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El Acordeón

Terremoto


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“Amar es temblar”, dijo Luciana.

“Entonces la tierra nos ama demasiado”, le respondí cuando el cielo se hizo gris y oval y succionó toda la luz.

La lava incendió el océano.

Así fue como empecé a medir el tiempo según los latidos de Luciana.

“Esto es vivir entre volcanes”, decía ella dejándome escuchar su corazón de rebaño. “Esto es respirar en la boca de la muerte”.

Amar y morir.

Avanzar sobre las grietas de los puentes que se quiebran.

Hubo un tiempo en que el suelo no se movía. Luego llegó el terremoto madre y Luciana abrió las piernas adentro de mi sombra. Hubo muchos otros antes, pero ninguno igual que ese: el apocalíptico, el que nos hizo desaparecer hacia el interior del planeta que ardía como la lengua de mi hermana sobre mi pelvis.

Jugábamos a encontrar las diferencias entre su nombre y mi nombre.

Lu-cia-na.

Lu-cre-cia.

Juntábamos los dedos en la penumbra para crecer una memoria del fuego líquido de nuestra carne.

Nos refugiamos entre los cóndores.

Nos escondimos de la sangre de los que vagaban esquivando a los caballos.

Luciana tenía miedo de la oscuridad sin techo, por eso medía con sus trenzas la altura de nuestras paredes. La casa podía haberse caído, venirse abajo con el sonido ronco y pedregoso de la tierra, pero ella decía que morir aplastadas por el hogar era mejor que sobrevivir sin refugio; que morir con nuestras sangres indistinguibles, rojas como la Luna, mezcladas entre los cimientos era poético.

“¿Has visto lo golpeada que estás?”, dijo acariciándome con los nudillos.

Las erupciones volcánicas pintaron el Sol de un amarillo enfermo.

Amarillo verdoso.

Amarillo pus.

Pero nuestra casa era una piedra en donde no importaban los colores. El terremoto destruyó la ciudad y la pobló de zapatos solitarios y de carroña. La gente abandonó sus refugios, corrió hacia el exterior esquivando a los caballos y a los cóndores, dejó sus edificios, sus casas, sus cuevas, porque no quería morir aplastada. “¡El cielo es lo único que no puede caerse!”, gritaban arañando la ciudad en ruinas.

Levantaron carpas en las aceras.

Se tragaron a los niños y a los ancianos eructando un vaho polvoriento.

“El miedo nos vuelve estúpidos”, le susurraba yo a Luciana cuando hacíamos el amor en medio de la catástrofe.

“Morir ahora sería perfecto”, decía ella, jadeando.

Su lengua era larga como una cuerda que yo hubiera querido saltar.

Su lengua era una cuerda que me ataba a cada esquina de la casa que no se caía nunca.

“Amar es temblar”, pronunciaba Luciana para que yo sintiera sus palabras. Ella quería una muerte perfecta, pero nuestra casa era un templo que guardaba celosamente la historia de lo que no se cae.

“Es esto lo que nos mata”, le dije una noche. “Esta manera tan absurda que tenemos de resistir”.

La gente prefería la oscuridad, la lava, las piernas abiertas de la tierra, antes que acercarse a una casa que no sabía cómo caerse.

Afuera los gritos eran más débiles que cualquiera de mis gemidos.

Luciana contaba las grietas con los ojos cerrados y tenía pesadillas con los oídos abiertos. Los cóndores eran el único soplido de Dios estrellándose contra el fuego incesante de los volcanes. Juntas los mirábamos limpiar los cuerpos que la tierra no alcanzaba a masticar y nos abrazábamos para darnos calor.

Había huesos más grandes que las piernas de Luciana. Ella las abría adentro de mi sombra y me exigía que la tocara donde estaba prohibido. “Me caminas por encima como un muerto sin sexo”, decía y luego me preguntaba: “¿Te gusta el sabor de la sangre?”.

“Me gusta. Sabe a lenguaje”, le respondía.

Afuera los hombres y las mujeres se alejaban de nuestra casa como de una abominación. “Ñaña, ñañita mía: por favor, cierra las piernas adentro de mi sombra”, le pedía yo por las tardes, pero Luciana quería que arrojara su cadáver a los establos donde un caballo jamás pisaría a un muerto.

“Yo quiero parecerme a ese muerto que no pisarán los caballos salvajes de tu frente”, le dije la noche en que salté su cuerda y emergí de la cama como una ahogada.

La noche en que mojé los corredores acariciando las paredes y sus grietas.

La noche en que supe que tragar cenizas era mejor que refugiarse en una abominación.

Eso le dije antes de saltar su cuerda y emerger de la cama como una ahogada: “Es mejor ser alimento para cóndores que vivir dentro de esta abominación”.

Su interior cavó mi tumba parecida a un incendio bajo el agua.

 

Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) está considerada como una de las narradoras más relevantes de las letras latinoamericanas contemporáneas. Su novela “Mandíbula” es uno de los referentes de la literatura escrita por mujeres en la actualidad.

 

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