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El Acordeón

Centroamérica: historia y centenarios


En la presente edición, damos inicio a una serie de reflexiones sobre el bicentenario de la Independencia patria -que iremos publicando durante los meses siguientes- con este ensayo de Julio Pinto Soria, doctor en Historia por la Universidad de Leipzig y autor, entre muchos otros, de libros como Guatemala en la década de la Independencia, así como uno de los coordinadores de la Historia general de Centroamérica, publicada en ocasión del V centenario.

foto-articulo-El Acordeón

Historia de una historia     

A finales de los años ochenta nos reunimos un grupo de historiadores centroamericanos, con el fin de escribir una historia general sobre los impactos y consecuencias que tuvo en la conformación de la Centroamérica de nuestros tiempos el descubrimiento por Cristóbal Colón del “nuevo” continente en 1492, cuyo V centenario estaba entonces por celebrarse.

Nuestro interés era presentar una visión de conjunto de la historia centroamericana a partir de las raíces precolombinas. Se buscaba superar la visión individual de los países del Istmo que emergen de las guerras civiles independentistas de 1821, con la fragmentación político-estatal de las provincias que desde Chiapas hasta Costa Rica conformaron durante la dominación colonial española el antiguo Reino de Guatemala. Una historia centroamericana como alternativa a la visión oficial de la historiografía liberal o conservadora que justificaba los hechos históricos de las élites locales que desde entonces se alternaban en el poder.      

Se trataba de un proyecto ambicioso cuyos objetivos se extendían hasta los años finales del siglo XX, los tiempos de la celebración del V centenario del arribo de Cristóbal Colón. Esta era también otra de las razones de escribir la Historia general de Centroamérica: convertir la fecha conmemorativa en un motivo de reflexión, transmitirle al lector centroamericano un panorama general sobre los impactos que tienen en la historia de nuestros países hechos trascendentales como el V centenario con la posterior conquista española, cuyas repercusiones, presencia viva, se mantienen a lo largo de los tiempos. 

Esas fueron las metas que se planteó el grupo original en sus primeras reuniones de trabajo. Hasta dónde se lograron, prevalecieron estos objetivos, esa es otra historia. Tampoco hubo directrices imponiendo rutas de interpretación. Los coordinadores y equipos de los diferentes tomos tenían total libertad, solo se debían preocupar por los objetivos generales, por una visión coherente de los hechos históricos. 

En este texto, por otro lado, escrito más de tres décadas después, se exponen las visiones y metas que nos planteamos entonces, como también nuestra posterior experiencia en el bregar con estos temas alrededor del devenir de la historia centroamericana reciente.  

En el poco tiempo y recursos que se tenían no podía ser más que eso: una visión general sobre los hechos y procesos históricos centroamericanos a partir de las fuentes bibliográficas, conocimientos y visiones que se tenían a la fecha. Decisivo era entonces contar con el apoyo de un pequeño grupo de historiadores cuyos campos de investigación fueran las problemáticas que interesaba abordar y dispuestos a trabajar por cifras casi simbólicas. La Historia general de Centroamérica estuvo compuesta por seis tomos y se publicaría finalmente en Madrid en 1993.  

Edelberto Torres-Rivas, un apasionado de la historia centroamericana, quien se interesó por poner en práctica el proyecto, se encargó de organizar los fondos financieros necesarios y fungió al final como editor general de la obra. A Torres-Rivas, como al grupo de historiadores que participó en el segundo tomo, cuya escritura me tocó coordinar, los había conocido desde mi retorno a Guatemala en 1978, después de culminar mis estudios de Doctorado en Historia en la Universidad de Leipzig, en la antigua República Democrática Alemana. Con Torres-Rivas habíamos publicado ya en 1983 un primer texto sobre la problemática de la formación del Estado en Centroamérica, cuyos objetivos ahora se tratan de profundizar. Los autores que participaron en el proyecto, los trasfondos y motivos en que fue escrita la Historia general, se exponen en un texto que publicamos recientemente con el título: Unidad y diversidad en la historia colonial centroamericana (1524-1821).    

En las siguientes líneas se retoma, a grandes rasgos, el tema de la unidad y la diversidad que caracteriza a la historia centroamericana hasta nuestros días. Es decir, las condiciones en que Centroamérica se convierte en una región histórica a partir de la conquista española y las circunstancias en que tres siglos después, en una nueva época mundial, se fragmenta en los actuales cinco países centroamericanos. 

La unidad histórica de Centroamérica como región se inicia con la función ístmica que desempeña, un puente geoestrategico entre dos océanos, en la expansión de la conquista y de la dominación colonial española a lo largo del continente americano. Entonces destacan conquistadores como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado o Pedrarias Dávila, entre otros. Tres siglos después, en los años independentistas, la problemática de la unidad y la diversidad centroamericana, en el trasfondo de otros intereses mundiales, girará alrededor de las figuras de caudillos como el hondureño Francisco Morazán y el guatemalteco Rafael Carrera.  

La historia centroamericana permanecería marcada por la función ístmica, por la relación conflictiva que se establece entre sus propios intereses económicos, políticos, sociales y culturales como región histórica frente al lugar que se le impone como apéndice de los cambiantes intereses del capitalismo como orden mundial. 

Durante la dominación española, la función ístmica se circunscribe a Panamá como punto de paso hacia la América del Sur, es parte del control, dominación y expoliación de los territorios conquistados, de la explotación de la población indígena, sus tierras y bienes como el cacao y el colorante del añil hasta llegar a las repúblicas centroamericanas cafeteras y bananeras de los siglos XIX y XX. En un lado se concentraran las riquezas, el desarrollo, el progreso; en el otro, la pobreza, el atraso, regímenes dictatoriales de minorías parasitarias al servicio de este expoliador orden económico mundial. Los intentos por terminar con esta situación, como la Revolución de Octubre en Guatemala, de 1944 a 1954, serán abortados por la acción conjunta de estos intereses y externos.

Trasfondos y repercusiones de la conquista española 

El segundo tomo de la Historia general, cuya coordinación estuvo bajo mi responsabilidad, tuvo como objetivo el régimen colonial que se implanta en Centroamérica hasta mediados del siglo XVIII. El interés era presentar una visión de conjunto a partir de la conquista española como hecho fundante de una nueva era histórica. Es decir, las características básicas del orden de dominación colonial que se implanta en esta región hasta los años de 1750. Un corte en la periodización de la historia colonial centroamericana en aparente contradicción con la tradicional que extiende esta época hasta la proclamación de la Independencia de España en 1821.

Con esta periodización se buscaba establecer nuevas cesuras que permitieran profundizar en la importancia que tienen estos primeros dos siglos como antesala de los turbulentos tiempos de las guerras civiles independentistas centroamericanas de la primera mitad del siglo XIX. El interés era vincular en forma más estrecha la evolución de la historia colonial centroamericana con las nuevas etapas que asume la historia mundial a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. La manera como repercute en la región, en la función ístmica, la transición del capitalismo a nuevas formas de control y dominación como orden rector de la economía mundial. 

La nueva situación mundial se haría sentir de inmediato en Centroamérica. Hacia 1750, después de dos siglos de un práctico aislamiento, se retoman los contactos con el mercado mundial a través de la producción intensiva de añil como colorante para la producción de textiles en Europa que entonces inicia su primera Revolución Industrial. Se abría paso una nueva etapa mundial cuyas principales repercusiones históricas, políticas, sociales y culturales serían la Revolución francesa de 1789 y la Independencia de Estados Unidos de la dominación colonial inglesa en 1776. Se iniciaban los tiempos que culminan en la primera mitad del siglo siguiente con el final de la dominación del Imperio colonial español en el continente americano y la consiguiente sustitución o imposición de nuevos actores en el escenario de la dominación mundial, bajo la hegemonía de los intereses del orden capitalista desde dos siglos atrás.  

Para Centroamérica se trató de un momento histórico decisivo. El boom añilero de 1750 se extiende hasta principios del siglo siguiente con efectos dispares. Favoreció sobre todo los intereses de la elite comercial de Santiago de Guatemala, en detrimento de las otras provincias. El boom añilero puso a prueba las estructuras administrativas, económicas y sociales a partir de las cuales se restablecen los contactos con el mercado mundial, el peso que tienen entonces los vínculos que unen, distancian o enfrentan a las distintas provincias que formaban el Reino de Guatemala desde Chiapas hasta Costa Rica. La proclamación de la Independencia en 1821, que dos décadas después, en medio de las guerras civiles, culmina con la balcanización nacional estatal de la Federación Centroamericana fundada en 1823 con el nombre de Provincias Unidas del Centro de América, mostró claramente el peso decisivo que tenían las fuerzas separatistas.    

La Historia general, como se dijo, se escribió hace más de tres décadas. No recuerdo hasta dónde fueron estos los objetivos que nos planteamos con la periodización anterior. Mientras aquí se alude a ciclos de atraso y dependencia en la relación de Centroamérica con el sistema mundo, Héctor Pérez Brignoli, coordinador del tercer tomo (1750-1870), considera el hecho independentista como la incorporación de “… regiones, atrasadas, periféricas, en la modernidad de los nuevos tiempos”. Esto sin duda es polémico y con este fin se escriben estas líneas, desmitificar la historia, repensarla en el marco de los inquietantes nuevos tiempos que asume en este siglo el devenir de la historia mundial que como siempre afecta sobre todo los destinos de regiones, pueblos y países como los centroamericanos, con una larga historia de opresión, vasallajes y dependencias.

Sea como sea la periodización hecha en la Historia general hasta 1750, permitió conocer la importancia que tiene este periodo histórico como la base a partir de la cual se funda el moderno Estado nacional en Centroamérica. Es decir, el abigarrado legado colonial cuya modernización da lugar a las ambiciosas reformas administrativas, económicas, políticas, sociales y culturales que se emprenden sobre todo durante el gobierno del doctor Mariano Gálvez (1831-1838) en Guatemala.  El proyecto reformista guatemalteco tendría entre sus resultados el levantamiento campesino de Rafael Carrera, que no solo le pone fin al gobierno liberal de Gálvez, sino también a la Federación Centroamericana, que de 1829 a 1840 encabeza el caudillo hondureño Francisco Morazán.  

En los años en que fue escrita la Historia general tenía un interés especial en el tema de la formación del Estado en Centroamérica, sobre todo en la Federación Centroamericana (1823-1840). En Leipzig le había dedicado la tesis de licenciatura a la independencia centroamericana que traté de profundizar en el doctorado con el estudio de la economía en el Reino de Guatemala. A mi retorno a Guatemala retomé estos temas en la Universidad de San Carlos. En 1980 publiqué en la Editorial Universitaria Raíces Históricas del Estado en Centro América. Poco después, en 1983, editamos con Edelberto Torres-Rivas en Costa Rica el aludido texto: Problemas en la formación del Estado nacional en Centro América. 

En 1986 logré finalmente un primer acercamiento al tema de la Federación en Centroamérica de la Colonia al Estado nacional (1800-1840), publicado en la Universidad de San Carlos, donde tuvo una primera y última reedición en 1988.  A pesar del interés que despertó el texto no se volvió a publicar porque siempre pensé reescribirlo agregando aspectos que consideraba importantes. Hago referencia a estos textos, a los temas que se abordan en el segundo tomo de la Historia general, por el interés que puedan tener para el lector en estos tiempos de la celebración de centenarios en Centroamérica, no solo de la Independencia ante España en 1821, sino también de la Conquista española en 1524, dos hechos históricos prácticamente inseparables.  

La Colonia y la Independencia en Centroamérica    

El escabroso siglo XVI de la conquista española estuvo a cargo en la Historia general de Wendy Kramer, W. George Lovell y H. Christopher Lutz. La Conquista, las dimensiones que asumen el saqueo y la masacre, el impacto que tienen las mortíferas pestes, “aliadas de la Conquista”, las llama el historiador Murdo Macleod, hacen tabula rasa a lo largo de Centroamérica exterminando a la población indígena, borrando las antiguas fronteras de reinados y cacicazgos para imponer las estructuras administrativas de control y dominación colonial del orden mundial que encabeza el Imperio español. 

Pero no se haría tabula rasa. Como destacan los autores, en el orden de dominación y explotación que emerge con la conquista española prevalecerían las diferencias que imponen las luchas de resistencia indígena, los desarrollos desiguales precolombinos, como también los largos años de aislamiento colonial.    

En el siglo XVI, con la fundación de la Audiencia de los Confines en 1543, que da origen al Reino de Guatemala, emerge una Centroamérica unificada administrativamente. Sin embargo, a la par de las diferencias mencionadas, prevalecerían las que surgen alrededor de los enfrentamientos entre las huestes conquistadoras por el control del Istmo como puente geoestratégico en la expansión de la dominación colonial española a lo largo del continente americano. De un extremo a otro, desde Chiapas hasta Castilla del Oro, hoy Panamá, destacan las rivalidades entre las huestes de Pedro de Alvarado en Guatemala y la que encabeza Pedrarias Dávila por el dominio sobre los territorios de Nicaragua, El Salvador y Honduras. Alrededor de estas luchas se enraízan y perviven los intereses de las huestes conquistadoras en las provincias que después forman el Reino de Guatemala.      

En Honduras y Nicaragua la población indígena es prácticamente exterminada durante o después de los choques de la Conquista con las prácticas de esclavización intensiva para su tráfico y uso en las campañas de expedición y conquista hacia la América del Sur. En los altiplanos centrales de Guatemala se presentan situaciones diferentes. La población indígena logra utilizar las formas de dominación y control colonial de las “reducciones” o pueblos indígenas, fundados hacia mediados del siglo XVI durante la Presidencia de la Audiencia de Alonso López de Cerrato (1548-1554), como base de las luchas de resistencia y sobrevivencia que se emprenden frente a los invasores para resguardar sus valores socioculturales y religiosos, los propios idiomas, etcétera, en los territorios que les pertenecen desde siempre.             

Las formas que asume la dominación colonial española en los siglos XVII y XVIII estuvieron a cargo de Elizabeth Fonseca Corrales, Stephen Webre y Gustavo Palma Murga. El régimen colonial que emerge en estos tiempos es un abigarrado cuadro donde viven y sobreviven diferentes grupos étnicos, sociales y culturales alrededor de un régimen de castas que separa entre los “de arriba” y los “de abajo”, entre las élites españolas y criollas de las áreas rurales y los centros urbanos frente a los “siervos” indígenas y las emergentes “plebes” mestizas. Un orden de dominación que descansa en el trabajo servil de la mayoritaria población indígena y de las masas campesinas mestizas en favor de las élites locales, de la Iglesia católica y de la Corona española a través del tributo real.  

En extensos territorios, la presencia de la Iglesia católica es prácticamente la única institución que representa y mantiene los intereses de la dominación colonial española. Así sucede hacia el norte de Guatemala, con la rebelde región de Tezulutlán, Q’eqchi y Poqomchi convertida en La Verapaz, un status especial de “conquista y dominación pacífica”, bajo el control de la orden dominica de fray Bartolomé de las Casas. Se trata, en realidad, de otra de las formas a que recurre la población indígena guatemalteca para sobrevivir y mantener el control sobre sus antiguos territorios, imponiendo sus propias reglas socioculturales y religiosas.  

La Centroamérica colonial permanecería marcada por la conquista española como también por los tiempos precolombinos. Sus bases de dominación son los altiplanos centrales hacia el océano Pacífico, donde se fundan los principales centros urbanos y se organizan las expediciones en pos de la conquista de la América del Sur. Al contrario, del lado caribeño son territorios con pueblos indígenas cuyas formas sedentarias de vida, tierras y manos de obra serán la base de la economía colonial: productos básicos, ganadería, cultivo de añil, cacao, etcétera. Entre los centros urbanos destaca Santiago de Guatemala, asiento de la Real Audiencia y de la elite criolla más poderosa, que comparte con la Corona altos y medianos cargos de la administración colonial a lo largo del Istmo. La participación administrativa le permitirá a este grupo criollo controlar en forma parasitaria las principales actividades comerciales de las otras provincias, que después es uno de los motivos del rechazo a su función dirigente en el orden estatal nacional que se establece con la Independencia en 1821. 

Esa era, a grandes rasgos, la Centroamérica bajo la dominación española al final de la época colonial. Aparte estaba la pluralidad de mundos étnicos socioculturales que permanecen al margen del control administrativo español en los territorios ubicados hacia el Norte, el mar Caribe. En Guatemala destaca el pueblo maya itzá, en el Petén, sometido hasta finales del siglo XVII. Se trata de territorios conquistados a medias porque para los conquistadores españoles esto había sido el istmo centroamericano: un trampolín, lugar de abastecimientos en búsqueda de mejores perspectivas, donde destaca la figura de Pedro de Alvarado. En esta situación de conquistas a medias, territorios fuera del control español, permanecen sobre todo los ubicados a lo largo de las costas caribeñas desde el actual Belice hasta Costa Rica, cuyo dominio le disputarán cada vez más potencias coloniales rivales como Inglaterra.    

La Federación Centroamericana (1823-1840)  

Esta abigarrada matriz colonial formada por extensos territorios vacíos, desarrollos económicos no solo desiguales, frágiles, dispersos e incomunicados, sino también plenos de conflictos entre las élites de las distintas provincias, fue el obstáculo insalvable que se enfrentó a la hora de construir el estado nacional en Centroamérica. El fin del boom añilero por estos años ahondó el descontento entre las elites locales ansiosas de establecer sus propios contactos con el mercado exterior, al margen de la tutela guatemalteca. Esta situación conflictiva alimenta el movimiento independentista de 1821, que se inicia a la par de los levantamientos que encabeza el cura Miguel Hidalgo y Costilla, en México, en 1810. La independencia centroamericana, como la conquista española tres siglos atrás, estaría marcada por la vecindad con el poderoso Virreinato mexicano.  

Los movimientos populares anticoloniales de 1811 a 1814 en las provincias de El Salvador y Nicaragua, como también la Conspiración de Belén en Guatemala de 1813, fueron controlados por el presidente de la Audiencia José Bustamante y Guerra (1811-1818), porque tuvo el apoyo del arzobispo Ramón Casaús y Torres, quien poco antes se había destacado combatiendo el movimiento independentista del cura Hidalgo en México. Igual papel desempeñó en Nicaragua el obispo Nicolás García Jerez. El avieso presidente Bustamante y Guerra contó sobre todo con la poderosa elite criolla guatemalteca. José María Peinado, regidor perpetuo del Cabildo, y José de Aycinena, como intendente de la rebelde provincia salvadoreña, echarían por tierra los levantamientos populares de estos años.    

El papel desempeñado por el grupo criollo guatemalteco ahondó en las provincias los resentimientos en su contra, que emergen con toda su fuerza disociadora a principios de 1822 con la Anexión de Centroamérica al Imperio mexicano de Agustín de Iturbide a instancias y maquinaciones suyas. En este contexto conflictivo, después de la caída de Iturbide en México, en 1823, Centroamérica debía elegir su propio camino. El sistema federal de gobierno pareció ser la única forma de convivencia estatal posible entre las belicosas y parasitarias élites de las provincias del antiguo Reino de Guatemala, celosas con sus prerrogativas locales de los tiempos coloniales.     

Así se fundaría el 1 de julio de 1823 el nuevo Estado nacional centroamericano con el conciliador y prometedor nombre de Provincias Unidas del Centro de América. El año siguiente, con la promulgación de la Constitución federal del nuevo Estado nacional, pasó a llamarse República Federal del Centro de América. Dos décadas después, con el fusilamiento de Francisco Morazán en 1842 en Costa Rica, principal caudillo y soporte de la Federación a lo largo de Centroamérica, la meta federalista de gobierno se mostró como una trágica ilusión. Sin embargo, esa pareció ser la única salida posible para mantener la integridad territorial de la antigua colonia centroamericana en el moderno contexto de los estados naciones que emergen con la independencia española. El ejemplo a seguir había sido el sistema federal de gobierno de Estados Unidos, pero la historia de este país como colonia inglesa había sido totalmente otra y otro también su movimiento independentista. 

La época también era otra. El nuevo Estado nacional centroamericano, cuyas fronteras se extendían desde Chiapas hasta Costa Rica, no solo descansaba en una matriz altamente frágil y conflictiva, sino también bajo las miras expansionistas de las antiguas potencias rivales de España, a las que ahora se agregan otros países con iguales ambiciones como Estados Unidos. Si a inicios del siglo XVI, Cristóbal Colón había merodeado a lo largo de las costas caribeñas de Honduras en busca del famoso Estrecho Dudoso que debía conducirlo a las Islas de la Especiería, motivo de sus tres viajes intercontinentales; ahora los que merodeaban a lo largo de Centroamérica eran los emisarios extranjeros, como el Cónsul inglés Frederick Chatfield y el diplomático estadounidense John L. Stephens, disputándose para sus respectivos países el dominio sobre la recién independizada nueva República centroamericana. Es decir, poner bajo su control su valiosa función ístmica, ocupar el lugar que dejaba España. 

Fuentes:

Pinto Soria, J. C.: Raíces Históricas del Estado en Centro América. Guatemala: Editorial Universitaria. 2. Edición. 1983. 

Pinto Soria. J. C.: Centroamérica de la Colonia al Estado nacional (1800 – 1840). Guatemala: Editorial Universitaria. 2. Edición. 1988.

Pinto Soria, J. C.: El indígena guatemalteco y su lucha de resistencia durante la Colonia: la religión, la familia y el idioma, Guatemala: Universidad de San Carlos de Guatemala – CEUR, 1995  (Boletín No. 27).  

Pinto Soria, J. C.: El primer caudillo guatemalteco: Rafael Carrera (1814-1865), en: elAcordeón de elPeriódico, Guatemala, 12 de junio de 2016. https://www.academia.edu/26387547/El_primer_caudillo_guatemalteco_Rafael_Carrera_1814-1865_

Pinto Soria, J. C.:Unidad y diversidad en la historia colonial centroamericana (1524 – 1821) https://www.academia.edu/46341158/Julio_Pinto_Soria_Unidad_y_diversidad_en_la_historia_colonial_centroamericana_1524_1821

Torres-Rivas, E. y J. C. Pinto Soria: Problemas en la formación del Estado Nacional en Centroamérica. San José, Costa Rica, Icap. 1983.

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