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El Acordeón

La dimensión de la justicia


A estas alturas del partido, cuando el noble asunto de la justicia está a 25 siglos de su origen clásico; y de golpe aterriza en la Guatemala actual, en épocas de podredumbre, peste, corrupción, fealdad y amiguismo ¿…qué podemos pensar…? ¿…qué podemos decir…?

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Si aprendiéramos a seguir los consejos de la lógica quizás aprenderíamos a guiarnos de acuerdo con algún orden, al menos, a seguir el camino de eso que llaman sentido común, que tampoco es gran cosa; uno de esos preceptos de la lógica puede ser aquel, según el cual, existe la causa y el efecto, la premisa y la consecuencia, la condición y lo condicionado, lo previo y lo posterior; porque, francamente, ya el solo hecho de reconocer algo tan elemental equivale a poner ciertas cosas en orden y actuar en armonía con la naturaleza de las cosas.

Por eso, si vamos a comenzar por el principio, por la causa, la premisa o la condición, deberíamos recordar que un día, como otro cualquiera, Sócrates y su amigo Glaucón decidieron bajar de Atenas, la ciudad en donde vivían, al Pireo, porque allí se celebraba una fiesta, con ocasión de festejar a una diosa lunar; después de estar, deambular y haber permanecido por las calles y plazas del puerto durante la mayor parte de la jornada, ya a la hora del atardecer se disponen a regresar a Atenas, cuando aparece un mensajero, que les dice que los buscaba por encargo de su patrón, llamado Céfalo y quien, por su mediación, los invita a su casa, en donde todo está preparado para continuar la fiesta, habrá comida, bebida, música, carreras de caballos envueltas   e iluminadas entre antorchas de fuego…, además, les dice, que su patrón sabe de su motivo principal para haber ido a la celebración: encontrarse con hombres ilustrados y sabios con quienes dialogar sobre asuntos de mucho interés, pues bien, todos ellos estarán en casa de Céfalo, el patrón.

Las razones son irrefutables, por lo que Sócrates y Glaucón deciden aceptar la invitación “si no hemos encontrado a la gente que venimos a buscar y todos ellos estarán allí, no debemos perder la oportunidad y, en consecuencia, debemos aceptar la invitación”.

Al entrar a la casa de Céfalo, Sócrates y su amigo Glaucón descubren que la fiesta está dispuesta y montada por todo lo alto, de forma magnífica, todo es espectacular, elegante, fino y abundante, lo mejor de lo mejor; por eso todos los invitados están rendidos en elogios y adulaciones hacia el anfitrión, diciendo, entre otras cosas, que esa generosidad es la mejor forma de envejecer, porque Céfalo es un anciano; este ambiente de alabanza y lisonjeo no le sienta del todo bien a Sócrates, por lo que irrumpe con su diabólico estilo, y pregunta: “¿…y creen todos ustedes que la justicia sea una virtud de la vejez…?” “para responder eso deberíamos saber qué cosa es la justicia” parece ser el consenso general; por lo que debe entenderse que, llegado este punto, Sócrates se ha salido con la suya: ha conseguido orientar las cosas, o bien, introducir el tema que le interesa: el asunto de la justicia (la sagrada DIKE, en griego).

A partir de ese punto, todo el diálogo, que da mucho de sí, gira en torno a la noción de justicia; baste decir aquí, que la República de Platón (que es el diálogo del que se trata), con su tema central equivale a la primera suma de la cultura occidental, es el punto en donde Platón encuentra una respuesta para la pregunta por el Ser y, simultáneamente, para la pregunta socrática sobre los contenidos del alma; desde luego todo ello tiene que ver de forma inequívoca con la formulación y postulación del idealismo.

Lo que importa aquí no es eso (aunque también), sino que todo eso lo logra Platón como un eco o una resonancia de la justicia, es decir conjugando esa idea; de manera que, vistas así las cosas, no resulta tan difícil de medir la inconmensurable dimensión de esta noción de justicia.

Si a esos inicios, en clave clásica y griega, sin perder de vista la justicia, nosotros los guatemaltecos comparamos nuestra miseria actual ¿…cómo quedamos…? ¿…dónde quedamos…? (perdón por la expresión) pero, en la mierda.

Para empezar, una ex vicepresidenta, que guarda prisión, ha dicho, con todas sus letras (las de la expresión, no las de ella) que los magistrados de las cortes de Apelaciones y Suprema actuales, quienes permanecen en sus cargos dos años y medio después de que debieron entregarlos, fueron electos alrededor de una cama.

Además, de que otra respetable señora, que aquí funge o finge como la encargada de velar por el cumplimiento de la ley desde la Fiscalía General, al tener en sus manos el ejercicio de la acción penal pública, no termina de entender la magnitud de su indolencia o, lo que sería peor, de sus compromisos o lealtades, cuando uno de aquellos magistrados la favoreció para encabezar la lista de candidatos para presidir el Ministerio Público.

Sea como fuere y se trate de indolencia, compromisos o lealtades, la Fiscal ha llegado a desatar un huracán político de dimensiones bíblicas, porque, llegado este punto, esos magistrados interinos desde hace dos años y medio, ahora han participado en la elección de otros magistrados para otra Corte, desde luego con la venia de quien se ha hecho de la vista gorda, para que ellos permanezcan ejerciendo funciones más allá del tiempo que la ley prescribe.

Cabe preguntar, estos magistrados que juegan en tiempos extras, al participar en una elección que ya no les correspondía ¿lo han hecho de una forma legítima o todo lo contrario…? Y en caso de que sea, todo lo contrario, al hacerlo ¿es responsabilidad de ellos o de quien, por indolente, comprometida o leal, no ejerció sus funciones para evitarlo…? 

…Y este es solo un caso, pueden citarse muchos más.

A estas alturas del partido, cuando el noble asunto de la justicia está a 25 siglos de su origen clásico, en la pluma del aristócrata filósofo ateniense; y de golpe aterriza en la Guatemala actual, en épocas de podredumbre, peste, corrupción, fealdad y amiguismo ¿…qué podemos pensar…? ¿…qué podemos decir…? Pues lo dicho: estamos en… donde estamos.

Que hemos perdido de vista lo más fácil de ver, la capacidad o la posibilidad de ver lo más parvulario: lo que va antes y lo que viene luego, el simple orden más elemental de las cosas.

 

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