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El Acordeón

Mi abuelo Flavio


LA TELENOVELA

Tengo la impresión, y a lo mejor estoy equivocada, que fui la nieta más cercana a mi abuelo, el padre de mi padre. El arqueólogo, antropólogo y etnólogo Flavio Rodas Noriega, que inició su carrera trabajando para el Gobierno de Guatemala como inspector de Monumentos, lo que significaba que debía visitar los sitios arqueológicos, que en su juventud eran llamados así: “monumentos”.

El abuelo nació en Chichicastenango en 1882 y en sus años mozos se casó con la abuela, Julia Corzo, nacida en Sololá. La pareja se aposentó en Chichi y allí nacieron sus 8 hijos, entre los que estaba mi padre, Ovidio Rodas Corzo.

Los visitábamos en Chichi cuando papá tenía vacaciones. El lugar que examinaba al nada más llegar era el mercado, con sus tesoros de juguetes de madera o en barro, y cuando regresaba a la casa de los abuelos guardaba celosamente los trastecitos de Totonicapán y me apresuraba a ir a la mesa, donde Papá Flavio, como lo llamaban mis primos, tomaba café calmadamente, hablando de las tradiciones maya-quichés. 

Mis primos aprovechaban mi presencia para irse corriendo al parque, de manera que quien se quedaba escuchando aquellas historias maravillosas era yo. Muy pequeña aprendí algunas palabras en quiché, pero infortunadamente aquellas vacaciones no bastaron para que aprendiera el idioma.

El abuelo tenía relación con el resto de ladinos de Chichi, mas su afición principal era visitar a los chuch k’ajaus, sus amigos, los religiosos locales. Los visitaba por las tardes en sus casas. Y yo jugaba con los hijos o nietos de aquellos seres misteriosos de quienes aprendí a celebrar al menos cuatro “costumbres”, cuando la visita era matutina e implicaba subir al cerro Turkaj.

El cerro está coronado por Pascual Abaj, como se conoce en español al dios cuyo nombre en quiché aprendí escuchando las oraciones de los chuch k’ajaus: Huyup T’akaj.

Huyup Takaj, el intercesor entre los seres que viven en Chichi y sus  antepasados. El dios de piedra está rodeado de cruces y cualquiera que suba cree que allí se manifiesta el sincretismo entre lo maya y lo cristiano, pero la realidad es que los indígenas de estas tierras tenían también sus propias cruces.

Otro día les contaré sobre los libros que escribió mi abuelo acerca del pueblo quiché, su historia y su cultura. Libros que merecerían ser editados nuevamente, ya que apenas se encuentran en algunas bibliotecas muy especializadas de diversos países.

Y hablaré de lo se esconde en Xucut, origen de la cruz quiché, libro escrito por mi abuelo y mi padre.

En algún momento visité un pequeño pueblo cerca de San Cristóbal Las Casas, en México, y allí también me hallé con cruces prehispánicas.

También me hace falta tiempo y espacio en este momento para hablar de la traducción del Popol Vuh que realizó mi abuelo. Un hombre de cuyo nombre no deseo acordarme lo convenció para que lo publicaran juntos. Mi abuelo era un sabio en cuestiones de arqueología, antropología y etnología. Pero como muchos hombres probos, confiaba en sus semejantes. Luego de la muerte del abuelo, este señor borró tranquilamente el nombre de Flavio Rodas Noriega y mandó a publicar el libro varias veces.

En el lugar donde una calle de Chichicastenango enlaza con la carretera que va a Santa Cruz del Quiché había, en los años 30, un arco. Era una mera construcción de ladrillo y cemento que servía a los habitantes del pueblo para pasar de un lado a otro y echar un vistazo al valle que se extendía en las afueras de Chichi.

El arquitecto Aniceto de León convenció a la Municipalidad de que le permitieran llevar a Chichi piedra desbastada del cantón Quiejelex, y mi abuelo decidió que era un buen espacio para que allí quedara plasmada, sobre la piedra, la historia de Gucumatz, la Serpiente Emplumada.

Y allí está, con algunas variantes actuales, el diseño de mi abuelo: Gucumatz, la serpiente que comió a un ser humano, como cuenta la leyenda. Que tampoco cabe aquí hoy.

Una de esas leyendas que aprendí sentada a la mesa de la casa de los abuelos, cuando mis primos se iban a jugar al parque y quedaba yo como única escucha de las maravillosas historias que el abuelo implantó en mi memoria.

 

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