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El Acordeón

Leer literatura japonesa


La literatura japonesa es la literatura del asombro. Siempre habrá autores y libros clásicos y contemporáneos que descubrir o redescubrir. Presentamos una reseña de los nuevos títulos traducidos al castellano, novelas y crónicas desconocidas de Yasunari Kawabata, Natsume Soseki, Yasushi Inoué, Yuko Tsushima, Kobo Abe y Yoko Ogawa.

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Hubo un tiempo en que los lectores de un diario podían esperar otra clase de noticias. Entre ellas, la inadivinable continuidad de una historia. El folletín estaba en manos de Dickens, famosamente, pero también de novelistas japoneses de fines del siglo XIX y principios del XX.

Uno de los escritores más incopiables que haya habido nunca, Natsume Soseki (1867-1916), en 1912 publicó por entregas, en el diario Asahi de Tokio, Más allá del equinoccio de primavera (Impedimenta).

Su verdadero apellido era Kinnosuke, y decidido como estaba a sacrificarlo todo por su vocación, lo abandonó por el más musical y recordable Soseki, que en chino significa “terco”, cualidad que cualquier folletinista debía recordarse a cada rato. Esa carta blanca que un diario le entregaba a un autor podría traducirse así: una confianza ciega en su voz, en lo que fuera que de ella manara. El narrador iba descubriendo su novela a la par que el lector, y en una de sus dimensiones la ficción sucedía en tiempo real.

La estructura y la secuencia de la novela por entregas, vislumbró a Soseki, eran favorables para desovillar la vida de un desocupado en busca de empleo y para inventariar el relevo de sus amistades coyunturales. Lo mismo que una voz suelta, crispada, sola contra el mundo (que aparece en otros libros del autor). Un ronroneo artero, un hilo de voz en primera persona, persuasivo, seductor sin estridencia, como en Murasaki, Shonagon o Inoué. Capaz de contar como si nada fenómenos extraordinarios, a menudo casi imperceptibles: “En este mundo hay infinidad de cosas interesantes, no solo vientos fuertes”.

Cunde un desamparo esencial, atributo que comparten no pocas obras de esta literatura, y que es, junto a cierto delirio inofensivo y una ironía siempre solícita, lo que quizá vuelve a Soseki tan contemporáneo.
Poético e imaginativo por partes iguales, es notable su inventiva para el pormenor: “Keitaro pensaba que el pasado de aquel hombre tenía un cierto aire romántico, como el aura de luz de la cola de un cometa”. Para un sesgo, dato curioso o detalle indeleble: “Keitaro se sentía ofendido, pero antes de mostrar su enfado experimentó una sensación macabra, como si hubiera tocado el cuerpo frío de una serpiente”. Maestro de muchos, la obra de Soseki –poblada de mentores y discípulos– porta esa incómoda garantía de calidad: de ella no se puede aprender.

“Segundo matrimonio”

Clanes acoplados y parientes postizos transitan los pasillos de Segundo matrimonio (Emecé), de Yasunari Kawabata (1899-1972). En ese brumoso tratado sobre las triangulaciones que fue su obra, publicada por entregas espaciadas algunos años, Kawabata enseñó a barajar un juego de cartas que nunca terminan de aterrizar en la mesa. Como siempre en su prosa, el tendido y el aire es lírico, flotante, agujereado de blancos y elipsis.

Se calla un mayor afecto por un hijo que por otro, por una madre que por un padre (o al revés), por otra mujer. Una hijastra le habla al padrastro de la amante que tuvo su padre muerto. No es solo la brevedad de Segundo matrimonio la que comprime la información; la abundancia de pinceladas y matices reduce, paradójicamente, las dimensiones del paño. Lo que no le quita lugar a la infaltable y apreciada recurrencia (un gimmick o diría Hitchcock, un McGuffin) de la literatura japonesa: el encuentro fortuito de un diario íntimo.

Kawabata apunta descripciones precisas, nada ostentosas, pregnantes: “Al dejar perder la vista en las copas, aparecía la montaña detrás del templo. En ese momento un pájaro relativamente grande bajó en diagonal desde el cielo. Al cruzar delante de la silueta de la montaña se reveló claramente el movimiento de sus alas blancas con dorso negro”.
Lo cromático es en el autor de País de nieve un pasaje a otra cosa, mientras sabía qué materiales manipulaba: “El color de mi perversa psicología quedaba velado por el de las flores”. El suyo, en todo caso, es un psicologismo laminado, tamizado por la máxima discreción teórica, y una delicadeza a prueba de cualquier tentación.

“Mi madre”

Cualquiera que se pase horas y días ante las inmejorables películas de Yasujiro Ozu terminará creyendo que un tema en teoría tan universal como la familia es en verdad –en todo sentido– un asunto japonés. Lo que impulsó al excepcional narrador Yasushi Inoué (1907-1991) a redactar Mi madre (Sexto Piso) es la entendible ambición de hacerle justicia a un ser irrepetible. Como en casos similares, se pone a prueba a la escritura desde otro lugar, en el que se juega una fidelidad de otro orden, imposible de inventar.

El desafío implicaba retratar a una madre viuda, mayor, que repite las cosas o las olvida, registrar de lo que habla y no, los frágiles modos de cuidarla entre hijos que se relevan con cariño y a desgano. Una madre estudiada, jamás enjuiciada. Como escribió en otro relato: “El poder misterioso que posee cada persona se disimula hasta en su manera de caminar o de comer”.

En la bondad monocorde de la narración, la dulzura de Inoué va de la mano de la energía, como en la voz de un niño. A propósito, este libro es ideal para leer en tándem con Shirobamba, sus memorias de infancia, más rico en mil puntualizaciones y más vivaz, aunque desde luego que la melancolía un tanto estática de Mi madre no carece de encantos.

En la que probablemente sea su mejor novela, a un maestro de té Inoué lo describe con términos que no pueden ser más apropiados para sí mismo: “Pueden decir lo que quieran, pero tenía un estilo incomparable: libre, amplio, sin el menor rastro de avaricia… Un estilo fluido, sin ninguna precipitación… El estilo del señor Rikyu se parecía a un combate sin arma y sin estrategia”.

Perito en lo indirecto, Inoué insinúa que la vía de la atención –como la vía del té– es otro modo de definir el camino de la escritura: cualquier ejercicio material, practicado de cierta forma propicia, deviene entrenamiento espiritual (la carpintería o la lectura, por caso), con toda la paciencia y la distancia justa que requieran un hijo o una madre: “Me agradaba observar su cara mientras hablaba, del modo en que uno miraría las antenas de un insecto”.

“Territorio de luz”

Que Yuko Tsushima (1947-2016) haya sido la hija del legendario suicida Osamu Dazai le añade un aura que se olvida rápidamente. En sus libros crea un clima personal, una sombra propia. En Territorio de luz (Impedimenta), una bibliotecaria, madre separada con una hija, anida en una narración hiperíntima. (La intimidad parece exacerbarse cuando son solo dos los que conforman una familia).

Al igual que la de su padre, la voz de Tsushima pide empatía a gritos mientras simula hablar en voz alta consigo misma. La ingenuidad que esgrime Dazai da a entender –por medio de aceradas señalizaciones– que se trata de un candor elegido.

Lo mismo corre para su hija, que en su viacrucis cotidiano acata un ascetismo autoimpuesto para su prosa. Es un relato vacío de hechos y de iluminaciones el que va aplanando a las protagonistas, cuya relación está mediada por otro vacío y hace seguir leyendo a la expectativa de alguna redención, preferiblemente para las dos.

Tsushima se destaca en sus percepciones que tienen conexión, precisamente, con la vista: “A medida que iba viendo aquellos apartamentos tan oscuros y pequeños la imagen de mi marido fue alejándose de mí y empecé a detectar un cierto brillo en su negrura, como si se tratara de los ojos de un animal”. O bien: “Hasta entonces, yo tampoco me había fijado en esos árboles tan grandes. Alcé la vista hacia sus copas. ¿Por qué me habría fijado en ellos justo ese día? No me extrañaba tanto que no los hubiera visto antes como el hecho de que los estuviera viendo ahora por primera vez.

Las copas quedaban muy altas. Eran delgadas y rectas, y resultaban inquietantes: tenía la sensación de que iba a ser succionada directamente desde la tierra hacia ese cielo blando y luminoso”. (Tsushima hace pensar que se podría escribir una historia de la literatura japonesa pasando de una descripción de un árbol a otra; un pájaro que fuera uniendo una línea de puntos posándose de una cita a la siguiente).

“La policía de la memoria”

Tampoco hay salvación fácil para los habitantes de la isla de La policía de la memoria (Tusquets), de Yoko Ogawa (1962), en la que determinados objetos o seres –un perfume, aves, etcétera.– van desapareciendo inexplicable y caprichosamente, mientras una milicia estatal arresta y encarcela a las personas “inmunes a la pérdida de recuerdos”.

Las que aparentan ser buenas ideas –esta no es particularmente nueva– son las más difíciles de ejecutar, y hay que decir que Ogawa lo hace de un modo profesional, quizás excesivamente profesional, sin fisuras por las que corra un poco de aire. Aun así, como en Kawakami, lo plano no disuade de querer seguir averiguando qué nos aguarda a la vuelta de cada esquina.

“Capullo rojo”

Lo que también parece haber desaparecido es la casa del protagonista único del cuento ilustrado Capullo rojo (Fondo de Cultura Económica), de Kobo Abe (1924-1993), que evidencia que lo breve y sencillo, bien administrado, puede resultar bastante perturbador. En el más occidental de los japoneses (aunque el que vivió en Europa un tiempo fue Soseki) el lector de Abe busca los resquicios –es una novela de suspenso paralela– en los que asoma lo oriental.

Es curioso leer a un hiperdescriptivo Abe –que juega, no obstante, con escamotear información– en versión minimalista, es decir donde casi todo está retaceado y la historia pende de una telaraña.

Se produce como en Ogawa un trato extrañado con los objetos, solo que Abe se muestra más bien inspirado: “La moribunda habitación, deshabitada por su dueño, ha resucitado de improviso gracias al color limón, como si lo que le faltaba no hubiese sido aquel desaparecido sino este color”. Abe fue, como su adorado Beckett, un gran inventor de anomalías: “Me tranquiliza su particular forma de hablar, como si estuviera relamiendo un caramelo; tal vez se deba al hecho de que posee una lengua corta”.

Ese zorro que fue Tanizaki sostenía que la maestría era como un hechizo mágico. Hoy, cualquier lector asediado de noticias triplicará su voluntad de seguir leyendo a Soseki, Kawabata, Inoué y Abe, como diría el primero de ellos, “con una lupa más grande que su cara”.

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