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El Acordeón

Christopher Lutz: La responsabilidad de compartir


El pasado 27 de julio, Christopher Lutz (Nueva York, Estados Unidos, 1941) recibió la Orden del Pop 2021, alta distinción del Museo Popol Vuh de la Universidad Francisco Marroquín, que honra los méritos de personas que contribuyen a la conservación, investigación o difusión del Patrimonio Cultural de Mesoamérica.

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El interés de Christopher Lutz por Guatemala y la región mesoamericana data de finales de los años 60 del pasado siglo, cuando estudiaba el doctorado en Historia, con especialidad en América Latina, en la University of Wisconsin-Madison, Estados Unidos. Su tesis de grado fue un monumental trabajo, que se ha convertido en una referencia ineludible en la historiografía del país: Santiago de Guatemala, 1541-1773: The Socio-Demographic History of a Spanish American Colonial City. En 1978 fundó, junto con el arqueólogo William R. Swezey, el Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (CIRMA), una institución de carácter educativo, científico, académico y cultural, que ha sido reconocida internacionalmente por su permanente interés en el rescate, organización, conservación, salvaguarda y difusión del patrimonio histórico visual y documental de la región mesoamericana, con énfasis en Guatemala.

En esta entrevista, el doctor Lutz repasa su trayectoria desde que llegó por primera vez a Guatemala, el 30 de julio de 1970.

¿Cómo se establece su relación con Guatemala?
En la Universidad de Wisconsin participé en un programa de doctorado de Historia de América Latina, que también hacía énfasis en Asia del sureste, incluyendo Filipinas, además de Indonesia, Vietnam, Tailandia, etcétera. En esos años fue que comencé a hacer algunos estudios sobre Guatemala. Trabajos cortos para presentar en los seminarios ante otros estudiantes.


¿Ya existía en usted un interés por la región mesoamericana?
– Sí, ya existía. En esa época, la universidad era bastante progresista y había una preocupación por las intervenciones de nuestro país en diferentes lugares. Había muchas manifestaciones contra la guerra de Vietnam, que había comenzado unos años antes. Yo llegué a la universidad en septiembre de 1966, en una época en que un gran número de jóvenes eran reclutados sin opción de decir “yo no voy”. Yo no tenía ese problema, porque ya estaba casado y, en 1967, nació nuestra hija. Según recuerdo, hice un trabajo sobre la intervención estadounidense en Guatemala en 1954, para un profesor que era muy conservador y no sé si le agradó o no mi trabajo. Era un profesor visitante de la Universidad de Pensilvania​. Pero mi mentor me sugirió, entonces, viajar a Guatemala por la calidad de los archivos existentes y también porque yo había comenzado a tener un interés por los estudios de ciudades coloniales.

¿Qué le interesaba precisamente de Guatemala?
– Mi mentor quiso que viniera a Guatemala, porque él había conocido brevemente a José Joaquín Pardo, a quien yo llamo el padre del Archivo de Centroamérica. Fue él quien comenzó a rescatar y a organizar papeles y documentos de las provincias centroamericanas. Fue también la inspiración para el edificio que alberga el Archivo de Centroamérica, al lado de la Biblioteca Nacional. Entonces, uno podía viajar a Guatemala con la seguridad de que iba a encontrar una impresionante colección de documentos, bien organizada. También estaba mi interés por una ciudad de cierto tamaño, con una población mezclada, mestiza. Una parte de mi estudio, más que en el Archivo de Centroamérica, fue en los archivos parroquiales.


Eran los archivos parroquiales de la Antigua Guatemala, que fueron trasladados en los años 1770. Se llevaron, por ejemplo, los documentos de San Sebastián, los del Sagrario, los de la Catedral…

Mi mentor también me dijo que Guatemala estaba muy poco estudiada, y era cierto. México tenía mayor atracción para los estudiantes y, en segundo plano, tal vez Perú, Brasil, Argentina. Pero yo tenía interés en algo del siglo XVI en adelante. Desde la conquista.

En la universidad, un verano, tuve una profesora de español, que era un curso obligatorio, que nos puso a leer ciertos libros. Entre estos estaba La verdadera historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. Al principio me fue un poco difícil, pero luché con el libro y lo leí todo. También leí algunas otras crónicas, y así.

¿En qué año vino a Guatemala por primera vez?
– Vine a Guatemala, luego de vivir un año en Madrid, el 30 de junio de 1970, el Día del Ejército. Estuvimos viviendo en la capital hasta la Navidad de 1971. Muy conveniente para mí, para mis estudios, pero tal vez no muy agradable para mi esposa y mi pequeña hija. Trabajaba casi 12 horas diarias, porque cuando cerraban el Archivo de Centroamérica, me iba a los archivos parroquiales, que quedaban muy cerca. En el 72, estuvimos unos meses en Sevilla, trabajando en el Archivo General de Indias. Tuvimos un hijo que nació en Guatemala en 1971. Cuando nos fuimos, tenía solo cinco meses.


Cuando regresamos a Estados Unidos tuve un trabajo enorme. Tenía muchos datos. Me costó casi cuatro años procesarlos. Con los datos de los archivos parroquiales, escribí una tesis de poco más de 800 páginas y eso me costó casi cuatro años. De procesar, de escribir. En esa época, trabajando en una biblioteca universitaria que tenía de todo, me vino la idea, la primera chispa, no de establecer CIRMA, pero sí de devolverle a Guatemala mis investigaciones, de traducir al español mi tesis, con la ayuda de una traductora y algunos consejeros.

No todos los estudiosos tienen esa visión de compartir los frutos de sus investigaciones con las poblaciones que estudian ¿por qué surgió en usted esta necesidad?
– Mi papá me inspiró un poco. Me dijo que yo tenía ciertos recursos que podía utilizar para establecer CIRMA. Que podía hacer algo distinto, enseñar en una universidad. Que podía regresar a América Latina y hacer algo más interesante.


Además, en la biblioteca de la Universidad de Wisconsin, encontré un estudio que incluía un artículo de Richard N.

Adams, el antropólogo de la Universidad de Texas. Era el estudio de una asociación de académicos
latinoamericanistas, sobre la responsabilidad del investigador de compartir sus conocimientos, sus investigaciones, con la gente del país que había estudiado. Era una cuestión de cortesía y una necesidad.

Después de terminar la tesis, encuaderné los dos tomos, porque eran 800 páginas, y decidí regresar a Guatemala. Alquilamos, antes de partir, una casa en La Antigua, unos días antes del terremoto del 76. La casa sufrió daños y tuvo que ser remodelada. Así que venimos hasta septiembre de 1976. Hice algunos contactos en la capital con el hermano del ya fallecido Jorge Luján Muñoz, Luis Luján, y él me ayudaron a conseguir una traductora para la tesis. Estuve trabajando con ella casi línea por línea, por largo tiempo. Fue un trabajo difícil y complicado. Tuvimos algunos consejeros. Una señora argentina que estuvo aquí en Guatemala y Jorge Luis Arriola, abuelo materno de Arturo Taracena, el historiador, que estuvo muy involucrado en CIRMA y que ha sido uno de los más generosos donadores para nuestras colecciones.

A pesar de que tenía mucho trabajo con la traducción, conocí a varias personas. Historiadores, antropólogos… y me regresó a la mente esta idea de mi responsabilidad de devolver algo. Pero la persona clave que inspiró la fundación de CIRMA, fue William R. Swezey, que llegó de México y comenzó trabajando en el Cuerpo de Paz. Él tenía en la cabeza una idea que le surgió en Puebla, donde enseñó en la Universidad de las Américas, de hacer un centro de investigaciones. Y trajo con él el nombre completo: Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, CIRMA.

¿Ustedes ya se conocían?
– No, nos conocimos en Guatemala. En La Antigua. Casi éramos vecinos. La Antigua tenía mucha atracción para mí. A pesar de que la formación más importante la había hecho en la capital. En la historia de CIRMA, hubo a veces cierta presión para trasladarnos a la Ciudad de Guatemala. Hicimos visitas a la Universidad Landívar y a la del Valle. En la San Carlos tal vez no había un espacio adecuado. Y en ciertos momentos hubo ciertas sospechas hacia nosotros por la intervención de 1954. Personas, tanto de la izquierda como de la derecha, cuestionaban nuestras motivaciones, por qué estábamos aquí. También había sospechas políticas. Con razón. Eso pasa en todos los países tercermundistas, que llegan personas con muchas promesas y grandes ideas, con fondos del extranjero para hacer un proyecto de larga duración, pero en muchos casos, se van y se olvidan de las cosas. No hay resultados concretos ni de mucho beneficio para el país en donde están tratando de hacer algo.

Así que con razón, y por diferentes motivos, tuvieron sospechas sobre nosotros. Que si éramos de la CIA, pues supuestamente había muchas personas, agentes de la CIA, que escogían venir a La Antigua. O que si éramos agentes izquierdistas. Sin embargo, hubo ciertas personas, valientes, que tuvieron curiosidad por conocernos y se dieron cuenta que no éramos ni revolucionarios disfrazados ni agentes de la CIA, sino personas con intereses sinceros.

¿Cómo se fue tejiendo esa red de personas que trabajan en CIRMA y se identifican con los objetivos?
– En un principio, despertamos un interés en las personas más jóvenes y en las personas que buscaban publicaciones. Poco a poco llegamos a tener una biblioteca bastante útil. Por aquel entonces no existía el Internet ni el escáner y, una cosa a nuestro favor, era que existía un sistema de correos nacionales y podíamos enviar desde Estados Unidos bolsas de lona llenas de libros que pesaban como un quintal. Recibíamos muchas revistas por suscripción. Comenzamos a tener canjes con entidades de otros países. Todo llegaba acá o a la pequeña oficina que teníamos en Vermont, Estados Unidos.


¿Estuvo viviendo en Guatemala desde finales de los años 70?
-Hubo una época en que la comunidad extranjera en La Antigua era muy conservadora. Muchos de Texas. Es fácil usar el término comunista en Guatemala y era más popular en aquel tiempo. Tal vez nosotros éramos diferentes. Yo tenía el pelo largo y tenía amigos entre los estudiosos jóvenes. Algunos que habían estudiado fuera y venían buscando colegas simpáticos, interesados en los mismos temas. Entre esa comunidad de extranjeros, éramos vistos como gente que no debería estar aquí. Alguien me alertó que estaba en una lista de sospechosos, y tuvimos que salir con mi esposa y los dos niños pequeños. Nuestra hija tenía como 12 años. Vendimos la casa y salimos bastante rápido. Mi esposa tenía bastante miedo y no quiso regresar durante mucho tiempo. Yo empecé a regresar con los Acuerdos de Paz. Swezey murió bastante joven, como de 55 años. Después tuvimos un director interino. Arreglamos una evaluación de CIRMA con Richard Adams, el mismo que había recomendado que los académicos fueran más generosos en devolver sus investigaciones.

¿Cuáles han sido las funciones de CIRMA?
-Ahora es más generalizado. Pero hemos tenido diferentes enfoques. Bárbara Arroyo, por ejemplo, recuerda bien la época de Swezey y su énfasis en la arqueología. Yo estuve más involucrado en la investigación histórica. Tuvimos una escuela de verano con la universidad de Tulane, con estudiantes, casi todos graduados, haciendo maestrías o doctorados. Pero todo eso se terminó con el cambio del ambiente. Antes del 11 de septiembre de 2001, antes de los ataques, había mucho dinero para tratar de mejorar la vida en Centroamérica, con énfasis en la educación y el desarrollo. Pero luego de los ataques en Nueva York y Washington, se secaron estas fuentes de apoyo. Tani Adams (directora de 1996 a 2006) era increíble para conseguir fondos, pero poco a poco se iban diluyendo. Tuvimos que reducir el número de empleados. Ahora tenemos la mitad de los que había a mediados de los 90.


¿Cuáles son actualmente las funciones que cumple CIRMA?
-Lo que pasó fue que todo estuvo, durante los primeros años, concentrado en la biblioteca. Había algunas fotos y otras colecciones en el archivo histórico. La biblioteca se estableció, muy humildemente, a mediados de 1978. Pero luego, conocimos a Mitchell Denburg, un fotógrafo que también es muy famoso por la fabricación de alfombras. Él tenía deseos de fotografiar Guatemala y nosotros deseábamos tener fotos de áreas urbanas, rurales y tratar de conocer lo que había existido por medio de fotografías antiguas. Poco a poco, fuimos coleccionando. Por ejemplo, tenemos todas las fotos y los más de 500 tomos enormes del diario El Imparcial. Conseguimos todo lo que este periódico puso en venta, luego de su desaparición. Ese material contribuyó en parte al nacimiento del Archivo Histórico. Resumiendo: Biblioteca en el 78, fototeca en el 79 y Archivo Histórico más o menos en el 97.

¿Cómo se le da seguimiento al trabajo de los investigadores que vienen al país para que continúen aportando al acervo?
– En una época, antes del Internet y todo lo que este implica, había un sentido de comunidad. CIRMA era un lugar de encuentro. Todos los días las personas podían dejar mensajes para compañeros que estaban en el campo. Venían aquí y siempre había personas con las que se podía hablar, tener conversaciones. Plantear preguntas. Por muchas razones, ahora hay menos visitantes académicos en Guatemala. También hay mucha gente que depende del Internet. El lugar fue quedándose un poco triste. Y ahora, por el COVID-19, es peor.

¿Qué se ha ganado en los últimos tiempos y qué se ha perdido?
– Se ha perdido el sentido de la comunidad y es triste. Pero también hubo épocas en las que los investigadores, tanto los nacionales como los internacionales, no se sentían cómodos con el ambiente, que cambiaba según el carácter de los administradores. Ahora el ambiente es muy de brazos abiertos. Hubo épocas en las que tuvimos que limitar el uso del espacio, porque llegó a ser muy popular entre los estudiantes jóvenes de los colegios y se llenaba el lugar con gente que no necesariamente venía a estudiar. Pero todavía tenemos estudiantes jóvenes. Una de las cosas que estamos tratando, es tener más relación con el público local antigüeño. Pero todo está en el limbo ahora por la pandemia.


¿Qué otros proyectos han desarrollado?
– Una de las cosas que hemos hecho, paralelo a traer libros, es publicar. A partir de 1980 tuvimos la revista Mesoamérica, cuya misión es publicar, especialmente, estudios traducidos de otros idiomas. Desde hace varios años, los editores y la administración de la revista han estado fuera de Guatemala, fuera de nuestro control. Estuvo, por algún tiempo, con un editor francés y una historiadora en el estado de Nueva York. Después estuvo en Tulane y ahora estamos arreglando para que esté en la universidad donde enseñó Robert Carmack, que es muy conocido por sus estudios antropológicos, especialmente de Quiché. Estamos reviviendo la revista. Hay un profesor joven que está al mando. Tuvimos una época cuando estuvo en Tulane, que no salieron ediciones durante dos años. Algo que empecé también y que fue frenado por la pandemia, es un proyecto con Gustavo Palma, el historiador guatemalteco con estudios avanzados en Francia, sobre La Antigua y el sistema de producción, el movimiento del agua y la iluminación de la ciudad.

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