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El Acordeón

El sol en vez de cloro


LA TELENOVELA

En casa de mi abuela y en casa de mi madre las camas nunca estaban hechas antes de las 11 de la mañana. De acuerdo con las más rancias normas chapinas, lo que digo deja ver el despropósito familiar, el desastre, la falta de orden. Recuerdo la casa de una amiga donde, si el orden y limpieza no reinaban a eso de las nueve de la mañana, la empleada era despedida.

Claro que eso no sucede en estos días, lo del orden y la limpieza verdaderos a las nueve de la mañana, digo, porque las empleadas domésticas son una especie en extinción y cuando las hay en estos tiempos pandémicos, llegan a las ocho de la mañana, revuelven la casa con gran celeridad

—han aprendido a usar todos los potingues y aerosoles que venden en los supermercados para disimular el sucio— y se van a eso de las tres de la tarde dejándote la impresión de que han limpiado.

Estas jóvenes y no tan jóvenes asistentas afirman que cocinar es algo que a ellas no les interesa, te ven con ojos sombríos si no les sirves personalmente el almuerzo, refunfuñan si en vez de carne hay pasta y ensalada y desaparecen cualquier día llevándose tus perfumes más amados.

Para ellas, mi abuela habría resultado una especie de marciana: ¿qué era aquello de dejar el colchón en pelota, sacar las sábanas y las frazadas al sol, y no armar la cama sino hasta que todo estuviera barrido y trapeado rigurosamente?

Mi abuela y mi madre me enseñaron las bondades del sol.  Los paños que se sacan a asolear pierden, por arte de magia, las manchas más resistentes.  Los personajes de las series en Netflix tendrían muchos problemas encontrando una mancha de sangre en la ropa de ambas casas, que llevaban sol y lluvia normalmente y sin embargo conservaban sus características de manera asombrosa.

Es inútil, en estos tiempos, hablarle a una empleada sobre las bondades del jabón y del sol. Te ven con sospecha si les dicen que los limpiadores se conservan blancos hirviéndolos una vez por semana, cosa que solía hacerse también con los pañales de los niños antes de que anduviéramos corrompiendo el planeta con los pañales desechables.

Entrar a una casa y ver ordenada la sala, el comedor, las áreas públicas, incluso los dormitorios no te dicen nada de la limpieza de los dueños de la casa.  Hay que ver cómo andan los trapeadores, los paños de cocina y las esponjitas para lavar los trastos. Es bueno acercarse al lavatrastos y merodear por el patio trasero. 

Generalmente no hace falta husmear en busca de la botella de cloro. Las prendas blancas de la familia te lo dicen. Si tienen un aura amarillenta y se agujerean a la menor provocación han sido vapuleadas por la lavadora, ahogadas en  cloro y en otros liquidillos infernales.  Si mucho, se han encogido en la secadora, pero de sol, nada.

No sé si el amor por el sol que profesaba mi abuela venía de España o de Cuba, donde vivió durante algo más de una década: pasar por La Habana era un alto obligado para casi todos los españoles que venían por estos rumbos.  Cosa diferente era ir a Venezuela —país tan de moda en estos días— para ir allí casi siempre la parada se hacía en las Islas Canarias. 

Lo cierto es que la cama de mi abuela, la de mis padres y la mía tenían siempre el olor a limpieza que dan los rayos del sol. Y no quiero hablarles del olor a rancio que tienen las habitaciones de algunas personas que, ellas mismas, evitan el agua y el sol, abjuran del agua y se conservan en sus aceites, rociándose concienzudamente con colonias y perfumes diariamente.

¿Y de dónde ha salido esa diatriba en pro de la limpieza se preguntará el lector que esperaba una crítica a los políticos nacionales, un pellizco más a Bolsonaro? 

Sin duda ha surgido porque esta mañana me he asoleado con mis perritos al lado del tendedero donde se hallaban los edredones, las toallas, la ropa de cama, y al entrarlos me ha llegado el olor a sol de la niñez, ese terreno suave y resistente al que uno se aferra porque está hecho del más límpido amor.

Y porque ni cloro ni creolina alcanzan para tapar el mal olor que ha quedado en el ambiente luego de algunas disposiciones de muy diversas entidades para desfigurar —y no constituir— la Corte de Constitucionalidad del país.  

Se me ha pasado la mano hablando de cosas que, aunque sea por unos instantes, tendríamos que olvidar. Disculpen. 

 

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