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El Acordeón

Preguntar por Isabel


Su marginalidad no es más que la coherente y rígida aceptación de que un poeta, en esta sociedad en que vivimos, debe estar fuera de componendas, aceptaciones, humillaciones, compromisos. Se queda fuera de la fiesta del consumo y ni siquiera acepta las sobras del banquete.

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Preguntar por Isabel de los Ángeles Ruano obliga a una frase que, de tan repetida, lleva el estigma de la banalidad: es una gran poeta. Menos banal e igualmente cierto es que Isabel es muy poco conocida fuera de su país. Quizás indagar sobre este segundo punto, menos interesante que el primero, resulte conveniente, al menos para comenzar. ¿Por qué Isabel de los Ángeles Ruano es casi una desconocida en América Latina, no digamos en Estados Unidos o Europa? Ahora que el feminismo está asumiendo un papel de protagonista en la cultura mundial, Isabel sería el icono perfecto, una especie de bandera o quizás un buen ejemplo de lo que la sociedad patriarcal puede destruir en una vocación poética. Quizá la historia que voy a contar comience a responder a la pregunta. 

Ahora, Isabel ya es anciana. Podríamos asociarla, en su juventud, a un grupo que duró muy poco, pero que fue una marca generacional. Hacia los años sesenta del siglo veinte, ese grupo se llamó “Nuevo Signo”. Lo componían jóvenes que, a través de la educación recibida en escuelas públicas, emergían dentro de la clase media urbana, y que se asombraban del avance de los medios de comunicación de masas. Algunas de sus poesías exhiben una actitud de rechazo a las arrogancias de la modernidad, no tanto por una actitud conservadora, sino porque esa modernidad llegaba solo a muy pocos privilegiados, mientras la mayoría de la población, sobre todo la población maya, vivía sumergida en la miseria. 

Isabel siempre ha sido tercamente individualista. Meterla en el grupo “Nuevo Signo” es forzar la historia. Era afín al grupo y, sin duda, amiga de los miembros de ese grupo. Pero era ella, sola y única. Ahora, que tanto tiempo ha pasado, podemos observar cómo terminaron los brillantes jóvenes que se lanzaron a la poesía en los briosos años sesenta. Terminaron mal: la mayoría, en extrema pobreza, y sin reconocimiento alguno. ¿Tengo que decirlo? Eran excelentes poetas: Julio Fausto Aguilera, José Luis Villatoro, Antonio Brañas… Luis Alfredo Arango, que todavía espera la proclamación como uno de los más grandes del siglo veinte, no fue pobre (tampoco rico) gracias a que trabajaba en la publicidad. Su ingenio era vasto y agudo: ideal para inventar y crear. Roberto Obregón no tuvo tiempo de ser ni pobre ni rico. Sólido artista, cada vez que uno vuelve a sus poemas se asombra de la calidad de invención y estilo. Fue el primer desaparecido oficial de las arduas dictaduras militares. Cuando la represión se abatió sobre él, “Nuevo Signo” se desintegró, aunque sus miembros continuaron con la poesía: Francisco Morales Santos, el creador del grupo, sigue siendo un punto de referencia en la literatura nacional.

Isabel giraba alrededor de ese grupo. Hay una tarde, en la memoria, en que la veo invitar a su casa a algunos escritores: cada uno lleva algo de comer o de beber, más de beber, ron barato, cubas libres, chucherías. Ella conversa con Paco Morales Santos. En otra habitación, el llanto de un niño. Tenía un hijo, Isabel. Hay también un viaje a México, muy jovencita, en donde entra al círculo de los allegados a León Felipe. El gran poeta español descubre a Isabel, la alaba y quizás es el mejor periodo de su vida. Poco se sabe de su estancia en México. Muchos rumores, cosas a medio decir, bohemia extremada como Roberto Bolaño ni siquiera podría imaginar, la gran metrópoli que devora y le expropia, a Isabel, los ángeles de su nombre. Le despierta los demonios. 

Regresó a Guatemala sin gloria y con pena. La bohemia guatemalteca es más miserable, si se puede, que la mexicana. En México ha publicado Cariátides, con prólogo exuberante del exuberante León Felipe. En Guatemala, algunos libros, entre ellos Torres y tatuajes. A pesar de haber obtenido el título de Maestra de Educación Primaria, no logra un puesto de trabajo. Todo el mundo sabe que Isabel es una gran escritora. Algunos tratan de ayudarla, con un puesto de oficina en el Ministerio de Cultura. Isabel no ha nacido para ello. Ni para prebendas de un Estado que olvida a sus poetas.

A veces, Isabel cree ser un hombre. Lo llama “Pablo”. Pablo vende baratijas frente al edificio de lo que fueron las oficinas de Correos. Pablo / Isabel es hosca, orgullosa, refractaria a la compasión. Vive de lo que vende, por la tarde se sube a un autobús y regresa a su casa, en una zona bastante pobre, y se alimenta de penurias. En 2001 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura, y fue muy difícil convencerla para que lo aceptara. En cierto sentido, recuerda a la gran italiana Alda Merini. Su marginalidad no es más que la coherente y rígida aceptación de que un poeta, en esta sociedad en que vivimos, debe estar fuera de componendas, aceptaciones, humillaciones, compromisos. Se queda fuera de la fiesta del consumo y ni siquiera acepta las sobras del banquete. Algo de heroísmo hay en esta elección de vida: un ascetismo laico de pureza y de fuego. Conversar con los demonios cuando te llamas Isabel de los Ángeles.

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