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El Acordeón

Una aporía de 200 años


Una realidad que esconde una apariencia o una apariencia que esconde una realidad, tal como sucede cuando del 15 de septiembre se trata.

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Cuando del 15 de septiembre se trata, de sus conmemoraciones y efemérides, siempre vuelvo a san Agustín y a su preocupación por el tiempo, él al inicio del libro XI de Las Confesiones se pregunta, como aquel que se encuentra en el trance de cavilar sobre el paso de su vida, ¿qué es el tiempo…? Para llegar a la conclusión de que el tiempo es una especie de aporía, es decir, el tiempo es algo cuyo ser, en el fondo, consiste en un dejar de ser, algo cuya apariencia, realmente, consiste en desaparecer.

Vamos por partes, paso a paso; aporía es una palabra que viene del griego, porque en el griego antiguo la expresión pera significaba algo como frontera o límite o lindero o, mejor aún, confín.

La primera vez que aparece la palabra aporía, parece haber sido con ocasión de las dificultades del poema de Parménides, que resultaron ser muy cuesta arriba, por lo que su discípulo más aventajado llamado Zenón delinea una serie de razonamientos para hacerlo explícito a los que llamó aporías, como para señalar que los confines del pensamiento son zonas fértiles, aunque la certeza sea una dificultad; de cualquier manera, la palabra aporía se usa actualmente para designar la situación dada cuando el asunto no logra alcanzar una solución.

La palabra del latín que equivale a la anterior del griego es limes, que ya nos suena más cercana, en tanto es el origen de la palabra límite del castellano.

Los romanos, con su proverbial sentido práctico, llamaban limitanei a los habitantes del limes; y ese límite era el sector fronterizo del imperio, una zona, no una línea, en donde acampaba el ejército, pero no solo acampaba, el ejército se afincaba allí con sus diversos fines: la defensa, el primero de ellos, pero además fundaban colonias, que luego con frecuencia se convertían en ciudades, también esa zona se convertía en un espacio para el desarrollo y la explotación agrícola y pecuaria; así es como el imperio era algo rodeado por un enorme cerco, una gigantesca frontera que era una zona cultivada y ordenada; que, a la vez, funcionaba como una puerta que separa y que también invita, que se puede cerrar y abrir, porque del otro lado estaban los otros, los bárbaros amenazantes, pero que a veces, sin poder resistirlo, se sentían atraídos a la civitas, a la vida cívica y civilizada, a la vida ordenada por el ius civile.

Llama la atención, y es importante subrayarlo, cómo la cultura clásica griega y latina están presentes en nuestra vida, no sólo en la lengua o lenguas que hablamos y que nos sirven para entendernos, o bien, para marearnos y confundirnos, sino también en la actualidad de nociones como la frontera que, quién lo duda, conserva una actualidad indiscutible en nuestra vida, justamente, en ambos sentidos: como un límite para la comprensión y como una separación del imperio y del orden.

Si a estas alturas conservamos la herencia griega, que atendía a los asuntos de la trascendencia, y conservamos la herencia latina que atendía a los asuntos mundanos; bajo esas condiciones, bien podemos volver a san Agustín (ahora con más sentido) quien fue un romano que leyó a los griegos (a Platón, sobre todo).

Dicho sea de paso y a propósito de los temas que nos ocupan: Agustín fue un romano de África, de Cartago, un romano fronterizo que, acaso por ese carácter, puso oído y fue atento al pensamiento griego.

Sea como sea y después de los rodeos, idas y venidas, lo que aquí importa es que el 15 de septiembre consiste en eso mismo de lo se ha hablado hasta aquí: una frontera, un límite, un confín, que puede verse o que se puede examinar de formas diversas, de hecho se puede tratar de definir de formas diferentes, desde aquellas que la consideran como una realidad, hasta aquellas otras que la consideran una ficción, lo que complica las cosas hasta el punto de no poder llegar a un acuerdo  unánime, o bien, a una conclusión que tenga la fuerza de la evidencia… 

…La fuerza de aquello que no pueda dejar de ser aceptado, que deba o tenga que ser aceptado porque las razones que lo respaldan resultan irrefutables.

De modo que el 15 de septiembre, en la medida en que representa una frontera, a la vez, es una especie de indecidible.

Ahora bien, si las cosas son así (y sí que lo son), ¿qué ventaja puede tener hablar una y otra vez, de forma incesante sobre el tema…? ¿…cuál puede ser el beneficio de hablar, hablar y hablar acerca de un indecidible…?

Cuando las situaciones guardan estas características, el beneficio por lo regular es ético o, quizá, sea una mejor palabra llamarlo práctico, porque ni la fría racionalidad, ni la fuerza lógica, ni la demostración funcionan, entonces, la solución va por otro rumbo; para decirlo con términos sencillos, el beneficio no consiste en absoluto en ver, por ejemplo, que el negro es negro y el blanco es blanco, cuando surgen asuntos de este tipo nunca se dan los colores puros, porque en el medio hay un inmenso terreno gris; pensar en un negro o en un blanco puros es el aturdimiento o la necedad y, francamente, este estado de mareo y confusión recuerda mucho a los 200 años de la vida de Guatemala.

A veces la sensatez puede servir, al menos, para reconocer algo como un rasgo parecido a un síntoma: una realidad que esconde una apariencia o una apariencia que esconde una realidad, tal como sucede cuando del 15 de septiembre se trata.

Como si, a fin de cuentas, san Agustín tuviese razón, cuando considera que hay algunas cosas o situaciones o circunstancias deben ser tratadas bajo los términos de la aporía; en su caso particular eso fue el tiempo.

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