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Literatura

“La noche viene sin ti”: lo nuevo de Julio Prado


Las adopciones ilegales son el centro de la nueva novela del escritor guatemalteco. elPeriódico adelanta un fragmento del texto, que ya está disponible en librerías, de la mano de Alfaguara.

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La Unidad de la niñez y la adolescencia víctima, de la Fiscalía de la mujer, estaba en una casa que no tenía pinta de sede de gobierno, sino de ser el hogar de una pareja de ancianos del que nos habíamos apropiado a la fuerza. Mi escritorio estaba al lado de una ventana, desde donde podía ver el pasillo central de la casa y el patio, que también se usaba como un parqueo. Imagino que en el sitio donde nos sentábamos, antes hubo una habitación. Incluso tenía un clóset en el que, cuando lo abrí, encontré bolsas con evidencias de casos de violación, entre ellas, ropa interior ensangrentada y un machete. 

Entendí el método. Cuando llegaba la víctima tenía que contarme un relato, una narración, una historia que nos diera las respuestas a las preguntas para saber qué pasó y quién era el responsable. Que era mejor si también reflejaba una emoción. La gente iba a contar cosas a través de mí, que sus palabras las escribiría y luego sería el portavoz de su dolor frente al juez. Me quedó claro que lo que tenía que hacer era, sin duda, narrar bien. 

Salí al patio. Me senté en una grada que daba al jardín trasero y vi hacia dentro. Había una tranquilidad plena. Todo parecía bien, el pasto reverdecía y la hiedra tomaba por completo la pared. Pero algo se me había revelado: otra ciudad, otra cara de la gente. 

Pensé en que, si los tipos del bar hubieran estado armados y disparado, probablemente no habría regresado a casa. Que si salimos vivos es porque Claudio, el policía, los detuvo antes de que intentaran cualquier cosa estúpida. También pensé en las niñas, sobre todo en la más joven. Entre doce y catorce años, prostituyéndola en un cuarto rosa vibrante, lleno de juguetes, y un camastro de metal que sonaba con cada movimiento. 

Probablemente ese día el par de tipos que estaban ahí ya se habían acostado con ella o estaban por hacerlo. Probablemente, pensé, y recordé el repique de las campanas de la ermita que redoblaban cuando salíamos del lugar. Ahora la noche era silencio, salvo por el leve sonido que emitía el televisor en la sala, mientras Lucía adormitaba a nuestro hijo

Otra vez estaba ahí el vacío, otra vez el asco, otra vez la tristeza y la imagen de dos niñas llegando a un hogar de protección, que no era otra cosa que una cárcel hacinada donde podría ser posible que también las abusaran. Esa era nuestra versión de la justicia. Esa era la rutina. El trabajo al que me tendría que acostumbrar. Lucía llegó y me acarició la cabeza preguntándome si iba a cenar. Claro, dije, y decidí fingir que era un día normal. 

Nos pidieron ver las órdenes de allanamiento y se las mostramos. Las revisaron muy rápido. Parecía como si no entendieran de qué se trataba sino más bien que era solo un protocolo que tenían que cumplir. Entonces les pedí el expediente de cada niño y los empezaron a separar en grupos. Les tomó un buen tiempo hacerlo. Cuando juntaron los grupos de papeles empezamos a revisar uno a uno la manera en que ampararían legalmente la estancia de los niños en el lugar. Eran expedientes muy escuetos, algunos con hojas firmadas en blanco por las que se suponía eran las madres de los niños. 

Iniciaba con un acta en la que la madre hacía constar ante un notario que entregaba al niño. Por otro lado, me hacía dudar de que todas estuvieran realmente conscientes de lo que significaba aquel proceso. La mayor parte de las actas no estaban firmadas, sino que habían impreso las huellas dactilares porque las madres no sabían leer. No sé si alguien que no sabe leer entienda lo que significa una adopción. Esto es como cuando uno va manejando en un paseo por la carretera y ve un accidente en el camino. Están los bomberos ya atendiendo a los heridos. Uno sabe que nada puede hacer. Que ya la suerte está echada y que la sangre y los cristales sueltos en el asfalto son el anuncio del horror que se viene. Uno puede escoger no verlo. Pero lo ve, inevitablemente, porque el dolor es una llama que enceguece. Y cuando uno siente esa llama en la carne viva, jamás puede olvidarla. 

—Rosa, ¿usted sabe qué es un proceso de adopción?

 —No. No sé qué es eso. 

—Es que su hijo se lo van a dar a otros papás para siempre, le dije, va a tener los apellidos de los señores y los papeles en los que usted puso su huella sirven para eso. Se quedó un momento en silencio mirando el fuego. 

—Pero y qué podemos hacer —me preguntó—, al final creo que va a estar mejor. O eso espero —me dijo. Yo también, pensé, mientras veía a los niños afuera jugar con los charcos que se habían formado con la lluvia. Ojalá. 

No cesa el agua. De hecho, la lluvia arrecia y me protejo con un pequeño paraguas al que se le cuela el agua, cuidando que el acta no se moje mientras el hombre sigue cavando, buscando a su hijo. Yo no tendría ese valor. No tengo la fuerza, ni siquiera sé cavar una zanja o sembrar algo que voy a comer. Seguro él mismo lo enterró. Acá la tierra y la gente tienen una relación que desconozco, como su idioma, que parece dar brinquitos en sus lenguas como el agua sobre las hojas de los árboles. 

Por ejemplo, yo, niños robados, nunca recibí. Uno sabe cuándo lo son porque los que llegan a ofrecerlos son puros mareritos que los toman, como ese caso que los tiene a ustedes locos buscándola, esa niña fijo se vino en adopción. Solo que como esos mareros son mulas no sé si la lograron vender acá o no. Cinco mil quetzales les pagan por niño robado a los mareros, les sale más rentable que robarse un carro, póngale, y más fácil, porque no hay cómo rastrearlo después.

Redacción El Periódico
El equipo de redactores y editores de elPeriódico.

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