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El Acordeón

Roberto Calasso, el testigo supremo


El escritor y editor italiano Roberto Calasso, Premio Formentor de las Letras 2016, y autor de una obra exquisita que combina ensayo y narración, mito y filosofía, como si tramara un tejido de una belleza indescifrable, murió en Milán, a los 80 años, el pasado 28 de julio. Con él muere el último erudito del siglo XX.

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Roberto Calasso era uno de los maitres-à-penser imprescindibles de Europa: novelista, ensayista, crítico, director de Adelphi, una de las editoriales más prestigiosas del mundo. Como autor, Calasso, igual que Borges, igual que George Steiner, urdía libros deslumbrantes con los más diversos elementos posibles; así, por ejemplo, una reflexión sobre los sacrificios rituales podía contener, muy eficazmente, a Goethe, a los autores védicos, a Emily Dickinson, a los poetas aztecas, a Freud, a Simone Weil y a Napoleón III. Más allá de las convenciones banales de las nacionalidades, escuelas, épocas, Calasso logró que los espectros que invocaba hablaran entre ellos como antepasados a los que podemos formularles las preguntas esenciales: ¿quiénes somos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿qué podemos aprender? En días como estos de activa degradación de la cultura y perversa censura académica, voces como las de Calasso son de lectura obligatoria.

Calasso no era un mero coleccionista de erudiciones, por más notable que fuera su museo imaginario. Se aseguraba de escrutar minuciosamente sus textos, sacaba a la luz las fuentes, exhumaba glosas y comentarios, comparaba lecturas precedentes. Según el Talmud, cada pasaje de la Torá tiene 49 escalones de sentido (ese fue el título que Calasso le puso a una de sus recopilaciones de ensayos). Para Calasso, esta estrategia interpretativa era adecuada también a cualquier texto que le llamara la atención: 49 era un número que representaba el infinito. Le storie non vivono mai solitarie: sono rami di una familia –escribió– che occorre risalire all’indietro e in avanti.

Podría afirmarse que para Calasso toda lectura literaria era alegórica, dado que se advierte que el texto desarrolla una narración cuyo sentido está fuera de la narración misma. Goethe –y posteriormente Flaubert y Croce y Borges– impugnaron la alegoría como un “error estético” (en palabras de Borges) y se pronunciaron en cambio por el uso de símbolos. Chesterton defendió la alegoría al compararla, de manera muy poco convincente, con una señal ferroviaria.

Benjamín restauró la gracia de la alegoría por su “valor primordial”. A Calasso lo hacía feliz abrazar todas estas argumentaciones. Escribió: “No existe una distinción tajante entre símbolo y alegoría, porque la alegoría es lo simbólico mismo pero desordenado, muerto de hipertrofia. Despojada de cualquier traducción al sentido, la alegoría obra sobre nosotros en el puro reino de la imagen, le restituye a lo simbólico su condición antigua y peligrosa, como un espejo oscuro a través del cual el lector ve un sol cegador. “En la alegoría –contó Calasso– el escritor es testigo de esta escena”.

Calasso fue el testigo supremo, desde los mitos de la Grecia antigua (Las bodas de Cadmo y Harmonía y La literatura y los dioses) hasta las diversas literaturas de Europa (La ruina de Kasch, K., La locura que viene de las ninfas, El rosa Tiepolo, La Folie Baudelaire) a los textos védicos de India (El ardor). Según Calasso, podría ser que para nosotros, que en el siglo XXI llegamos tarde a los mitos de Grecia y de India, sea imposible inventar una historia. No sabemos dónde buscar el lugar en el que los dioses nos hablen para inspirarnos: Gli dèi abitano là dove sempre hanno abitato. Ma sulla terra si sono perdute certe indicazioni che si possedevano su quei luoghi. O non si sa più ritrovarle in vecchi fogli abbandonati e dispersi. Sean cuales fueren las circunstancias y los personajes, el ambiente y la entonación, nuestras ficciones parecerán glosas de los mitos primordiales. Prolongamos las historias o rastreamos las causas, añadimos páginas al principio o al final, pero el corazón de la historia ya ha sido contado. Inventamos (creemos que inventamos) secuelas y precuelas, versiones, variaciones, modificamos y traducimos, pero esencialmente esas mitologías originales lo contienen todo, aun cuando hayan sido dejadas de lado u olvidadas: “Un mito è una biforcazione in un ramo di un immenso albero. Per capirlo occorre avere una qualche percezione dell’intero albero e di un alto numero delle biforcazioni che vi si celano. Quell’albero non c’è più da lungo tempo, asce ben affilate l’hanno abbattuto, escribió Calasso. Y dado que volver a contar es volver a pensar, volver a plantar los alberi abattuti, los árboles caídos, Calasso se hizo cargo de repensar para nosotros los textos esenciales.

En cada parte del inmenso centón de Calasso se oye el eco narrativo de una primera persona del singular, alguien capaz de ver los hilos infinitesimales en los jirones del tapiz de la historia tan claramente como nosotros alcanzamos a ver una autopista en un mapa. En las exploraciones clásicas de la historia, los ojos que ven la figura y el molde pertenecen o a los muertos (en Virgilio, en Dante) o a la divinidad (en la Biblia, en los Vedas). Para Calasso, los ojos del lector debían bastar, y era él, Calasso, quien seguía los hilos del pensamiento del pasado lejano a nuestro presente.

Podría haber hecho suya la confesión de Monsieur Teste: “La bêtise n’est pas mon fort”, “la estupidez no es mi fuerte”. Vamos a extrañar con dolor su inteligencia.

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