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El Acordeón

Marta y María


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Con la Marta, desde muy chiquitas nos llevábamos mal. Desde muy chiquitas, también, mi abuela nos pegaba para que nos quisiéramos. A pesar de los trancazos, la Marta me robaba lo que era mío y yo no la podía querer por eso. Entonces, la vieja nos arregló. Ella se las sabía todas, así que se ideó la manera para que aprendiéramos a compartir.

Mama Lina nos compró una cabra.  Cuando la aburrimos con nuestros pleitos y nuestras peticiones de dinero para llevar a la escuela, la vieja nos compró una CABRA.  Y nos regaló también un tarro de aluminio.  La abuela se enloqueció, pensé, ¿cómo iba a solucionar eso nuestra falta de fondos?   ¡Vaya, cabronas: para que se dejen de pelear, para que tengan su pisto y para que aprendan a vivir en paz! El truco fue que la cabra era mía y el tarro de la Marta. Entonces, si queríamos lana para comprar nuestras chucherías en la escuela, nos tendríamos que dedicar al negocio: ordeñar la cabra, llenar el tarro, tocar las puertas, vender la leche, repartir la ganancia, lavar el tambo, alimentar a la CabriLina y empezar todo, todo de nuevo. Al principio no nos hizo mucha gracia. Eso de compartir no se nos daba y, seguro, más de una vez pensamos en tomar distintos caminos, pero, por el momento, la Marta necesitaba la leche de mi cabrita y yo necesitaba su tarro para almacenarla. Al año de tener nuestra empresa, como la llamaba la ambiciosa de la Marta, ya éramos conocidas en toda la Limonais.  Mama Lina se encargaba de comentarle a quien pudiera lo buena que era la leche de las cabras, todo lo que curaba, y todo lo caliente que ponía a los fríos y lo frío que ponía a los calientes. ¡Una maravilla!  Cuando terminó la escuela en noviembre, ya la Marta y yo estábamos pensando en comprarnos otra lechera. Entonces, llegó la CuscuLina.

Pues así nos fuimos reconciliando, hasta que estuvimos grandes y llegamos a nueve animalitas, tres hijas de la CabriLina más seis que nos llegaron sin mucho pensarlo.  La abuela nos miraba complacida y solía decir que el nuestro era un negocio de cabritas y de cabronas… La mera verdad es que íbamos a la escuela por eso de adquirir una educación, como decía Mamá Lina, pero no lo necesitábamos: nuestro negocio nos daba para tener nuestros centavos, sin necesidad de estar metidas en la leedera. Eso de la cultura nos iba a preparar para la vida, decía la vieja. ¿Para cuál vida?, pensaba yo, y no decía nada. La muy ingrata hasta me hizo tomar clases de mecanografía en la academia El Progreso, en donde me aburría a más no poder con eso de aaañññsssllldddkkkfffjjj, al infinito. Aprendí, sí, pero a mí lo que me gustaba era cocinar.

El Esteban empezó a comprarnos su vaso de leche todos los días. Decía que era para curarse la anemia que le venía desde chiquito, el asma que había heredado de su abuelo, la úlcera y la bilis que le provocaban los pleitos con su mujer. Además, decía, que también la tomaba para prevenir los catarros a los que era propenso desde que su mamá le quitó la chiche, a los seis años. El Esteban era muy dulce y muy cantineador. Como yo era la mayor, el negocio era conmigo. Todos los días lo mismo. Mientras yo ordeñaba, él seguía con su cantaleta: que ya me extrañaba, y que yo le gustaba mucho, y que si me dejaba dar un besito, y que si lo esperaba por la tarde, y que si lo aceptaba si dejaba a su mujer. Yo no estaba muy segura, pero le despachaba un vaso bien lleno de leche, a saber por qué. Yo pensaba que el hombre ya tenía dueña; pero, un día al escuchar cómo ella lo gritaba, me decidí a salvar al pobre convaleciente. Vaya, le dije nomás, y a los tres meses ya estábamos viviendo juntos. Ni a Mama Lina ni a la Marta les hizo mucha gracia que el Esteban se viniera a vivir con nosotras. Yo les expliqué que él podía ayudar con las cabras y con otras tareas en la casa, pero no muy que las convencí. ¡Ese enclenque no sirve para nada!, decía la Marta, preguntale a su mujer. ¡Pues su mujer ahora soy yo y sí me sirve, oíste! Y entonces, seguía la Marta reclamando que el Esteban se tomaba él solito cuatro vasos de leche al día. ¡Ese huevón se está tragando la ganancia! ¿No ves? Yo no veía nada. El Esteban tenía ese modo de verla a una que enchina la piel. Y sabía querer así, suavecito y despacio, como si estuviera soñando, no como otros que lo único que quieren es terminar rapidito su asunto. De esos amores, nacieron los cuaches. Los tuve que terminar de criar a pura leche de cabra, porque la mía se me secó del susto de un día para otro.

Yo soñaba que el Esteban me decía sus chuladas hasta cuando estaba dormido y me acomodaba entre las frazadas con la seguridad de que lo tenía ahí, pegadito a mí. Lo escuchaba entre sueños y eso me tenía gorda de puro amor. Hasta que una noche desperté y oí los arrumacos del infame, pero con la Marta. ¡Yo la quería matar!  Mi amor no tenía la culpa, el pobrecito era enclenque de voluntad, no solo de cuerpo, y la Marta se había aprovechado de eso. Para cuando los caché, ya el daño estaba hecho y la sabandija estaba preñada. Y cuando le reclamé, la malandrina no supo qué decir.  Yo lloraba de la rabia. Entonces, Mamá Lina me dijo, mirá, mija, tu error fue chiflarte por ese tunante y la colgazón te cegó. Solo vos no te das cuenta de que el esmirriado ese se coge hasta las cabras. Yo me he salvado a pura integridá. Ahí fue cuando se me cortó la leche.

Entonces, del puro coraje me recordé de una palabra que me habían enseñado en la escuela. Y así, le dije que le daba “untimatum”. ¿Un qué?, me dijo el pobre llorando.  Eso quiere decir que te me vas a la chingada ya, si no terminás con la Marta. Su llanto se escuchaba hasta el cementerio. El canijo juraba que nos amaba a las dos y que no sabía qué hacer: no podía escoger entre nosotras. La verdad es que yo sentía muy arriesgado eso de echarlo de la casa, porque hasta las cabras lo iban a extrañar, pero el hombre tenía que saber quién era ahí la autoridad. Las cabras estaban en plena producción de leche, así que, aunque no nos habláramos, salíamos con mi hermana a venderla. Un día, cuando regresamos, el Esteban se había ido y entonces el negocio se vino abajo. A partir de ese día, empezó la temporada de tristeza y lloriqueos de mis cuaches al principio; de las gemelas de la Marta, después; de las cabras; hasta de la abuela. Mi hermana y yo nos hacíamos las desentendidas, pero los suspiros al caer la tarde nos delataban.  

Un día Mama Lina salió al funeral de una su prima. Se arregló muy chancla con su manto negro y se puso la falda que le cosió la Marta a mano, porque le gusta eso de la costura. No quiso que la acompañáramos y nos pidió que le cocináramos algo bien rico para la comida. Entre recuerdos, se me fue la tarde preparando unos tamalitos de chipilín y cuidando a los patojos. Ya estábamos un poco apenadas, porque Mama Lina no regresaba cuando la escuchamos entrar. O más bien, oímos el relajo que hicieron los chuchos que nos ayudan a pastorear a las cabras.

¡No podíamos creer a nuestros ojos! Ahí venía la vieja acompañada del Esteban. El pobrecito estaba muy flaco, porque ya no se tomaba su leche. A leguas se le notaba lo desnutrido y decaído que estaba. Además, venía sudando y cargando sendas cajas. Tanto la Marta como yo nos hicimos las sentidas, pero cuando vimos que una caja era para cada una de nosotras, se nos quitó lo arisco. Mientras las destapábamos, el hombre les hacía cariño a sus cuatro criaturas, con lágrimas en los ojos, y la abuela ponía la mesa. ¡Pues ya tengo la máquina de coser que siempre quise!, gritó la Marta. Y yo, apenas pude pronunciar palabra, cuando enseñé mi aparato asistente de cocina, de los que rebanan, amasan, licuan, mezclan, pican, muelen, cortan, recortan, afinan y no sé cuántas cosas más.

Mamá Lina le sirvió al Esteban el primero de muchos vasos de leche que se tomaría para reponerse y guardó su bolsita del pisto en el bote de galletas en la cocina. La Marta y yo nos vimos y nos soltamos a reír y, sin decir una palabra, acordamos compartir a nuestro galán quien, seguramente, se había quedado sin ahorros por comprarnos tan lindos regalos.

¿Y cómo estuvo el sepelio, Mama Lina?, le preguntamos al final de la cena. ¿Y quién se murió pues?, respondió.

 

*Gloria Hernández. Escritora guatemalteca, miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua, con gran reconocimiento en el ámbito de la literatura infantil y juvenil. Sus libros de relatos “Sin señal de perdón” e “Ir perdiendo” la han situado como uno de los referentes de la narrativa nacional contemporánea.

 

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