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El Acordeón

Mario Roberto Morales: “La solemnidad es uno de los grandes males del mundo”


Más allá de su activismo social y político y de su presencia académica, fue sobre todo un escritor comprometido con su tiempo, el autor de Los demonios salvajes, de El esplendor de la pirámide, de Los epigramas a Patricia, y es esa relación, fundamental en él, entre vida y poesía, lo que celebramos en este especial de elAcordeón que le dedicamos.

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Premio Nacional de Literatura y Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos de Guatemala, Mario Roberto Morales (Guatemala, 1947-2021) murió el pasado 16 de septiembre, 10 días después de haber cumplido 74 años. Su fallecimiento, como dice Dante Liano, “nos deja esa sensación de lo repentino, de lo injusto, de lo inadvertido”.

Consciente de que hay mucha melcocha romántica dispersa por todos lados y de que los agelastas quieren imponer el reino de la solemnidad en un mundo cada vez más desquiciado, atiborrado de esquematismos, cuadrado, donde casi no hay cabida para las utopías, el poeta (denominación que, de entrada, rechaza) Mario Roberto Morales, autor de las novelas Los demonios salvajes (1977 y 1993), El esplendor de la pirámide (1986 y 1993), Señores bajo los árboles (1994), El ángel de la retaguardia (1997) y Los que se fueron por la libre (1999); de los ensayos La ideología y la lírica de la lucha armada (1994) y La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (1999 y 2002), y del libro de cuentos La debacle (1969 y 1998), eligió una forma difícil de poetizar, el epigrama, género en el que ha publicado Epigramas para interrogar a Patricia (1982) y Epigramas (1990). Ahora, reúne todas sus piezas de este tipo en Epigramas de seducción y rituales para purificarse (Editorial Praxis, México, 2004). Con este escritor, que es además Doctor en Literatura y Cultura Latinoamericanas por la Universidad de Pittsburgh y profesor en la Universidad de Northern Iowa, es la siguiente conversación.

“Mis versos están muy lejos de toda ampulosidad y mi musa no se enfatua con el manto extravagante de la tragedia”, dice Marcial en el epígrafe con que abre su libro más reciente, Epigramas de seducción y rituales para purificarse. ¿Es este un homenaje al poeta latino más que un ars poética que usted suscribe?

– El epígrafe es las dos cosas. Es un homenaje a Marcial, a quien considero un epigramatista magistral; y expresa también mi adhesión a su poética, que es la misma de las Sátiras de Juvenal y de El Satiricón de Petronio. En realidad, esta estética es una ética contra la solemnidad, que es uno de los grandes males del mundo desde tiempos inmemoriales. No es casual que el epigrama y la sátira florecieran primero en sociedades como la griega y la romana, que mantenían un acartonamiento a toda prueba en su cultura oficial, mientras en su vida privada reinaba la liviandad y el hedonismo, y en sus prácticas económica y militar, el pragmatismo y la crueldad. Cualquier semejanza con los imperios contemporáneos que padecemos es pura, prístina y cabal coincidencia, y es de esperar que broten las sátiras y los epigramas que los expongan y ridiculicen. El epigrama denuncia la hipocresía de la solemnidad en todos los órdenes de la cultura. Y eso es lo que hace Marcial, entre otros.

Los poemas Patricia literaria (“Antiguamente, la poesía se usaba/ como un instrumento para lograr firmes propósitos./ En estos días, los poetas la han convertido en un ejercicio/ válido en sí mismo, autosuficiente”.) y Patricia antiliteraria (“Que no te interesan para nada la poesía ni los poetas?/ Formidable Patricia, contigo se puede ir al grano”), ¿son su legado a la historiografía crítica de la literatura, una declaración de principios, una bofetada a la tradición poética arcaica, a los alfabetizados que se dedican a rimar, a los analfabetas recitadores, a los mecanógrafos de pensamientos?

– Es todo eso, comprimido en mi percepción de la “poesía” como un ejercicio fuera de mi alcance. Las comillas en la palabra “poesía” remiten a la versificación rimada y medida, y también a la imaginería rebuscada, a las metáforas “audaces” y a todos los “ismos” poéticos. Jamás –y esto es una confesión grave que no quisiera que fuera confundida con (falsa ni verdadera) modestia– me he considerado un poeta. Quizá mi epígrafe debiera decir: “Mi musa no se enfatua con el manto extravagante de la poesía”. Por eso, el epigrama me sirve. Porque el género no exige versificación alguna ni requisito formal poético ninguno. De hecho, puede brotar en prosa, como “prosema”, como “texto” simplemente, como afirmación o negación manifiestas. Es el género más apropiado para “hablar poco y claro”. Como dijo el dermatólogo: “para ir al grano”, y hacer poesía que sirva para algo. 

¿Para qué sirve la poesía?

– Pues a mí me gusta pensar que todavía puede servir para lograr firmes propósitos concretos, como, por ejemplo, seducir. Y me satisface que, por lo menos, los Epigramas a Patricia lo hayan logrado. Resulta que cierto amigo mío que se iba para Canadá me pidió permiso para usar estos epigramas cambiando el nombre de Patricia por el de su futura amada, y también para firmarlos con su nombre. Pensando en la poesía como instrumento para lograr firmes propósitos, lo autoricé de buena gana para que usara mis piezas como le pareciera en su futuro ejercicio de seducción. El resultado fue un romance tórrido, una boda repentina y un hermoso niño canadiense. Aunque este matrimonio acabó en divorcio unos años después, los epigramas probaron su eficacia en el firme propósito para el que fueron creados. Pero la poesía no solo sirve para seducir. Sirve para revelarle al poeta y al lector realidades propias todavía no descubiertas y cuyo inesperado conocimiento alegra y conmueve como un niño se alegra y conmueve cada vez que descubre algo nuevo. La poesía que no logra hacer esto, no cumple su función lúdica ni su función cognoscitiva, y es contra la que me rebelo escribiendo epigramas. 

Sus epigramas exploran temas novedosos dentro del género; por ejemplo, el de la política y el de la guerra. ¿Tiene esto que ver con su antigua militancia política o con su actividad intelectual crítica presente?

– Bueno, exploro las posibilidades del epigrama en el melodrama boleril, la sofística, los cantares, salmos y proverbios bíblicos, las mentalidades “de izquierda” y la teoría de la guerra popular, entre otros espacios culturales. Lo de la guerra, así como las piezas que se refieren a “la izquierda” responden a experiencias militantes. Los Epigramas a Margita, que están hechos según principios teóricos de la guerra popular, fueron escritos en la Nicaragua sandinista, cuando todos estábamos preparados para una invasión estadounidense que nunca llegó y que nos dejó vestidos y alborotados. Quería averiguar hasta dónde se podían unir el amor y la violencia en un epigrama. En realidad, este libro es una indagación de las posibilidades del epigrama allende sus moldes clásicos. Por otro lado, mi actividad crítica en el periodismo de opinión tiene casi siempre un tono epigramático. Mismo que me granjea enemistades entre las buenas conciencias solemnes, y muy buenos amigos entre la gente inteligente.

¿“En arte, tu ideología solo puedes expresarla con la imagen poética”?

– Esta afirmación, y las que siguen en este epigrama que usted cita, reproduce uno de los axiomas que postulaban los manuales soviéticos sobre estética que los jóvenes e idealistas profesores-guerrilleros usábamos en la Universidad de San Carlos de Guatemala a fines de los setenta y principios de los ochenta. Algunos todavía los siguen usando, aunque usted no lo crea. A pesar de que yo andaba metido de plano en la militancia, el epigrama al que usted se refiere tiene en cuenta el esquematismo mortal de esos manuales. Espero que eso se note. Si no, habrá fracasado como epigrama.

¿Qué pensó el novelista de asuntos políticos cuando hizo Los Epigramas de seducción?

– No pensó. Fue capaz de sentir. Lo que digo en los epigramas no podía haberlo dicho en una novela o en un ensayo. No hay duda de que el corazón es más modesto que el cerebro. De donde se deduce que es mucho más fácil ser un novelista prolífico y un analista certero que un epigramatista regular.

¿Cómo, con una actividad literaria desarrollada en el largo aliento, logró condensar en una de las formas más breves su discurso poético?

– Ha de ser porque cuando soy capaz de sentir solamente, sin pensar, eso me capacita a su vez para no explicar ni desarrollar nada y para limitarme a expresar lo que siento, lo cual de seguro es poco, pero intenso. Además, la brevedad es cómoda. Tengo un libro inédito de textos brevísimos. Últimamente no he escrito novelas, aunque sí ensayos largos, porque creo que eso conviene al momento que vive mi país. Por la misma razón escribo artículos de análisis y crítica política y cultural en los que exploro posibilidades ensayísticas ligadas a la sátira y al tono epigramático. Pero el epigrama como tal, a mí me viene muy de vez en cuando, tal vez porque soy demasiado celoso con mis sentimientos. Me he observado, y he comprobado que más o menos cada 10 años me asalta una racha de epigramas. Esto tiene la ventaja de no contribuir a engrosar las legiones de poetas y las toneladas de poemarios “serios” que proliferan penosamente, a pesar de que el ambiente se encuentra ya suficientemente saturado de melodrama y solemnidad.

En sus versos hay música interna ¿influyó en usted la música popular para escribir sus poemas o es este solo un recurso literario, uno más de sus sarcasmos?

– Influyó el bolero en algunos. En otros, la balada romántica. Y, sí, yo uso esos registros con sarcasmo, con ironía, con burla. Y con gusto. Es mi manera de hacerle eco a la cultura de masas latinoamericana en la que estoy inmerso desde que era un niño. Todos estamos inmersos en ella, para bien y para mal. Hay en algunos de los epigramas ciertas frases que son fórmulas del bolero, imágenes de la canción ranchera, del valsecito peruano. Todo, envuelto a menudo en formas románticas con las que juego al equilibrista que oscila entre el escarnio y la cursilería, parado en el filo de una brevedad en la que el silencio (lo que no se dice) juega un papel crucial en la estructura semántica de cada pieza. Es un juego peligroso, pero emocionante y muy divertido.

¿Cuáles son las estaciones de los poemas de su libro? ¿Qué distancia hay entre los Epigramas a Patricia y los de Un epigrama solitario?

– Escribí los Epigramas a Patricia en 1980, en plena crisis sentimental (la misma que abordó frontalmente en la secuencia que sigue a la de Patricia). El Epigrama solitario lo debo haber escrito en el año noventa y ocho, quizá. Pero la última serie es la de los Epigramas del silencio, que escribí este mismo año de 2004. Es más, el último lo hice ya sobre el texto diagramado, en una de las computadoras de la Editorial Praxis. Entre la primera y la última secuencia hay 24 años. Así es como a mí me viene la poesía, digo, el epigrama. Por eso insisto en que no soy poeta. Ni me interesa serlo. En todo caso, me gustaría pensar que soy un epigramatista.

¿Qué sirve más para sobrevivir a los combates amorosos, la sabiduría estoica o la esperanza de la reincidencia?

– Sin duda, la esperanza, la disciplina, el rigor estoico de la reincidencia. Pero esto no debe tomarse como que cada secuencia de mis epigramas corresponde a una mujer de carne y hueso, y como que yo soy un seductor profesional. Los nombres femeninos suelen ser pretextos para cantarle al amor, como bien saben hasta los críticos literarios. Claro que esto tampoco es siempre así y puede darse el caso de que en verdad exista una mujer real entre tanto canto al amor abstracto. El dato, sin embargo, me lo guardo por el momento.

“Confucio hablaba sobre el deber de desarrollar/ y restituir la claridad primitiva/ al principio luminoso de nuestra razón”. También decía el filósofo que “Es mejor prender una vela que maldecir las tinieblas”. Usted, ¿qué prefiere?

– De plano, prender la vela. Aunque la tentación de maldecir las tinieblas con distanciamiento y sarcasmo es muy fuerte. Si entendiéramos por “prender la vela” escribir epigramas, con eso salvaríamos la dicotomía. Yo soy un optimista irredento. Por eso escribo sátiras y epigramas y a menudo pinto todo de negro. Porque tengo esperanza en el género humano, a pesar de que las corporaciones, los políticos y las masas que los apoyan se dedican minuciosamente a desmentir a los optimistas. El optimismo es un vicio. Pero es muy útil si uno no permite que se convierta en una irresponsabilidad, en un “dejar hacer, dejar pasar”, en una cobardía. El mío es un optimismo pesimista y crítico, epigramático. Que no es lo mismo que un pesimismo optimista, trágico o cómico. Por eso mi musa es la misma que la de Marcial.

¿“Ha terminado la época de los epigramas y los versos”? ¿Este será el adiós del poeta? ¿Resistirá la tentación de las musas o buscará otras formas de expresión?

– Creo que ya no escribiré epigramas “de amor” o seducción, pero quizá sí epigramas de alguna otra cosa, además de sátiras (las cuales disfruto mucho haciendo). Quizá por eso la última secuencia de mi libro se llama Epigramas del silencio, porque acallaré mis cantos al amor. ¿Por qué? Pues porque cuando uno satisface la carencia que lo hace persistir en un género o tema, se acaba esa vena poética y surge otra. Ay, de aquel escritor que persista neciamente en un género literario o en un estilo de vida. Su alma se secará como una hoja al sol, devendrá un “gran mal escritor” porque su ira lo hará escribir demasiado y, en consecuencia, ganará premios manipulados por el mercado editorial y publicará innumerables páginas prescindibles, ofendiendo así a los lectores que se vengarán de él aplicándole la ignominiosa pena de la speed-reading. Pueden salvarlo (por corto tiempo, claro) los críticos literarios amigos suyos. Pero este no es un gran consuelo si el escritor de marras tiene dos dedos de frente y es capaz de darse cuenta de que, ante la ausencia de originalidad, uno siempre puede dedicarse, como diría Cioran, al plagio… o a la crítica. Si logra comprender esto, quizá pueda también atreverse a escribir aunque sea un epigrama solitario alguna vez en su solemne vida.

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