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Literatura

El Portal del Señor Presidente


Viaje al centro de los libros.

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Cuando la Antigua o Santiago fue destruida por los terremotos de Santa Marta, las autoridades comprendieron el peligro del Valle de Panchoy y que las murallas de volcanes y cerros impedirían el crecimiento urbano, así que adoptaron la medida radical de trasladar la capital al Valle del Virgen, de la Ermita o de las Vacas, pero ya llevando en la mente el modelo de ciudad. Se trazó el nuevo centro con ligeros cambios, porque la nueva Catedral fue colocada siempre del lado oriente, pero el Real Palacio ya no se ubicó a su siniestra como en la Antigua, sino al occidente, para que los dos poderes tradicionales se vieran frente a frente, imagino, dejando al sur, al lado de ambos, el Portal del Comercio, que desde entonces sería la bisagra, y encarando al Ayuntamiento. 

El nuevo valle era grande, atravesado de barrancos, pero no presentaba límites tan próximos, y era punto de llegada y paso en los cuatro sentidos cardinales, y con posibilidad para extenderse en el futuro. La Antigua quedó protegida y la nueva capital lució una plaza rodeada por tres portales magníficos, por donde los ciudadanos podían pasear y presenciar el paso de la vida social, las tradiciones religiosas, las procesiones, los desfiles cívicos tras la independencia, las invasiones, las revueltas, las protestas. Los tres portales le dieron su carácter a la nueva capital, y en ella se conservó la esencia de la Antigua en ruinas. 

Los tres portales fueron el espacio donde se desarrolló Miguel Ángel Asturias, vivió su infancia y adolescencia, conoció a la gente que inspiraría a los personajes de su novela ‘El Señor Presidente’, memorizó el sonido de las campanas, los aromas, el sabor de la comida, la luz y oscuridad, las imágenes de los santos en la Catedral, y admiró el cuadro del Señor del Pensamiento, que dio nombre de Portal del Señor al Portal del Ayuntamiento, también conocido como Portal de las Mil Puertas o Portal de los Turcos, por las tiendas de palestinos, cambistas de moneda y abarroteros, a la vecindad de la administración municipal y la casa de recogidas (cárcel de mujeres). 

La leyenda decía que cuando se quitara de su sitio a Jesús del Pensamiento, vendría una gran catástrofe, vaticinio que hizo que Asturias situara su novela en los días previos a la destrucción de los portales, en 1916, cuando gobernaba Estrada Cabrera y en Europa se vivía la Primera Guerra Mundial. El primer capítulo de la novela, el de los mendigos, se titula: ‘En el Portal del Señor’, porque la añoranza del escritor en París evoca a su Guatemala. Asturias recupera un portal que ya no existía para inmortalizarlo, así como Landívar elogió desde Bolonia a la Antigua que había sido derruida por los terremotos. 

Frases muy chapinas ilustran la importancia del lugar, como cuando Lucio Vásquez dice: “Venite, pasemos por el portal a ver si hay algo”, o “Vásquez y su amigo recorrieron el portal de punta a punta, subieron por las gradas que caían en la esquina del palacio arzobispal y salieron por el lado de las Cien Puertas”, que los turcos habían pagado pintura, aseo e iluminación. Entre varias menciones.

El Portal del Señor empezó a ser destruido intencionalmente, porque el dictador tenía previsto la construcción de otro edificio, quitaron el cuadro y se cumplió la profecía porque vinieron los terremotos del 17-18, que afectaron a los otros dos portales; el del Real Palacio fue derrumbado, y allí se construyó el fugaz Palacio de Cartón. El Portal del Comercio quedó averiado y un cuarto de siglo después lo reconstruyeron y modificaron según las nuevas necesidades. Este año se verá revivir un segundo portal, que se anuncia como Portal de la Sexta, y devolverá parte de su encanto al centro original. La noticia es excelente, pero El Portal del Señor ya solo podrá quedar en la literatura, porque en su lugar está el Palacio Nacional. 

Asturias comprendió la destrucción y daño de los portales como el cumplimiento del vaticinio mágico, dado que era creyente y tenía también devoción por el mal ladrón del Calvario. Se removió el cuadro y vino el terremoto, la gripe española y la caída del dictador. Asturias se marchó al extranjero, donde escribió su obra maestra, con gran amor por Guatemala y añoranza de su infancia corriendo y observando a la gente que se desplazaba y vivía en los tres portales.

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