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El Acordeón

Luis Eduardo Rivera, sin tapujos


Desde su estudio en París, el escritor Luis Eduardo Rivera, Premio Nacional de Literatura 2019, nos habla con su habitual franqueza sobre cuestiones literarias, sus encuentros, sus lecturas y anuncia la próxima publicación de Palimpsestos, su nuevo libro de poesía, escrito durante el confinamiento obligado por la pandemia.

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Una cuestión a quemarropa: ¿Qué significó el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias?
– El reconocimiento, creo que merecido, por el trabajo de toda una vida dedicada a la literatura. Y ya era hora de que dejaran de hacerse los amnésicos y desentendidos con respecto a mi persona, argumentando que no conocían mi trabajo porque vivía fuera de Guatemala, lo cual es totalmente falso, porque yo he tratado de mantener el contacto con la cultura de mi país y con mi generación. Ha habido siempre una presencia, editorialmente hablando, de mi trabajo personal.

Usted salió primero a México donde estudió y escribió en periódicos durante algunos años. ¿Cómo fue esa experiencia?
– Estuve viviendo casi seis años en el Distrito Federal, estudiando Letras Españolas e Hispanoamericanas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Unam. La Ciudad de México era como la capital cultural de Centroamérica. Tuve algunos excelentes profesores, y otros menos buenos. Pero lo que me interesaba era el movimiento cultural que había en esos años. Llegué a finales de la primera década de los setenta, en época de Echeverría; había un aglutinamiento de talentos en el medio artístico y literario, una buena parte de estos eran exiliados, argentinos, chilenos y en general de toda Latinoamérica, entre estos, los guatemaltecos que habían llegado a principios de los cincuenta, 15 años después de la ola de republicanos españoles. Muchos de ellos tenían puestos importantes y cuando se daba el caso le echaban una mano a los nuevos expatriados. Yo pude salir a flote durante estos años gracias a este tipo de relaciones. México fue mi verdadera escuela literaria. Ahí publiqué mi primer libro de poesía, Servicios Ejemplares e hice durante seis años reseñas para Radio Unam y publiqué en el suplemento cultural de El Nacional.

Francia ha sido siempre un mito literario, en especial París, desde la Bella Época hasta no hace mucho, pasando por Cortázar. ¿Se considera un escritor del exilio o un escritor guatemalteco/latinoamericano en París?
– Si me hubiera quedado en Guatemala, no creo que estuviera hoy hablando con usted. La mayor parte de los miembros de mi generación se radicalizó políticamente; era una consecuencia lógica pues el ambiente universitario era un polvorín; algunos salieron al exilio, pero muchos fueron víctimas de la violencia militar. El ambiente cultural de Guatemala estaba cargado de política. Me fui a México, en parte huyendo de esta situación, y luego cuando quise volver, era imposible, la violencia estaba de nuevo en su apogeo. Así que di el salto a París. El mito de París pesó mucho en esta elección, por supuesto. Cuando asesinaron a mi hermano Carlos, que era dominico y quien también terminó radicalizándose, como algunos religiosos que trabajaron con los campesinos en el altiplano del país a finales de los setenta, decidí quedarme en Francia. Siempre he sido un lector compulsivo, un letraherido, como dicen los españoles, así que mi bagaje intelectual se enriqueció mucho más en París, pues el acceso a la lectura es casi automático, un derecho adquirido. Pero eso no impidió que estuviera siempre pendiente de lo que pasaba en Guatemala.

En efecto, usted es conocido como un lector infatigable.
– Para mí el placer de leer es comparable al placer sexual. Hago el amor con la obra que me seduce, y me produce tanto placer como cuando lo hago con mi pareja de carne y hueso. Si no existieran esas dos actividades mi vida sería un eterno aburrimiento. Y es por ello que leo muchísimo más de lo que escribo. Escribir, por el contrario, puede significar para mí algo doloroso, aunque no siempre, porque también tiene su lado de gozo, de exaltación. Mis predilecciones me han llevado de la poesía, al cuento, a la novela, al ensayo y al teatro. Los autores que me han marcado, en distintas épocas de mi vida, van de Neruda, Vallejo, Jack London, Henry Miller, Henry James, Pavese, Ezra Pound, T.S. Elliot, Pessoa, Gombrowicz, Georges Perros, Georges Hyvernaud, Walter Benjamin, John Cheever. Anton Chéjov, Lichtenberg, sin contar los clásicos españoles, en espacial Quevedo, Lope, Calderón y, por supuesto, Cervantes. Personalmente, le debo mucho al primer Vargas Llosa, a Cabrera Infante, a Puig, a Philip Roth, a Di Benedetto. A Borges le debemos todos. Enumerar mis influencias sería muy largo.

En algunos de sus libros hace una conexión generacional de la literatura nacional, por ejemplo en Tierra adentro. Y probablemente también en Vasos comunicantes. ¿Cómo ve esas conexiones?
– El hecho de vivir fuera me ha hecho, curiosamente, seguir manteniendo el contacto con la mayoría de mis compañeros de generación. Algunos se han quedado en el país; otros se han expatriado y viven aún en el extranjero; otros han vuelto. Todos han hecho, por decirlo así, carrera literaria; es una generación a la que las circunstancias volvió cosmopolita. Y eso se nota en sus obras, tanto en lo temático como en las formas. En mi caso, por ejemplo, mi predilección por la literatura autobiográfica, viene de mi familiaridad con las literaturas europeas, y sobre todo con la francesa.

Su novela Velador de noche, soñador de día fue publicada por primera vez en París. Háblenos de ella. ¿Es autoficción o es autobiografía? ¿O ambas?
– Velador de noche… surgió de la escritura de mi diario. A mediados de los ochenta del siglo pasado, con algunos amigos escritores latinoamericanos en París creamos un pequeño fondo editorial, al que bautizamos Correcaminos. Cada uno tenía que aportar un libro. Yo decidí echar mano de las notas de mi diario, y de allí surgieron los personajes. Lo que hice fue darle una estructura formal al conjunto de notas y fragmentos que extraje de este corpus, porque el diario es la no-forma por definición, lo que por lo demás es su principal cualidad y su gran riqueza como texto. En una larga entrevista a Cortázar, este le explica a Omar Prego cómo le vino la idea de Rayuela: ensamblar fragmentos y notas aparentemente inconexos que poco a poco van encontrando un cauce común. Es exactamente lo que yo hice en ese libro y lo que he hecho en casi todo cuanto he escrito desde entonces. Los franceses han llamado autoficción a esta modalidad, donde lo autobiográfico y la invención se hermanan y terminan confundiéndose.

Usted es conocido también por sus traducciones del francés al español que han sido publicadas en España por prestigiosas editoriales como Siruela. Háblenos de la experiencia de traducir.
– Lo que me motivó a traducir fue sobre todo el deseo de dar a conocer a otros lectores mis descubrimientos de ciertas obras y autores que yo considero necesarios por varias razones. La mayor parte de los autores que traduzco no han sido vertidos al castellano. Y son sobre todo redescubrimientos, porque por lo general son autores casi olvidados o poco conocidos hasta en su propia lengua. Georges Hyvernaud, Paul Léautaud y Remy de Gourmont, por ejemplo. Rivarol y Joubert eran totalmente desconocidos. En principio, son escritores para escritores, pero no por eso carecen de interés para el lector común. La prueba está en la gran cantidad de reseñas que han suscitado en la prensa cultural española, y también en la latinoamericana. Traducir es una actividad que a menudo tiene su lado dificultoso y agotador, y hasta puede representar un real desafío lingüístico, pero el resultado suele ser muy satisfactorio.

¿Qué puede decirnos de la nueva narrativa latinoamericana?
– Hay excelentes narradores. Me gusta mucho el chileno Alejandro Zambra, escritor muy versátil y experimental pero que nunca deja de lado al lector. Otro chileno, Marcelo Lillo es un cuentista extraordinario. El colombiano Juan Gabriel Vásquez también me parece muy valioso, como narrador, aunque más convencional; como crítico es bastante agudo. Roberto Bolaño es ya un narrador indiscutible, sobre todo en sus novelas y sus cuentos.

¿Algo más sobre Roberto Bolaño?
– Ya escribí un largo ensayo sobre su obra. Está en mi libro Entretiempos. Es extraordinario cómo cambió radicalmente su vida cuando se fue a vivir a Barcelona. De haber seguido en México su destino habría sido muy distinto. Probablemente hubiera seguido escribiendo esa poesía al estilo de los poetas beat. Poesía que, como dijo Gabriel Zaid, refiriéndose a la del lugarteniente de Bolaño, Mario Santiago, no era una poesía maldita, sino una poesía malita. Hoy, Bolaño es uno de los autores que más ha marcado la narrativa de finales de siglo dentro y fuera de nuestra lengua y sin duda el que más ha influenciado a las nuevas generaciones.

Antonio Brañas, Otto Raúl González, Tito Monterroso, Cardoza, Carlos Illescas, usted no solo ha escrito sobre ellos sino los conoció personalmente.
– A Tono Brañas lo visitaba con cierta regularidad en la histórica librería Homero & Cía., que él tenía con su socio literario Pepe Mejía. La librería estaba situada frente a la antigua Facultad de Derecho. Tono era una persona encantadora, reservada, muy respetuosa del otro, y siempre elegante. Como poeta es uno de los más grandes que tenemos, no importando que su obra sea muy breve. A Otto Raúl lo conocí en el DF. Pepe Mejía que también se había trasladado a México me llevó a su casa. Otto Raúl era una persona muy generosa. Me presentó al poeta español Juan Rejano, quien dirigía el suplemento cultural de El Nacional, y fue gracias a su intervención que pude publicar ahí durante los años que viví en México. Con Carlos Illescas tuvimos una larga amistad. Un hombre con un sentido del humor que estaba a la altura de su erudición. A Tito lo visité varias veces en su departamento de Coyoacán. Incluso si siempre se sintió guatemalteco, para él Guatemala era como una nebulosa de donde había salido. En realidad se había convertido en un escritor mexicano. A Cardoza le encantaba el contacto con los jóvenes, ese contacto lo rejuvenecía. Siempre que yo lo llamaba, me recibía al día siguiente, y pasábamos un buen par de horas conversando y tomando whisky. Pero cuando era Lya, su esposa, la que contestaba el teléfono, ella me decía: “Luis está trabajando en este momento, llame otro día”.

¿Qué nos dice de Cioran?
-A Cioran lo vi una sola vez, en realidad dos, en una librería de viejo de la Rue del Odeón, estaba al lado del edificio en donde él vivía. Fue una gratísima experiencia. Hay un texto en Fechas inciertas en donde relato este encuentro. Yo estaba hojeando unos libros, al fondo de la librería, cuando de repente entró Cioran. Vestía un abrigo negro y una “chapka”. Él se dio cuenta de mi sorpresa y vino directamente a saludarme. Así era él, sencillo y humilde, todo lo contrario de la autosuficiencia y la vanidosa prepotencia que afecta la conducta de muchos escritores franceses. Le mandé la traducción de Velador de noche… Me respondió con una nota simpática de agradecimiento. La última vez que lo vi, un par de años más tarde, en la misma Rue del Odeón, lo llevaban dos personas, una de cada brazo. El Alzheimer ya estaba minando su cerebro.

¿Cómo ve la literatura guatemalteca actual?
– Por la distancia conozco poco de los más jóvenes pero es evidente que la producción literaria no se ha detenido a pesar de todo lo que ha vivido el país. He leído con atención a Rodrigo Rey Rosa y Eduardo Halfon. Ambos son buenos narradores, muy distintos el uno del otro, han aportado cierta originalidad a la literatura latinoamericana. Deploro que no se conozca como se debiera la obra narrativa de Franz Galich, fallecido en el exilio, que es de lo mejor que se ha escrito en estos últimos 20 años. En Suiza vive un muy buen cuentista, Manuel Girón, que merece ser conocido en Guatemala. Dante Liano que vive en Italia sigue siendo en mi opinión, uno de los valores más sólidos del último cuarto del siglo XX. Su novela Réquiem por Teresa lo demuestra con creces. Méndez Vides acaba de sacar otra novela, Luca el vendedor, que me encantaría leer. Y la editorial El Pensativo está publicando la obra completa de Luis de Lion, que es otro valor seguro. Ana María Rodas acaba de publicar un nuevo libro de relatos. Lamento que Luis Aceituno no publique más, pues es un cuentista superdotado dentro del registro coloquial. Rodrigo Fuentes, uno de los más jóvenes, es bastante prometedor a mi parecer; su libro Trucha panza arriba posee un corte muy personal. También he leído con mucho interés el libro de relatos de Aníbal Barillas, que vive en Alemania, dueño de una prosa refinada, explora un universo que va de lo real a lo onírico. Y el joven quetzalteco Luis Enrique Morales ha publicado en Suecia un muy original e inteligente libro de aforismos, un género ahora inexistente en Guatemala. Veo con optimismo la presencia de mujeres escritoras. Carol Zardetto, por ejemplo, con su novela premiada Con pasión absoluta. Gloria Hernández es igualmente una de nuestras mejores cuentistas. Otros nombres son Vania Vargas cuya poesía sobresale por su calidad y las narradoras Valeria Cerezo y Mónica Alvizúrez que vive en Alemania. Hay desde luego muchos más nombres.

¿Cómo ha sido el tiempo de la pandemia?
– Hay un libro de poesía que está por salir. Se titula Palimpsestos, pues gracias al encierro del primer confinamiento descubrí un fajo de cuartillas con antiguos poemas, una buena parte escritos a final de los años setenta, en México. El resultado de varios meses de trabajo es este libro. Hay otro, de prosa. Son textos breves que también pertenecen a una época pasada. El libro es igualmente breve, no pasará de las cien páginas. El encierro al que nos sometió la pandemia, me ha servido a mí para recapitular y revisar mi trabajo anterior. Mientras mi esposa leía o se dedicaba a trabajar en su jardín, yo tachaba y reescribía mis viejos textos.

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