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El Acordeón

Aprender lo inesperado


Maestro de una humanidad en crisis, Edgar Morin llega a los cien años escribiendo libros y pensamientos en Twitter. Siempre cercano a la literatura.

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El 8 de julio Edgar Morin cumplió cien años. Resumir su viaje intelectual resulta tan difícil y apasionante que él mismo decidió hacerlo. Su más reciente libro es Lecciones de un siglo de vida.

Borges señaló que toda fama representa un malentendido. La de Morin comienza por su nombre. Cuando se unió a la Resistencia francesa eligió el seudónimo de Manin, tomado de un personaje de La condición humana, de André Malraux; sin embargo, su apellido fue escrito como “Morin”. El joven combatiente no quiso aclarar el enredo, aceptando su azarosa identidad.

Nacido como Edgar Nahum en 1921, Morin desciende de emigrantes de Salónica. Tuvo una típica educación francesa, pero no perdió de vista otras culturas. A propósito de los recientes nacionalismos europeos, comenta que hay identidades cerradas, defensivas, que niegan al otro, e identidades abiertas. La supervivencia planetaria depende de aceptar lo ajeno como propio.

El acontecimiento capital en la vida de Morin, del que asegura no haberse recuperado, fue perder a su madre a los 10 años. Su incesante búsqueda de saberes proviene de esa carencia y de la enfermedad de infancia que lo llevó a encontrar alivio en la lectura.

Durante la ocupación nazi enfrentó una disyuntiva: sobrevivir o vivir. Lo primero implicaba abjurar de la libertad; lo segundo, defenderla al precio de morir. Se unió a la Resistencia y estuvo a punto de caer en una trampa. Debía inspeccionar un edificio ocupado por el enemigo y, antes de pisar una bomba, se detuvo. Una voz le ordenó volver sobre sus pasos. Le gusta pensar que el llamado vino de su madre. Lo cierto es que esa experiencia sobrenatural lo convenció de que el pensamiento complejo debe incluir la incertidumbre y zonas que escapan a la razón. Al respecto, cita a Eurípides: “Lo esperado no se cumple y para lo inesperado un dios abre la puerta”.

Terminada la guerra, Morin publicó el primero de sus casi 60 libros, El año cero de Alemania. Formado como sociólogo, abrazó el marxismo y militó en el Partido Comunista. La capacidad de Marx para articular la economía con la historia, la filosofía, la literatura y la antropología, le atraía en la misma medida en que desconfiaba de su ambición teleológica.

Como Hegel, Marx escribía como quien conoce el futuro y anuncia el inevitable paso del capitalismo al socialismo y al comunismo. Morin se rebeló contra esta concepción determinista de la historia y contra el sectarismo comunista. Fue expulsado del partido y reaccionó con una obra ejemplar: Autocrítica. Como Montaigne, no culpó de sus avatares al destino; prefirió “ensayarse a sí mismo”. Ese libro valiente lo colocó en una situación tan lúcida como precaria en la izquierda francesa. No se convirtió al liberalismo y buscó nuevas vías de superación comunitaria. Defensor del humanismo, entendió que la solidaridad es un valor decisivo de la civilización. Su clásico de cabecera es Heráclito y su obra de conjunto explora la dialéctica entre el uno y el todo, el individuo y la sociedad.

Desde libros como El hombre y la muerte, acudió a distintas zonas del conocimiento. Su interés por la contracultura se reflejó en Diario de California (¡y se le atribuye la invención de una palabra de insólita fortuna: “yeyé”!). El desastre ecológico lo llevó a convertirse en pionero de la sociobiología; y la revolución digital, a analizar las máquinas que sustituyen al ser humano. Su inteligencia integradora se cristalizó en los seis tomos de El método, donde describe las complejidades de la vida en común, desde el origen de la especie hasta los sutiles predicamentos de la ética.

En 1999 despidió al siglo XX con Los siete saberes necesarios, consejos de supervivencia en los que aboga por la construcción de una identidad planetaria, ajena a las aduanas y las banderas. El llamado fue tan significativo e ignorado como el de Casandra. El hilo conductor de esos ensayos es el entendimiento, en el doble sentido de la palabra: lo que se comprende y lo que se acuerda con los otros. Una cultura de la tolerancia exige, incluso, entender a los que no entienden.

Maestro de una humanidad en crisis, Morin llega a los cien años escribiendo libros y pensamientos en Twitter. Siempre cercano a la literatura, había leído todo Dostoievski, salvo un libro que acaba de terminar. El título de esa obra revela la juventud del sabio en su centuria: El adolescente.

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