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El Acordeón

El Soneto y Pere Lachaise


Solo les quedó la escritura epistolar para recordar y, acaso, reavivar la temperatura de la pasión; y esas cartas, sin que pasara mucho tiempo, se convirtieron en leyenda.

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¿Quién cuida la puerta del cementerio parisino de Pere Lachaise…? son dos amantes, quién lo diría. 

Vamos a los hechos: luego de pasar por las artes del trivium y el quadrivium, Abelardo llegó a París solo para brillar como lo hace una estrella.

Él, sin comprometer su postura, escogió lo más difícil: ser independiente, no ponerse del lado de nadie; para entonces, las figuras intelectuales prominentes eran Guillermo de Champeaux, quien predicaba un realismo platónico y Roselino de Compiégne, quien defendía un nominalismo puro y duro; estas corrientes no se debatían solo en disputas de escuelas, sino que además alcanzaban, fuera de ellas, el tono de conversaciones, de polémicas, incluso, de disputas académicas.

Para Abelardo, las cosas individuales solo existían fuera de la inteligencia, en un territorio mundano, nunca de manera esencial, como lo proponía el maestro de Champeaux; así como tampoco las nociones intelectuales serían solo meros nombres, como lo enseñaba el maestro de Compiégne; a cambio, el joven filósofo Abelardo sostenía que la inteligencia crea formas que conjugan y articulan lo que hay de común entre las cosas individuales del mundo o, mejor dicho, entre sus atributos, y justo así concebía esa especie de artificios a los que dio en llamar “Los Universales”.

Por ahí, en plena juventud, llegó a dirigir la escuela catedralicia de Notre-Dame y más tarde a escalar la colina de Santa Genoveva, al sur del río, para entonces, París ya lo había adoptado como se hace con un hijo que da de sí tanto como para ser la lumbrera de luz más resplandeciente.

Algunos años más tarde Abelardo oyó hablar de una joven linda y excepcional llamada Eloísa, que no llegaba a los 20 años, ella hablaba griego, hebreo y latín, sin conocerla, puede suponerse que llegó a sentirla como a un alma gemela, al ser sobrina de Fulberto, un canónigo de la Catedral de París, hubo como acercarse a ella, sin que tal cosa fuese un escándalo, ni algo forzado.

Con astucia y una prudencia calculada, comenzó a darle lecciones al mismo ritmo en que comenzó a crecer la intimidad, las relaciones sentimentales entre ambos los desbordaron hasta derramarse por la cascada de la pasión.

¿Se deshonraron al amarse…? 

¿La concupiscencia, el ardor, el incendio son o no elementos del verdadero amor…?

Después de tanta turbulencia, Eloísa quedó embarazada, luego de aparecer la vergüenza y el miedo, Abelardo la envió lejos de París con su hermana, allí nació el bebé, a quien llamaron Astrolabio, o sea, estrella brillante.

Contrariado hasta la indignación, Fulberto, el tío ofendido, buscó la reparación: Abelardo ofreció casarse con Eloísa, pero ella se negó alegando que eso estorbaría la brillante carrera intelectual y clerical de su amante, luego de presiones ella accedió a un matrimonio secreto, sin embargo, el tío, bajo el pretexto del honor de su sobrina, lo hizo público, divulgándolo a los cuatro vientos, sin contar con la obstinación de Eloísa quien, bajo esas condiciones, se negó al matrimonio.

Desatada la cólera de Fulberto, todo se desquició, o bien, se salió de quicio, por lo que, a la sombra de una noche cualquiera envió contra Abelardo a unos desalmados, gente de la peor calaña quienes, al sorprenderlo, lo torturaron, hasta el extremo de llegar a aplicarle la cruel mutilación de la castración; las secuelas provocadas por ese horror no pararon allí, todos salieron mal parados: los agresores fueron apresados y castigados con peores mutilaciones y Fulberto fue desterrado de París.

Mientras Eloísa entró a una congregación de monjas, Abelardo herido y ofendido ingresó al convento de San Denis, ahora al norte de París, para abrazar la vida monástica, desde donde su cátedra volvió a ser lo que era, debido a su talento y a los siempre deslumbrantes brillos de su palabra.

solo les quedó la escritura epistolar para recordar y, acaso, reavivar la temperatura de la pasión; y esas cartas, sin que pasara mucho tiempo, se convirtieron en leyenda; entendido esto así, todo se convierte en un ejercicio sobre la correspondencia, sobre lo que significa corresponder: te corresponde lo que te pertenece, te corresponde lo que te atañe, te corresponde lo que te incumbe, te corresponde lo que te concierne… 

Un epistolario célebre, más allá de París, más allá de Francia; manuscritos, colecciones, copias, etcétera, proliferación, reproducción antes de la imprenta; todo lo cual, en su mayoría fue a parar a Italia que ya comenzaba a soñar con el Renacimiento, a manos de Petrarca y algunos amigos suyos quienes mostraron interés en los hechos, en las instituciones eclesiásticas, en el derecho canónico, pero sobre todo en el aire que sopla por entre todo lo que significa corresponder; aunque, en el fondo, el interés real era sobre ¿qué ideas circulan a través de estos hechos…?

Sea como fuere, baste decir, que todo ello da origen o, como poco, contribuye a que surja esa fórmula conocida como el soneto…

Bien entendidas las cosas, tampoco es tan raro que la puerta del parisino cementerio de las celebridades, de las mejores y mayores almas que han pasado por este mundo, esté custodiado por los amantes medievales que inspiraron esa bendita fórmula a la que se conoce hoy como el soneto.

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