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El Acordeón

Las letras y el poder


La vida siempre sigue su curso, por eso mismo, la decrepitud llega de forma irremediable, y más cuando de política se trata.

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No existe nada en el mundo, de lo cual no se pueda encontrar antecedentes: esta es una afirmación de quien ya ha llegado a viejo, y eso es precisamente lo que interesa aquí, porque para buscar los antecedentes de cualquier cosa es preciso considerar el paso del tiempo.

Escribir sobre sí mismo puede tener diversas motivaciones, no es que sean tantas o tal vez sí: puede ser al sentir que el final de algo se acerca o simplemente sentir que el final se acerca, puede ser al sentirse víctima de los amigos, de los colegas, de los cercanos, de los contemporáneos, de quienes se han dicho o a quienes hemos dicho amigos, o bien, puede ser en el caso de la muerte de la madre, como le sucedió a San Agustín, o también, puede ser en el caso de la muerte del amigo, como le sucedió a Michel de Montaigne, al ocurrir el deceso de su talentoso e insustituible camarada Étienne de Boétie.

Según se ve, la condición más propicia para escribir sobre sí mismo puede ser muy probablemente sentirse un sobreviviente de otros hombres o, tal vez y mejor aún, sentirse un sobreviviente de otros destinos.
No obstante, el caso más emblemático y, también, más parecido a algunos de cruda actualidad, al estar de por medio las letras, la edad avanzada, el poder y, sobre todo, la podredumbre de la política, puede ser la escritura de la Carta Séptima, sin duda, el escrito más famoso de Platón que no es un diálogo: la historia es larga, se remonta a la juventud de Platón.

Sin embargo, no es un secreto que Platón se decide a escribir a partir de la muerte de un amigo insustituible, de Sócrates; Platón no puede dar crédito a que la ciudad de Atenas, a la que él pertenece como nadie, haya sido capaz de condenar a muerte al más justo de los hombres, este es el acontecimiento que marca la vida de Platón, es un suceso que nunca pierde la significación del duelo.

Cuando Sócrates muere, Platón se va de Atenas, decide viajar por un periodo muy largo, alrededor de 15 años, va adonde cree que puede aprender algo, la verdad de las cosas es que, una vez muerto Sócrates, no hay nadie en Atenas capaz de enseñarle nada; viaja a Egipto, al oriente, al sur de Italia y por último pasa por Sicilia y, una vez allí, por la ciudad de Siracusa, allí encuentra a un ateniense conocido, de nombre Dión, es a los herederos de Dión a quienes Platón escribe la Carta Séptima, ellos son los destinatarios del texto epistolar.

La citada carta es una autobiografía escrita cuando ya Platón es un hombre muy mayor, que ha pasado por mucho; en ella, como ya se ha dicho, se dirige a los herederos de su viejo amigo, que ya ha muerto, con quien ha tratado de guiar el gobierno de Siracusa, por las vías del bien y la justicia, la carta tiene un contenido narrativo, aunque lo importante es que ese tono también y a la vez es autobiográfico: Platón admite haber incurrido en algunos atrevimientos de graves consecuencias por haber conservado y obedecido a las siempre recurrentes ilusiones políticas.

A sugerencia de Dión, Platón ha hecho tres viajes sucesivos a Siracusa con la finalidad de orientar e influir sobre el gobernante Dionisio, con quien cada encuentro resulta peor que el anterior, porque el ejercicio del poder lo ha ido envileciendo de forma gradual e irreversible, hasta pudrirlo; las cosas acaban de forma tan catastrófica que el final del tercer viaje es violento e insospechado: Platón, el aristócrata ateniense, el filósofo y fundador de la Academia, el padre del idealismo clásico es hecho prisionero y vendido como esclavo, por lo que sus amigos de Atenas deben hacer viajes a los confines y averiguaciones de todo tipo para encontrarlo y comprarlo como una mercancía, y devolverlo a Atenas.

Así que, no debe extrañar a nadie, que algunas cosas se reiteren y sigan sucediendo, cosas como los desencuentros entre las letras y el pensamiento con el ejercicio de la política y el poder; de hecho, lo raro sería que no sucediese.
La vida siempre sigue su curso, por eso mismo, la decrepitud llega de forma irremediable, y más cuando de política se trata.

Cabe la reflexión, porque el asunto iba de los acontecimientos y sus antecedente; y por ahí se puede conjeturar acerca de qué escribir siendo viejo o, para decirlo de otro modo, conservar el entusiasmo por escribir habiendo llegado a viejo, sugiere algo: entrar en la intimidad consigo mismo o, para decirlo de otro modo, una vez que el final está cerca, qué cuenta más que aquello que solo me concierne a mí: que la vejez mire hacia atrás, hacia su propio origen y que la sinceridad de mi experiencia sea la garantía de mi propio decir.

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