el vestuario de nuestras comunidades nativas, del mismo modo que en los restos arqueológicos, y quizá mejor en los primeros. Porque los trajes indígenas han sido elaborados en un proceso de siglos con materiales americanos y occidentales en los que el genio creador autóctono se muestra triunfante (…). Y si acaso es cierto cuando digo: ¿cómo es posible que en un hotel para turistas de Chichicastenango se vista a los mozos para servir a los pasajeros con el infinitamente respetable traje de los indios quichés? Creo que no debemos llevar a tanto el propósito frívolo de halagar a los extranjeros”.

En esa década aumentó su fama, cambió de pareja por la chilena Sybila Arredondo, que purgó 14 años de cárcel por su participación en Sendero Luminoso, en una última pasión radical hasta su suicidio. Pasaron 60 años, Arguedas y Toledo Palomo ya no están con nosotros, pero quedaron unos párrafos de su visita como memoria de aquellos años turbulentos.

Redacción El Periódico
El equipo de redactores y editores de elPeriódico.

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