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El Acordeón

La honda


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No me dejo engañar por los chicos. Sé que mienten, que siempre están poniendo cara de inocentes y por atrás se ríen de todo el mundo.

Lo que pasó ese día fue que ellos no imaginaban que mi patrón y yo habíamos decidido trabajar, a pesar del domingo.

Por eso cruzamos el camino de tierra hacia el depósito del fondo.

Me acuerdo que por la calle andaba un coche de propaganda con los altoparlantes en el techo; y que yo escuché la música hasta que doblamos y el paredón apagó el ruido, de golpe.

Entonces el viento nos arrimó las voces y las risas. Cuando los descubrimos se acurrucaron, tratando de disimularse entre los fierros, pero ya era tarde.

Ninguno de los cuatro pasaba de los 12 años. Se metían a robar pedazos de plomo para tirarlos con la honda.

Dijeron que estaban allí porque Nacho les aseguró que era amigo del patrón y que el patrón le daba permiso para juntar el plomo entre los desechos.

Mi patrón les quitó las hondas que les colgaban del cuello y las tiró al foso de cemento en el que antes, cuando el taller estaba allí y no sobre la avenida, engrasaban los coches desde abajo.

Los pibes empezaron a barrer, como les ordenó el patrón en escarmiento.

Mientras barrían les preguntó si sabían leer. Los cuatro sabían y los cuatro habían leído el cartel: PROHIBIDA LA ENTRADA

Pero se metieron por culpa de Nacho que les dijo, repitieron, que era amigo del patrón.

Nacho, Flaco y Morocho, barrían en silencio.

Teníamos que desarmar unas puertas de chapa para poder arreglar el techo del galpón de lavado. El más alto de los cuatro chicos me ayudaba por orden del patrón. Trabajaba concentrado y me trataba de “señor”.

Ablandamos los clavos y los arrancamos con la barreta “cocodrilo”. Después sacamos las chapas y las amontonamos en un costado. Cortamos los tirantes, dos largos y dos cortos, y empezamos a preparar el soporte.

Trabajamos la madera al borde del foso para poder serruchar hacia abajo sin peligro de tocar el suelo y mellar el serrucho. El pibe sostenía fuerte el tirante y me miraba de reojo.

Al rato pareció animarse y me dijo, muy serio:

—Señor, ¿me deja agarrar la honda?

—Yo no tengo nada que ver. Si fuera por mí estaríamos durmiendo la siesta. Preguntale al patrón, si él te la da —le contesté.

Siguió ayudando, serio y concentrado. Daba risa con su cara de preocupación. Parecía el jefe de la barra y de vez en cuando miraba a los otros, como para tranquilizarlos.

Seguimos trabajando bajo el sol. Armamos el soporte y nos pusimos a clavar las chapas. Cada tanto levantaba la cabeza y me miraba sin hablar, serio, con la frente brillante de sudor. Me molestaba ese modo que tenía de mirarme, como si yo tuviera la culpa y él me exigiera la honda trenzada, de horqueta de palo, que veíamos abajo, en el antiguo foso de engrase.

Por fin le dije:

—Cuando tire el martillo bajás a buscarlo y agarrás la honda.

Sonrió y siguió sosteniendo el tirante sobre el que yo martillaba cansado.

El martillo golpeó contra el piso con un ruido sordo.

—Ché pibe, bajá a buscar el martillo —le grité.

Bajó corriendo la escalera manchada por el sol. Desde arriba parecía muy fuerte.

Se le veían los hombros y la cabeza despeinada.

Me pareció que el patrón había dejado de trabajar.

El chico se agachó buscando la honda.

Esperé que se la guardara, apurado, entre la camisa y el pecho; entonces me di vuelta y le grité a mi patrón:

—Patrón, el chico se escondió la honda en la camisa.

 

El escritor argentino Ricardo Piglia (1941-2017) es unánimemente considerado un clásico de la literatura actual en lengua española, con obras notables como “Respiración artificial” (1980), “Plata quemada” (1997) o “Blanco nocturno” (2010). Es, además, uno de los referentes de la crítica literaria en el ámbito de la lengua castellana.

 

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