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El Acordeón

El juego de los cristales (fragmento)


El aparente suicidio de un diputado y la desaparición de una niña en la selva de Guatemala dan paso a una investigación para detener los planes secretos del gobierno. Estas son algunas de las líneas argumentales de la novela de la guatemalteca Cindy Barascout, que se presentará en la Filgua 2021 el 8 de septiembre a las 17:00 horas.

foto-articulo-El Acordeón

Miércoles, 18 de diciembre de 2019, Ciudad de Guatemala

Hernán Poques, soltero, 55 años, hallado sin vida en la habitación 102 del hotel Ferrianda a las 6:13 a. m. del miércoles 18 de diciembre de 2019.

Causa de defunción: laceración cerebral por herida perforante en el cráneo producida por un proyectil de fuego.

La habitación todavía olía a pólvora. Sobre aquella alfombra roja de diamantes dorados había manchas de kétchup de unas papas fritas y de una hamburguesa apenas mordida. La bolsa de papel de McDonald’s llenaba la cesta de basura, donde también se encontraron siete cajetillas de Marlboro rojo.

—¿Se hizo una necropsia? —preguntó Salvador. —Sí —respondió Guillermo

—¿Suicidio u homicidio?

—No hay pistola. O alguien se la llevó. Todo apunta a que se mató, pero no hay arma.

—¿No hay arma?

—Pues claro que hay arma —dijo Guillermo secamente—. Es cuestión de encontrarla.

—¿Quién estudió las causas de su muerte? —preguntó Salvador esta vez.

—La doctora Lila Xay. Pero seguimos esperando los resultados finales del equipo forense. Fíjate en el cuerpo —añadió Guillermo, y Salvador corrió a su lado—. Los forenses afirman que la bala entró a la cabeza por el lado izquierdo. Antes de morir, el tipo estaba en la orilla de la cama, recostado, pero el cuerpo cayó al suelo por la fuerza de la bala al impactar.

—¿Piensas que lo mataron? —preguntó Salvador sin enfatizar el interrogante.

—Digo lo que los forenses describieron. Pero hay algo que sigue sin cuadrar —dijo Guillermo, quien luego exhaló y se frotó el pecho—. Mira todas las medicinas que tomaba —le pidió después, al tiempo que dirigía la mirada a siete distintos frascos de color naranja con sus respectivas prescripciones sobre la mesita de noche.

Salvador se acercó y observó cada una de ellos: antidepresivos, ansiolíticos y medicamentos para dormir.

—Sabés que no soy de conclusiones precoces, pero alguien medicado y drogado coincide con el perfil de un suicida —conjeturó Guillermo aventuradamente.

Salvador tomó su cuaderno, se tronó el cuello, escribió algo sobre el papel y finalmente preguntó:  

—¿Los trabajadores del hotel reportaron algo?

—Escucharon el disparo y en dos segundos estaban corriendo todos como hormigas por las calles.

La recepcionista reportó que Hernán Poques no había salido desde que había venido y que se la había pasado bebiendo y drogándose con marihuana y relajantes. “Seguro es el cuarto 102”, les dijo ella con los ojos cerrados a los policías, que subieron las gradas corriendo y encontraron el cuerpo sobre el suelo de la habitación, lleno de sangre y con los ojos volteados.

—¿No vieron a nadie? —preguntó Guillermo.

—Solo estaba el personal del hotel. No había muchos huéspedes, pues es miércoles y es diciembre. A los turistas no les gustan los hoteles así: llenos de médicos y de foros políticos. Especialmente en época de elecciones.

En los videos de la noche anterior, que Guillermo ya había visto, no se veía nada fuera de lo normal, pues nadie había entrado a esa habitación antes de que la policía abriera la puerta.

—Un exdiputado asesinado en época de elecciones. ¡Qué cliché! —susurró Salvador.

—No saqués conclusiones todavía. En este país muere gente a diario, y el tipo de clientela que recibe este hotel usualmente es gente de la ciudad: viudos o borrachos con dinero que fueron echados de sus casas por la noche. Pero nadie vio entrar a nadie a la habitación, y las cámaras no contradicen a nadie. —Guillermo se inclinó sobre Hernán y movió sutilmente su barbilla. —Un arma de este calibre —dijo a la vez que mostraba el agujero en la cabeza del occiso— no desaparece solo así.

Salvador inmediatamente se hizo la idea de que no era un suicidio. ¿Dónde estaba el arma? Se trataba de un asesinato encubierto. Su viejo ya habría hecho esta declaración aun sin fundamentos, sin más que su propia intuición. Sin embargo, logró hacer a un lado sus impulsos de adolescente, respiró y consiguió canalizar su ansiedad haciendo un círculo con la cabeza para liberar el cuello. Lo que sí sabía era que esta era su única y última oportunidad para reabrir y confirmar la hipótesis que lo había llevado a la quiebra.

Siete años atrás había fallado en probar que Ismael, el hijo muerto del doctor y diputado Hernán Poques, había sido víctima de un accidente de carro planeado. Apenas unas horas antes, en su pequeña y sagrada rutina de la mañana, Salvador había estado meditando con los ojos cerrados, envuelto en la soledad, respirando y manteniendo el ritmo cardíaco lo más lentamente posible. La psicóloga le había dejado de tarea que rememorara y repasara los eventos de los últimos años, uno por uno, y que hiciera las paces con su pasado. Una profunda aceptación de las circunstancias de su presente y de sus emociones era necesaria para seguir adelante con su vida. Esa había sido su tarea diaria en los últimos veintiún días, en los que se la había pasado evaluando cada uno de los recuerdos que durante mucho tiempo lo habían llenado de ira y de resentimiento, y reconociendo sin juzgar lo que aún le causaba angustia. Esa misma mañana trajo a su mente la escena de cuando perdió su trabajo intentando comprobar su hipótesis del asesinato de Ismael.

Punto número uno: la muerte de Ismael, el hijo de Hernán Poques, tenía que estar vinculado con la campaña política del presidente en funciones y del mismo partido reelecto, pues su muerte, un accidente de tránsito causado por un camión que había embestido el automóvil del lado del piloto, ocurrió justo una semana después de la renuncia de Hernán a un proyecto relacionado con una investigación millonaria en las selvas del país. El proyecto era liderado por la Asociación de Médicos de Guatemala (AMG) en Alta Verapaz. Teoría aún por comprobar: la muerte del hijo de Poques había sido un castigo, una venganza o una advertencia para aquel que se opusiera a los planes de la AMG.

Punto número dos: Salvador había logrado recopilar pruebas de corporaciones extranjeras que habían buscado invertir en la misma investigación que involucraba al doctor Poques, pero la información había sido censurada y ocultada al ojo público. Por ello la teoría de Salvador sostenía que la AMG encubría algo más que lo que dicha entidad decía estar haciendo. Teoría aún por comprobar por falta de evidencia y de correlación.

La muerte del hijo del diputado y doctor Poques no parecía casualidad. Justo una semana después de la renuncia de este a la investigación en Alta Verapaz, algo había ocurrido en aquel departamento del país que lo había hecho cambiar de opinión y que le habría traído la muerte aquella misma mañana de diciembre. Y esa definitivamente era una pista que valía la pena seguir.

Entre las notas de su cuaderno se leía:

“El diputado y doctor Hernán Poques había cambiado de opinión y había mostrado su oposición a la ley que les otorgaría más hectáreas para asentar el proyecto, que involucraba a cientos de personas, la mayoría de ellos extranjeros y terratenientes privados.

“Ismael fue asesinado el 27 de diciembre de 2012, siete días después de que Hernán Poques renunciara a su puesto dentro de la Asociación de Médicos de Guatemala (AMG) y se opusiera al trámite que él mismo había iniciado. Poques huyó a Florida por miedo.

“No hay ninguna evidencia de lo que se está investigando en la selva de Alta Verapaz.

“Trescientas treinta y seis muertes de defensores ambientales y de líderes comunitarios en el área sin obtener justicia en los últimos siete años, todos ellos en un radio de 60 kilómetros alrededor de la finca de Hidalgo.

“La finca de Hidalgo cubre trescientas hectáreas dentro de la profundidad de la selva. Está por obtener legalmente 400 más si se aprueba el presupuesto para el 2020.”

Las notas seguían.

“No tengo pruebas.

“Llevo seis meses sin trabajo, ¡maldita sea!

“¿Es posible entrevistar a extrabajadores de la AMG que hayan sido testigos de los hechos? ¿Realmente nadie está dispuesto a hablar? ¿Por qué el repentino involucramiento de inversiones millonarias extranjeras en los últimos siete años?”

Salvador había comprendido que le era más fácil trabajar solo porque no todos estaban dispuestos a ensuciarse las manos ni a poner en riesgo su cabeza por sacar a luz la verdad. Eso, sin embargo, le había causado un tic en el cuello. Además, los últimos años de su vida se habían convertido en un laberinto oscuro, pues se había refugiado en trabajos de vigilancia de exconvictos, de mujeres casadas (a petición de esposos o cuñados celosos) o de empresarios que investigaban a la competencia. Y así fue como cayó en varios hábitos y vicios, entre ellos el de consumir drogas y alcohol. Pero fue gracias a la intervención de su hermana mayor que él finalmente decidió ponerse pantalones en vez de pijamas y, con el cuello tenso y con olor a loción, visitar al psiquiatra, prometer la sobriedad y comenzar a meditar cuando sintiera ansiedad en vez de tomar pastillas y salir a un bar. Luego de su última crisis existencial, apenas unos meses atrás, cuando Lucía rompió la relación y lo dejó definitivamente, Salvador finalmente comprendió que todo lo que había construido en la última década había acabado por derrumbarse. Ese recuerdo le causaba aún más dolor de cuello, pero después de unos días de meditación y de sobriedad aprendió que el dolor desaparecía en los primeros momentos de la mañana. Fue entonces cuando vio la oportunidad de ver más allá de sus emociones de ira, de modo que lo único que hizo durante veintiún días fue escribir en sus cuadernos todo lo que pudo. Llenó tres o cuatro de ellos y juró que ya no había hilo del cual jalar. Decidió entonces dejar todo atrás y comenzar una vida nueva, con un trabajo nuevo y con una novia nueva. Pero en su interior él seguía escuchando una voz que le decía que había que ser paciente y esperar, así que pensó que lo mejor era hacerlo sin una resaca diaria, en un estado de contemplación y en pleno uso de sus capacidades mentales y analíticas.

Esa mañana, después de meditar, se duchó, puso dos rebanadas de pan en la tostadora y encendió la máquina de café. Se tomó el tiempo para meter la nariz en la bolsa y oler uno de los mejores cafés del mundo en sus manos. Sus ojos se revolvieron de placer entre los párpados. Se sentía muy agradecido de tener esa bendición que crecía en el país donde vivía y encendió la máquina de capuchino. Se había preparado para una entrevista en uno de los medios de comunicación más importantes del país, lo cual no lo emocionaba, pero había decidido tomarlo como una oportunidad para madurar y rehacer su vida. Con la cara recién rasurada, los pantalones planchados, la corbata verde nítidamente colocada y la camisa blanca con muñequeras debajo del saco negro y limpio, terminó por sonreír frente al espejo y se peinó con los dedos el cabello grueso y marrón que acentuaba su mandíbula y sus cejas gruesas sobre sus ojos achinados color miel.

Después de disfrutar un largo sorbo de café, revisó sus correos inclinado sobre la mesa de la cocina, como siempre lo hacía, y se encontró con un mensaje de su cuñado, el detective Guillermo, esposo de su hermana mayor, quien le había escrito unos treinta minutos atrás para informarle que el cuerpo del doctor Hernán Poques había sido hallado sin vida en el hotel Ferrianda. Con el pan atorado en la garganta, Salvador lo escupió de regreso en el plato, dejó el capuchino caliente sin tocar sobre la mesa y salió sin siquiera pensar en avisarle al editor del medio que no llegaría a la entrevista de trabajo. Manejó su Volvo clásico lo más rápido posible y, después del lento y tormentoso tráfico de la ciudad de Guatemala, llegó al hotel.

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