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El Acordeón

Meditaciones frente al Mar Muerto


Estoy frente a un mar que visito por lo que probablemente será la primera y la última vez en mi vida. Las aguas se extienden, con el color azul celeste que le dan los rayos oblicuos del sol de la tarde. En la lejanía, una hilera de montañas va tiñéndose de rosa fuerte y el cielo es un campo de violetas. La Luna asciende en el firmamento semejante a un fantasma entrañable.

Cerca de mí, otras mujeres sienten la misma presencia de la naturaleza y han callado sus voces. No sé cuánto tiempo hemos permanecido en silencio frente a la majestad del paisaje, tan bello y desolado.

Cuando subimos esta mañana a Masada echamos el primer vistazo al mar interno que estuvo evaporándose por millones de años hasta constituir esa masa densa de agua en la que no llega a hundirse nada. El punto más bajo de la Tierra, muy por debajo del nivel oficial del resto de los mares.

Pero la ascensión a la fortaleza atraía toda nuestra atención, de modo que le dimos la espalda al mar y entramos en lo que fue la legendaria fortaleza construida, poco antes de iniciarse la Era Cristiana, por Herodes el Grande. Aunque no sé cuán grande puede ser un hombre que mandó a matar a su esposa y a sus tres hijos para conservar el poder.

El hecho es que aquel monarca se trasladó al lugar donde principia el desierto de Judea —donde estamos ahora— y mandó a construir un complejo arquitectónico que, aún después de la destrucción sufrida por los hombres y por el tiempo evidencia los cuidados que el rey puso en protegerse de los judíos y de la reina Cleopatra, según apunta el historiador Flavio Josefo.

Para los israelitas, Masada se había convertido en un símbolo. Allí, en la segunda mitad del siglo I de la Era Cristiana, se refugiaron los rebeldes, alzados contra la dominación romana. Jerusalem había caído y Masada era el último punto de la resistencia. Eleazar ben Yair fue su defensor frente al Ejército que asedió el macizo.

Finalmente, en el año 72 el gobernador romano Flavio Silva decidió entrar a sangre y fuego, comandando a un ejército superior a los 10 mil hombres: la Décima Legión romana y sus tropas auxiliares. Arriba había un grupo de novecientas sesenta y tantas personas. Ante el inminente ataque, el defensor ben Yair insistió en que sería mejor morir que caer prisioneros y cuando las fuerzas romanas ingresaron a la fortaleza, solamente hallaron cadáveres. Dos mujeres y cinco niños sobrevivieron, ocultos en una gruta.

Entre los restos de aquellos edificios de 2 mil años de antigüedad, hay remanentes de los frescos originales mandados a realizar por Herodes. También, pisos de mosaico y lo que resta del sistema de cisternas para el agua de lluvia y su distribución dentro de los aposentos reales.

Por la mañana, acodándome en los muros que coronan el macizo, busqué con la mirada las ruinas de Sodoma, la maldita; la mancha verde del oasis de Ein Gedi, preguntándome si ese lugar sería el que evocaría Arévalo Martínez cuando habló de las rosas de Engadi. Esforcé los ojos tratando de llegar hasta Qumran, lugar donde fueron hallados los rollos de los esenios, que días más tarde íbamos a ver a escasos centímetros de nuestro rostro.

Aquí, sentada a la orilla del Mar Muerto, advirtiendo cómo la tarde se esfuma entre las sombras no escucho a mis compañeras de viaje. Por la mañana hablábamos atropellándonos arriba, en Masada bajo un sol calcinante y el cielo más límpido que recuerdo.

Pero ahora, las escritoras guardan silencio. Estamos a mitad de un viaje por un mundo que desconocíamos. Esta mañana enfrentadas al desierto que alza sus montañas peladas poco después de salir de Jerusalem, antes de convertirse en valle amurallado, veíamos la transformación del verde en todos los tonos de la tierra y de la arena. He viajado por los yermos del norte de América, pero este desierto es otra cosa.

Aquí sucedieron, hace miles de años, los hechos que nos contó durante la clase de Historia Sagrada la señorita Alcain en el colegio. Vuelvo a ver a mis amigas y compañeras de viaje, absortas en sus propios pensamientos, cobijadas por este mundo que ha creado nuevos espacios en mi interior.

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