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El Acordeón

“Anaconda”: narrar con el machete


Se cumplen cien años de la publicación de Anaconda y otros cuentos del uruguayo Horacio Quiroga, libro clave para entender el desarrollo de la literatura latinoamericana luego del modernismo de Darío.

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“El machete es cosa de un largo aprendizaje…”

Al final de su diario de viaje a París, hacia junio de 1900, Horacio Quiroga evoca al continente americano en todo momento. El sueño que había cobijado durante su juventud, y en el que invirtió sus ahorros y la herencia de su padre, termina convertido en pesadilla. Nunca pudo perdonarle a París (o perdonarse a sí mismo) los desplantes y el hambre que padeció allá, ni la vergüenza de volver con la derrota a cuestas. Dejó de ser el joven que alentaba el debate en los círculos literarios de Montevideo y adquirió un aspecto sombrío, dejándose crecer la barba, como quien renuncia al rostro y la identidad soñadora de su juventud.

Después de varios años dando tumbos, el nuevo Horacio se encontró a sí mismo en la selva de Misiones, al norte de Argentina, abandonando el modernismo, la arquitectura y la tecnología. Quiso crear una realidad paralela que no le recordara todo aquello, dentro y fuera de la literatura. Nunca tuvo peones, no aceptó asistencia médica en el parto de su primera hija y creó un vivero/zoológico/taller de hágalo usted mismo en medio de la nada.

En ese paraíso terrenal tenía que aparecer, como un calco al guion del Génesis, la especie rastrera capaz de echarlo todo a perder: “Este año las víboras han hecho de las suyas. Volvieron a morderme otra sirvienta”, anota en una carta fechada el 28 de mayo de 1913. Su relación con ellas fue larga y se refleja en muchas historias: “Entre mis muchas profesiones, tengo la de ser perito en cuestión de ofidios. Nadie aquí ni en todo el norte las conoce como yo”. Este oficio, como tantos otros que alimentaron sus ficciones (juez de Paz, fabricante de carbón, fermentador de vinos y sembrador de algodón, cítricos, té y yerba mate, entre muchos otros), adquiere dimensiones tangibles en sus cuentos, especialmente en el volumen Anaconda, punto de equilibrio entre el narrador principiante —que mezcla las maromas modernistas del cambio de siglo con los trucos de Edgar Allan Poe— y el marchito —aquel agotado por el cáncer de próstata y que reemplazó la ficción por las cartas a los pocos amigos que le quedaban—.

Apenas en el primer párrafo del cuento epónimo se percibe el clima sofocante de la jungla, donde el sudor gotea lento y caliente. La dicotomía civilización-barbarie vuelve a vertebrar la historia (“Hombre y devastación son sinónimos desde tiempo inmemorial en el pueblo entero de los animales”) a través de la instalación de un laboratorio de fabricación de sueros que amenaza la existencia natural de los ofidios. Las criaturas (con nombres propios, personalidad y demás rasgos que les brinda en la línea de los personajes de Rudyard Kipling) se enteran del proyecto de los humanos y organizan un congreso de emergencia. A este acuden muchas víboras, venenosas pero lentas y tontas, así como culebras, cuya mordida inofensiva se compensa con su rapidez y la potencia para estrangular a su víctima. El plan contra los humanos termina en el fracaso, al tiempo que la batalla final enfrenta a una Hamadrías de la India con una anaconda, “reina de todas las serpientes habidas y por haber”. La intriga, las luchas de poder y el conflicto de egos (inspirados en su lectura permanente de Dostoievski, infaltable en su biblioteca) enriquecen la trama, dándole un matiz superior a la mera anécdota de vida silvestre.

El volumen contiene 19 textos que incluyen cuentos fantásticos, un solo cuento de cine y varios cuentos de monte donde alcanza la cumbre de toda su creación narrativa. El machete se posiciona como elemento paralelo a la pluma, y aunque pueda repetirse en muchos cuentos, Quiroga es diestro para utilizarlo, tanto para abrirse camino en la maleza como para destrozar el cráneo de una víbora de un solo golpe, renovando una y otra vez el vértigo ante la inminencia de la muerte. Brinda cátedra sobre cómo la habilidad del narrador está en acercar la escritura a sus elementos vitales, y no diluirse en temas que no domina y que sonarán impostados.

Hay varios cuentos fantásticos, flojos casi todos, que podrían tomarse como esbozos que debieron reposar un poco más antes de publicarse y que evocan el éxito alcanzado con los Cuentos de amor, locura y muerte (1917), pero no terminan de funcionar. Quizás merece mención La lengua, arrebato sangriento y surrealista que haría las delicias de cualquier productor de cine de terror.

Quiroga no plantea argumentos novedosos ni sorprende con vueltas de tuerca inesperadas: se limita a narrar lo que ve, lo que siente y lo que padece en la selva, casi siempre a solas contra la adversidad. En Los fabricantes de carbón (un negocio fallido, entre casi todos los que emprendió durante su vida), el hombre de mano dura aparece quebrado. Viudo desde hace varios años, tiene a su cargo la crianza de su hija en medio de serpientes, lagartos y hiedras venenosas cuando la selva se convierte en un congelador invernal: “Bañar, cuidar y atender a una criatura de cinco años en una casa de tablas peor ajustada que una caldera, con un frío de hielo y por dos hombres de manos encallecidas, no es tarea fácil”. El macho de piedra, desafectado tras presenciar el suicidio de su esposa antes que ceder en sus principios, se doblega ante la enfermedad de la niña, y en el trance de dudar si vivirá o no resulta endulzado por el carácter de ella.

También destaca Gloria tropical, que podría tomarse como una descripción minuciosa del proceso de ebullición y posterior efervescencia de un enfermo de malaria –endemia en todo el continente, tanto en el trópico como en la selva de Misiones que, aunque pertenece a Argentina, es territorio compartido con Paraguay y Brasil–. Desde el ardor de piel, el castañeo de los dientes y los escalofríos, Quiroga sabe describir los síntomas y consigue herir a sus personajes a través de la enfermedad, pero sobre todo al lector: “Durante tres meses, la fiebre se obstinó en destruir toda esperanza de salud que el enfermo pudiera conservar para el porvenir”.

Por último, ese cuento que no puede catalogarse de malo pero que podría haber encontrado mejor sitio en otra colección suya, Dorothy Phillips, mi esposa. Se sabe que el cine fue la pasión más intensa de Quiroga en sus últimos años, y desde los primeros veintes coqueteó con la crítica cinematográfica que le alcanzó gran productividad y prestigio. Además de rayar la fantasía masculina de tener entre los brazos a una diva de cine, se cobra un poco los destellos hipócritas que tanto dolor le causaron durante su estancia en París: “Hay estrellas, asteroides y cometas de larga cola y sin ninguna sustancia adentro. ¡Ojo, amigo… panamericano!”.

 

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