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El Acordeón

Sigue viva


LA TELENOVELA

Mis hijas y yo entramos al restaurante hacia las siete menos diez de la noche y nos dirigimos al salón de exposiciones que estaba en el fondo. Afortunadamente llegamos temprano porque a eso de las siete y cinco el cielo se vino abajo. Tasso Hadjidodou tiene que haber estado desde temprano porque lo recuerdo totalmente seco.

Con la llegada de la lluvia el corazón comenzó a enfriárseme porque aquel diluvio parecía no parar, y pensé que la ceremonia iba a estar muy poco concurrida. Pero me equivoqué. Como hormigas fueron entrando al salón mis amigos, todos chorreando agua.

La séptima avenida se inundó a causa de aquellas aguas torrenciales, de manera que los hombres se quitaban los zapatos, se arremangaban los pantalones, y entraban cargadas a las mujeres. Al día siguiente, en La Hora, había una foto del Wiki Balsells y de Humberto Arias Tejada carcajeándose con los pantalones subidos hasta las rodillas.

No alcanzaron los manteles de Vittorio’s para secar a todo el mundo. Quique Noriega, que llegó a eso de las siete cuarenta y cinco, tenía el pelo pegado a la frente, y por donde caminaba dejaba un reguerito de agua, pero como es estoico, no admitió ayuda.

Mi madre y mi padre ya habían muerto, pero estaban mis hijas, mis hermanos, mis cuñadas. Mis colegas periodistas más queridos, los artistas Luis Díaz, Efraín Recinos y compañía, mis más cercanos amigos, mis amigos franceses, todos estaban ahí esa noche.

Al carro de un compañero de El Imparcial se le arruinó el motor con el agua; por eso hubo quienes no se arriesgaron a meterse en la corriente, como el tío Neno, quien llamó excusándose al comprobar el diluvio.

En primera fila estaba el editor, Ricardo Juárez Aragón, listo a entregarme el primer ejemplar. La verdad, el ambiente era de total celebración. Y cuando Tasso, mi ángel de la guarda, mi hado madrino, comenzó a hacer la presentación del libro, hubo un silencio respetuoso que fue sustituido, al final de la ceremonia por el rumor del festejo.

Vittorio Tassinari echó la casa por la ventana esa noche. Y se vendieron los cien ejemplares de La izquierda erótica que acababan de salir de la imprenta. En días siguientes hubo quienes murmuraron que yo había cosificado el libro vendiéndolo. Eran los tiempos en que los autores nacionales regalaban sus libros.

La presentación de Tasso fue precisa y no muy larga, pero le valió la regañada de un prelado de la Iglesia, espantado por el título de aquella roja y delgada obra, mi ópera prima, que ha resistido bastante bien los embates del tiempo.

En un año se agotaron los mil ejemplares de aquella primera edición cuya carátula fue impresa en la Pineda Ibarra, que dirigía entonces Aquiles Pinto Flores. Y las páginas interiores, más la encuadernación, etcétera, se trabajaron en la imprenta de Juárez Aragón, en la 18 calle de la zona uno. Un lugar mítico para la literatura nacional.

Ramírez Amaya diseñó el libro, dándole unas dimensiones particulares, y esa noche había dispuesto cuatro cuadros suyos, inmensos, pintados específicamente para esa noche.

Mis colegas periodistas me dieron espacios en las primeras planas de los diarios y celebraron conmigo. Para ellos un libro así era motivo de festejo.  

La verdad, me sentí muy mimada. Y han tenido que pasar tantos años para que lo diga y agradezca públicamente. Ni Humberto Arias, ni el Wiki, ni André están ya en este mundo.

Por supuesto, no se podía, en aquella Guatemala, publicar un libro así sin pagar un precio. Por algún tiempo las lenguas largas, que abundan, se ocuparon de mí y de mi exiguo libro. Hubo un periodista, ya mayor, que me mostró una postal pornográfica diciéndome: esto también es literatura.

Las mujeres me entendieron, y con eso, tenía suficiente. El libro fue escrito como explosión volcánica, y ayudó a muchas catarsis, muy necesarias. La mía, sobre todo. A veces leo algo de él en público y las jóvenes se sienten identificadas con la voz poética que les habla desde sus páginas. 

Yo no soy aquella mujer que hace décadas necesitaba expresar, muy amargamente por cierto, sus penas, sus frustraciones, sus deseos. La vida ha sido pródiga conmigo.

Pero si tuviera treinta años, volvería a escribirlo.

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