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Literatura

El gran cronopio, Julio Cortázar


Viaje al centro de los libros.

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La revolución narrativa de Julio Cortázar (1914-1984) sacudió a los lectores y autores en los años sesenta y setenta del siglo pasado. Junto a García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, Cortázar integró la cuarteta del famoso ‘boom’ literario de Latinoamérica. Ellos fueron los más sobresalientes representantes del movimiento editorial en español de la época con el realismo mágico del colombiano Gabo y su Macondo primigenio, el alumbramiento urbano del mexicano Fuentes que despejó la tradición rural, la narración fluida y extendida de aventuras del peruano, que se combinaron con la literatura compleja y fantástica del argentino en París, proponiendo así una nueva visión de la literatura. Ellos rompieron con lo establecido, siendo autores totalmente diferentes. Cada uno impuso lo propio, pero Cortázar influyó de manera determinante en las generaciones siguientes, animando la experimentación, escribir con libertad. Sus cuentos asombrosos, en ‘Bestiario’ (1951), ‘Las armas secretas’ (1959), hasta la gran novela ‘Rayuela’ (1963), densa y juguetona. En lo particular guardo fresco en la memoria el día inolvidable cuando descubrí, compré y leí ‘Historias de cronopios y famas’ (1962), que leí una noche después de un baño de lluvia a la salida de la universidad, con tal regocijo que me hizo sentir feliz e ilusionado, y apagó la tembladera. O una tarde en México, cuando adquirí el día de su lanzamiento ‘Queremos tanto a Glenda’ (1980), y me subí al metro para regresar lo más rápido posible al apartamento a leerlo de un tirón..

El oleaje intenso de aquella época pasó, las referencias de actualidad son diferentes, pero Cortázar continúa vigente, son comunes las muestras de afecto y admiración de los lectores, y sus palabras conmueven: “Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha al mismo tiempo fue el no aceptar las cosas como dadas. A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra ‘madre’ era la palabra ‘madre’ y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba”.

Leer a Cortázar en la actualidad nos lleva directo a sus cuentos, que son expresión de fantasía, ternura y juventud intensa. El ‘jazz’ es música de fondo. Encanta esa gana de “no aceptar las cosas como dadas”. La fe intensa en la humanidad de Cortázar, la posibilidad de modificar el curso de la Historia y los desvelos felices dedicados a la lectura de su obra. 

La gran novela de Cortázar es ‘Rayuela’, ese juego infantil que los niños dibujaban con tiza en la acera, en lo alto estaba el Cielo y abajo la Tierra, y se jugaba con una piedra y brincando en un pie. En la novela, el juego se plantea como metáfora del cambio de edad, porque: “Se acaba la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación del otro Cielo al que también hay que aprender a llegar”. Cortázar define el Cielo como un nombre infantil. Será por ello que su novela se convirtió en propiedad de los jóvenes “cronopios”, ese otro invento suyo, y también de los “famas”. Releer a Cortázar ayuda a redescubrir a un autor niño gigante, que tenía los pies en la tierra y la cabeza en las nubes, y también nuestro pasado fresco, en los años de las ilusiones.

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