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El Acordeón

Los irreverentes


Nos reunimos en una ceremonia cultural en el Paraninfo de la Usac y como el equipo de sonido presentaba graves problemas, tuvimos tiempo para hablar.

“¿Te acordás del mote que nos pusieron cuando comenzamos a publicar?”, preguntó en determinado momento. Y si no reí a carcajadas fue porque el tema lo habíamos tratado un par de veces antes y no quería ser tachada de escandalosa en ese instante.

“Los irreverentes”, le dije muy bajito; y con esas palabras regresé a los dichosos años en que nos estábamos perfilando como escritores. Cuchicheando recordamos allí, en el Paraninfo, cómo los colegas que vestían traje completo se disgustaron mucho con nosotros por los asuntos escogidos para escribir nuestras primeras obras. Y el lenguaje que usábamos.

Como el equipo de sonido no daba señales de vida pudimos seguir hablando en voz baja, recordando aquellos maravillosos años en que, con Marco Antonio Flores, Enrique Noriega, Luis Eduardo Rivera y Luis de Lión nos reuníamos varias noches de la semana a hablar de la pasión común: la literatura.

En ese momento, Mario Roberto recordó algo que era importante para el grupo: “Nunca hablamos de lo que estaba escribiendo cada uno. Recuerdo cómo el Bolo se peleaba contigo porque tú defendías a Cortázar a capa y espada”. Sonreí en silencio porque sin el sonido de la sala, si me reía nos iban a sacar del lugar. Pero el torrente de recuerdos ya se había soltado.

Nos comenzaron a llamar “los irreverentes” porque éramos quienes éramos, estábamos viviendo en los inicios de los años 70 y teníamos influencias de lo que estaba sucediendo en el mundo. Los diarios –así les llamábamos, nada de “medios de comunicación”– nos contaron todo lo que pasó en Francia en el año 68, los jóvenes gringos huyendo al Canadá para no ir por la fuerza a Vietnam, a pelear una guerra que no era suya; los hippies acuartelados en San Francisco al principio, antes de dispersarse por todos lados.

El 68 fue también el año luctuoso de la Plaza de Tlatelolco, en la ciudad de México. Lo recordé entre los murmullos de la sala porque no funcionaba el equipo.

Y ahí en el Paraninfo, como si hubiera leído mi pensamiento, Mario Roberto afirmó: “La CIA anduvo siguiendo a los estudiantes antes de acorralarlos.” Y me asombré de estar en la misma onda de pensamiento, lo que sucedía fácilmente cuando nos reuníamos en los 70.

En el grupo solo Marco Antonio Flores había publicado poesía. Libros maravillosos a los que nadie se refiere ahora, infortunadamente. Y mi interlocutor del Paraninfo, que había publicado La debacle y Los demonios salvajes a finales de los 70.

Nos habían influido, sin duda, los sucesos de los años 60 en Estados Unidos: la inefable presencia de Martin Luther King y su vil asesinato tras de la marcha en Washington.

El lema de la juventud de entonces: “paz y amor” no hallaba gran resonancia en Guatemala. Teníamos nuestros propios problemas. En 1962, Ydígoras Fuentes gobernaba y la corrupción evidente llevó a los estudiantes a fundar el FUEGO, habiendo sido atacados por la Policía. Surgió el Movimiento 13 de noviembre…

Y era cierto lo que recordó Mario Roberto aquella mañana. Nos llamaban “Los irreverentes” y con eso creían que nos iban a borrar del mapa.

Nosotros continuábamos las reuniones nocturnas, a veces en bares o restaurantes de donde no nos echaran porque estuviéramos defendiendo a nuestros autores favoritos o porque habláramos de la política en la época de la Guerra Fría, que gringos y rusos se encargaron muy bien de ir a jugar en países que no eran los suyos, dejándonos a nosotros los muertos y los desaparecidos.

Otras noches la reunión era en la casa de Irma Flaquer, quien no salía de su apartamento porque aún le duraba el miedo de la granada que estalló en su carro sin asesinarla. A eso de la media noche nos echaba con cariño.

A veces llegaban los escritores a casa. Mis hijas dormían calmadamente y las conversaciones bajaban de volumen. A la una de la mañana daba las buenas noches y me iba a acostar tranquilamente. Nunca supe a qué hora se había disuelto el grupo.

¿Fuimos irreverentes? No lo sé. De lo que estoy segura es que cada uno abrió su propio camino en las letras de Guatemala.

Primero se llevaron a Luis de Lión y estamparon su retrato en el Diario Militar, acompañado por la cifra 300. Luego se fue Marco Antonio Flores. Ahora, el espíritu de Mario Roberto se unirá al de ellos.

Luis Eduardo, Quique y yo somos los sobrevivientes. Y en estos días, guardamos verdadero luto. Yo lloro y pienso en aquellos años maravillosos de los 70 cuando fuimos irreverentes y felices de estar juntos.

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