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El Acordeón

La “Viuda de nadie” Una conversación en dos tiempos con Ramírez Amaya


El historiador, ensayista y escritor Arturo Taracena Arriola nos relata en esta singular crónica dos encuentros con el pintor Arnoldo Ramírez Amaya, en donde este último rememora su paso por Francia, Estados Unidos y Brasil en los años setenta y desenreda la historia de un enigmático cuadro que provocó una extraña conexión entre ambos.

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A Julia Taracena de Bouscayrol y Olga Arriola de Geng, in memoria.

I

A las 9 de la noche del 16 de octubre de 2008, en el restaurante La Mezquita, me encontré con el Tecolote, Arnoldo Ramírez Amaya, quien reconoció a mi acompañante, Miguel Paredes, su amigo desde la década del setenta. Iban con nosotros la hija de este, Verónica, su esposo y el antropólogo mexicano Sergio Lerín. Por la disposición de las sillas, el Teco se sentó a mi lado y, luego de pedir un trago de whiskey, me preguntó cómo me llamaba. Arturo Taracena, le contesté. Se levantó de golpe y me dijo, “te debo una disculpa Mico Taracena”. Se refería a que había rechazado el prólogo que escribí a demanda de Ana María Cofiño para la segunda edición de su libro El pájaro sobreviviente, publicado por la editorial Del Pensativo. Luego, Arnoldo se quedó en silencio durante un minuto y seguidamente hizo una serie de comentarios jocosos, antes de pasar a comentarme que lo había rechazado porque estaba molesto. Subrayó que, en un principio, había dado su venia para que se publicase, pero había sido una aceptación sin compromiso. Al pensar el asunto, había llegado a la conclusión de que la obra ya tenía un prólogo de su propia autoría, el cual, aunque no fuera bueno –tal y como se lo “había hecho notar” Tito Monterroso–, a decir de Luis Cardoza y Aragón, tenía la ventaja de que era suyo. Además, el hecho de que su libro Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles, que retrataba los acontecimientos políticos y sociales de Guatemala bajo la Presidencia del coronel Carlos Arana Osorio, estuviese prologado por Gabriel García Márquez (Ramírez Amaya, Cazador de gorilas), no venía al caso de que El pájaro sobreviviente se viese presentado por un desconocido a nivel internacional como era yo.

En medio de esa engorrosa explicación, el Tecolote había soltado un par de frases de admiración hacia dos puntos biográficos contenidos en mi malogrado escrito. Estos eran, señalar que su grabado la Viuda de nadie era el retrato de Marie-France Hoteux, una fotógrafa francesa, y que él había estado con ella en Aigues Mortes, en la Provence francesa. Se empeñó en saber mi fuente, pero no se la quise decir. Lo de su estancia en la ciudad de Petrarca, lo deduje por las fechas, lugares y firmas de los grabados del libro y, lo de su compañera francesa por tenerlo registrado en mi memoria a raíz de una antigua conversación con el fotógrafo Mauro Calanchina, cuando coincidimos en el exilio mexicano a finales de los ochenta. 

Arnoldo señaló que con Marie-France se habían conocido en Guatemala, en casa de Ana María Rodas, que en ese entonces trabajaba como agregada de prensa en la Embajada francesa, y le había dado posada a la fotógrafa a raíz del robo de su dinero y sus documentos. Allí, en casa de su exmujer, él intentó seducirla, pero Marie-France se negó a aceptar sus avances por estar casado con su anfitriona y benefactora. Meses después, cuando llegó a París, el único contacto francés de los que había conocido en Guatemala que le contestó la llamada había sido, precisamente, la esquiva fotógrafa gala. Ese fue el comienzo de un idilio que los llevó a vivir en la ciudad de Beton-Bazoches, en la banlieu parisina de Seine et Marne y, después, en Nueva York, donde se produjo la ruptura definitiva entre ambos. Esta se dio luego de que Marie-France se enredó con un marchante de arte de origen chileno. 

Durante la estancia en la Gran Manzana, ambos habían frecuentado a Rodolfo Abularach, que se había instalado en la ciudad desde 1959 y había invitado a Arnoldo a visitarlo. Durante la década de los sesenta, el reconocido pintor guatemalteco había defendido la calidad artística del Tecolote frente a las críticas realizadas a su obra por los integrantes del Grupo Vértebra. 

En París, Ramírez Amaya trabajó como escenógrafo en el Théatre Odéon y en el Festival d’Aigues Mortes de 1974. En este concibió una escenografía con bambús o tarrales traídos de Patulul, y enviados por Ana María Rodas, para el montaje de la obra de Charles Charras, ¿Tu t’imagines guerrillero? Con 30 de esos bambúes montó una estructura cuadriculada que, puesta verticalmente, imitaba las rejas de una cárcel y, cuando se elevaba, terminaba siendo el techo de una hacienda, para finalmente dispersar sus elementos por todo el escenario, reproduciendo los árboles talados de un bosque tropical. El resultado fue un premio a la mejor escenografía del festival. En París, también había presentado ese año obra propia en la Bienal de Pintura de Menton.

Confesaba el Tecolote que la ruptura con Marie-France había sido por pura reacción de macho chapín al no aguantar la infidelidad y, aunque estaba enamorado de ella, cerrando la garganta, se fue en dirección a Brasil, mientras ella tomaba un avión hacia Indonesia. En el país sudamericano terminó por trabajar con Joan Miró. 

Una de las obras de Ramírez Amaya durante su estancia en Brasil, fue la litografía de gran formato Veuve de personne, en la que representaba el misterio del rostro y de los ojos de Marie-France. La anécdota más importante era que la piedra que había utilizado para realizar tal litografía se había partido a la mitad, por lo que luego de la primera prueba tuvo que improvisar para disimular la raya que la atravesaba de lado a lado. La solución fue sujetar las piezas rotas con abrazaderas de madre. Veinte fueron las copias nuevas que tiró en color violeta y que tituló “La viuda de nadie. La piedra partida”. 

Para agregar sal al asunto, le dije que yo tenía una copia de esta entera, sin que el rostro de la francesita de ojos asustados estuviese marcado por la cicatriz que le produjo la caída en la piedra. Su sorpresa fue mayúscula. Me confirmó que era una prueba de autor, única, e inmediatamente, me interrogó cómo y dónde la había obtenido. Le dije la verdad. Me la había dado mi primo Roberto Gereda Taracena cuando me casé en 1978 con Sophie Féral, también francesa. Mi tía Julia Taracena de Bouscayrol se la había regalado con anterioridad. Tanto Roberto como la tía Julia desconocían para entonces que esta era una pieza única. Una obra maestra si se contempla el dibujo y se adivina la talla y el pulido de la roca. Me acompaña, colgada al lado de mi cama, y me sonríe cada vez que abro los ojos en la Ciudad de Guatemala. 

Nuevamente me pidió disculpas e insinuó que retomásemos el prólogo de marras, que mostraba solo una faceta de su vida, haciendo esta vez una larga entrevista que lo completase. En seguida, me confesó que estaba cansado de la vida, que la exposición que venía de inaugurar en el Palacio Nacional ya no lo llenaba, que su cuerpo estaba usado, que se sentía harto de tanta marginalidad. Yo me dije en ese momento, “¡Ojalá no sea una despedida!”. Han pasado varios años y el Tecolote ha renacido como pintor guatemalteco, como el máximo dibujante que ha dado el país. Como un pájaro sobreviviente.

II

El 6 de enero de 2018, en la oficina del arquitecto Antonio Prado, Ramírez Amaya y yo retomamos el diálogo iniciado 10 años antes y que viene a completar los datos aportados en el primero.  

En el año 1973, el Tecolote y el Bolo Flores, con el apoyo de estudiantes y profesores y con el acuerdo del presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios, Edgar Palma Lau, realizaron los primeros murales sobre las paredes de las Facultades de Humanidades, Derecho y Ciencias Económicas, frente a la Plaza Rogelia Cruz. El proceso fue fotografiado por Mauro Calanchina, que había llegado al país siguiendo a Rosa María Alberti, quien trabajaba en el Instituto Italiano de Cultura “Dante Alighieri”. Ella era hija del director de una empresa farmacéutica suiza. De ese momento surge la profunda amistad del Tecolote con el fotógrafo helvético, quien terminó siendo un guatemalteco ejemplar y un testigo visual de los años más duros de la represión militar.

El resultado político de la iniciativa artística, que marcó un parteaguas en la plástica guatemalteca, fue la salida de Ramírez Amaya al exilio en el segundo semestre de 1973. Se dirigió a Francia y, para situarse, les escribió a sus conocidos. La única que le contestó fue Marie-France, a quien hacía dos años no veía. Para entonces, ella trabajaba en París en una agencia mundial de fotografía. Testimonio de esa época es la foto que conserva de Marie-France, vestida con un güipil de San Pedro Sacatepéquez, posando al lado de Ana María, en el campus de la Ciudad Universitaria.

En esas circunstancias, el Tecolote conoció también a una vietnamita que hacía vestidos en croché para niños, los que le daban el dinero suficiente para vivir holgadamente. Esta lo alojó en uno de los pueblos vecinos a París. Pronto entró en contacto, por medio de la agente literaria Carmen Balcells, con Gabriel García Márquez, con el fin de que este escribiera el prólogo a Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles. Con tal motivo, le envió los dibujos que había traído con él. Pero, producto de una larga huelga de correos, Ramírez Amaya no pudo saber si el futuro premio Nobel había o no aceptado prologarlo. Inquieto, se dirigió al hermano de este, el periodista Eligio García, con el propósito de inquirir sobre su paradero. Sin embargo, ello demoró por un año la decisión de Gabo de escribir el ansiado prólogo, el cual al final acompañó la edición publicada en 1976 por la editorial mexicana Siglo XXI.

En esa época parisina, también conoció al artista belga Jean-Michel Folon, quien preparaba su participación en la XII Bienal de São Paulo de noviembre de 1973, cuyo primer premio ganó al final en la rama de pintura. Ramírez Amaya también se propuso volver a participar en este prestigioso concurso internacional, realizando una serie de dibujos políticos, pero fue censurado por el director de la Bienal, Francisco Matarazzo Sobrinho. Su intención era participar en Costa Rica, debido a su condición de exiliado guatemalteco. Asimismo, como ya lo he mencionado, en compañía de Marie-France participó en el montaje de la obra de Charles Charras ¿Tú te imaginas guerrillero? 

En esas andanzas parisinas, saliendo una madrugada del apartamento del poeta salvadoreño Roberto Armijo, en la calle André Antoine del barrio de Pigalle, Ramírez Amaya fue asaltado por dos individuos que le robaron su bolsa de cuero estilo Popayán, en la que llevaba sus documentos de identificación y un carné de traveller’s cheque por US$40 mil. Luego de denunciar a la Policía el robo y de ponerse en contacto con el banco estadounidense emisor, que solamente le ofrecía sustituirle US$400 por carecer de pruebas –a pesar de que el pasaporte y la factura de la compra habían sido encontrados cerca del lugar del asalto–, tuvo que recurrir a su amistad con el exembajador de Estados Unidos en Guatemala, William G. Bowdler, con el propósito de que este certificara que era un artista latinoamericano de renombre y, por tanto, poseedor de tal cantidad de dinero. Bowdler, quien había permanecido en este país entre 1971 y 1973, y había sido un gran coleccionista de la pintura guatemalteca de ese momento, no dudó en respaldar la demanda del Tecolote, a pesar de conocer su trayectoria política de izquierda. 

Lo simpático del asunto fue que los dos ladrones fueron atrapados dos horas después, a raíz de que Ramírez Amaya dibujó de memoria sus rostros para la Policía gala, en la obligada demanda de realizar un retrato hablado. Luego, denominándolos el Flaco y el Chapa, el artista guatemalteco los representó de frente y de perfil en un cuadro, junto a su propio retrato, agregando la leyenda: “Estas fotografías tienen que estar en los archivos de la Policía de París: yo por robar cuadernos de dibujo, ellos por robarme dinero a mí. El ladrón que roba a ladrón es un poeta”. La obra pertenece hoy en día a la colección del Banco Internacional de la Ciudad de Guatemala y fue adquirida por el magnate del fósforo Ignacio Fierro Eleta.

Como ya se ha dicho, a finales de 1974, el Tecolote llegó a Nueva York en compañía de Marie-France, invitado por Roberto Abularach y con el propósito de entrevistar al poeta Ernesto Cardenal. Buscaba que este le prologase el libro Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles, ya que aún no tenía respuesta de García Márquez. Sin embargo, Cardenal, a quien había conocido cuando ilustró el número de la Revista Alero dedicado a Nicaragua, esencialmente centrado en la obra poética del sacerdote nicaragüense, “terminó haciéndose el loco”. El encuentro entre ambos fue en una fiesta dada por Kitty Meyer y su marido, en su lujoso apartamento de la East 67th Street, en la que participó el marchante chileno de marras. Este, ante la belleza de Marie-France, les propuso intercambiar parejas. Ante la sorpresa de Ramírez Amaya, ella aceptó, y ese fue el detonador de su ruptura. De inmediato, se trasladó a Guatemala y no volvió a saber nada de ella.

Luego de regresar al país, el Tecolote recibió la invitación de Piero María Barbie, director del Museo de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand, para hacer una exposición con la obra rechazada en la Bienal de São Paulo. Fue en esa época que decidió retratar a Marie-France en un gran formato litográfico, pues ya lo había hecho en uno pequeño. Un dibujo que ella se había quedado, pues “si no, se hubiese quemado”. 

Una vez escogida la piedra, esta debía de secarse durante la noche para que el sereno fuese cristalizando la grasa que contiene, con el propósito de que, trabajada con nitrato, aceptase los trazos del dibujo y que, entintada, pudiera finalmente imprimirse en el papel. Luego de hacer la prueba de autor, por razones desconocidas, la piedra se partió a la mitad. “Se rompió por la energía negra de Marie-France”, me explicó el Tecolote. De esa suerte, la obra pasó a denominarse La viuda de nadie, porque consideraba que, a ella, “todo le salía mal”. Las pruebas siguientes se imprimieron remarcando la fractura provocada, escribiendo en ella la mencionada leyenda de su propia mano. 

La historia feliz de esta segunda entrevista es que, mientras realizábamos la entrevista, filmada por Tono Prado, Arnoldo Ramírez Amaya me hizo con pocos trazos un asombroso retrato, donde su maestría se centra en captar la mirada, los ojos, como en el de Marie-France o en su autorretrato de grandes dimensiones, Tecolote crucificado, pintado en acrílico y que conserva Jose Gereda en la sala de su casa. Al mío, le puso por título: AT con mi amistad.

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