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El Acordeón

La novelista


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Posee una memoria perfecta. Todo es sexo. Va por su tercer matrimonio y ha dejado tres hijos por el camino, pero ninguno de su actual marido. Grita: “¡Escuchen mi pasado! Es más importante que mi presente. Déjenme que os cuente lo cerdo que era mi último marido (o amante)”.

Su pasado es como una comida mal digerida, quizás indigestible, que se le ha quedado sentada en la boca del estómago. Uno desearía que pudiese vomitarla y olvidarla, sencillamente.

Escribe resmas contando cuántas veces ella, o su rival, se metieron en la cama con su marido. Y cómo ella se paseaba arriba y abajo, insomne –negándose virtuosamente el consuelo de una copa–, mientras su marido pasaba la noche con la otra mujer, flagrantemente, etc., y a la mierda lo que pensaran los amigos o los vecinos. Dado que los amigos y los vecinos eran incapaces de pensar o no les interesaba la situación, no importa lo que pensasen. Se diría que este es el momento para que un novelista emplee su inventiva, para crear un pensamiento y una opinión pública donde no existen, pero la novelista no se molesta en inventar. Todo es tan escueto como una cojonera.

Después de que tres amigas hayan visto y alabado el manuscrito, diciendo que es “real como la vida misma”, y de haber cambiado cuatro veces los nombres de los personajes masculinos y femeninos, con considerable detrimento del aspecto del manuscrito, y después de que un amigo (posible amante) haya leído la primera página y se lo haya devuelto diciéndole que lo ha leído entero y le encanta, envía el manuscrito a un editor. Recibe una rápida y cortés negativa.

Comienza a ser más cautelosa, a obtener cartas de presentación de amigos escritores, vagas, indirectas recomendaciones logradas a costa de comidas y cenas regadas con vino.

Rechazo tras rechazo, a pesar de todo.

–¡Yo sé que mi historia es importante! –le dice a su marido.

–También lo es la vida del ratón, para él… o, quizá, para ella –contesta él. Es un hombre paciente, pero, con todo esto, está casi al límite de su resistencia.

–¿Qué ratón?

–Hablo con un ratón casi todas las mañanas mientras estoy en la bañera. Creo que su problema es la comida. Son dos. Uno u otro sale del agujero (hay un agujero en el rincón del cuarto de baño) y entonces les traigo algo de la nevera.

–Estás divagando. ¿Qué tiene eso que ver con mi manuscrito?

–Simplemente que a los ratones les preocupa un asunto más importante: la comida. No que tu marido te fuera infiel, o que tú sufrieras por ello, aunque fuese en un escenario tan maravilloso como Capri o Rapallo. Lo cual me sugiere una idea.

–¿Cuál? –pregunta ella, con cierta ansiedad.

Su marido sonríe por primera vez en varios meses. Experimentaba unos segundos de paz. No se oye en la casa el tecleo de la máquina de escribir. Su mujer lo está mirando de verdad, esperando oír lo que tiene que decir.

–Adivínalo. Tú eres la que tiene imaginación. No vendré a cenar.

Luego se marcha del departamento, llevándose su agenda y –con cierto optimismo– un pijama y un cepillo de dientes.

Ella se acerca a la máquina y se queda mirándola, pensando que quizá podría sacar otra novela de esto, simplemente de esta noche. ¿Debería hacer pedazos la novela por la que había alborotado durante tanto tiempo y empezar la nueva? ¿Quizá esta noche? ¿Ahora mismo? ¿Con quién iba a dormir él?

 

Celebramos este año el centenario de Patricia Highsmith (1921-1995), una de las escritoras más originales y perturbadoras de la narrativa contemporánea, maestra indiscutible de la novela negra y uno de los grandes referentes, a la vez, de la narrativa breve. En esta ocasión les ofrecemos uno de sus ya clásicos “cuentos misóginos”.

 

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