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El Acordeón

¿Ser para sí o ser para otro…?


Una de las cosas que, sin duda, más ha favorecido a la liberación femenina ha sido el propio curso de las cosas, porque desde que la humanidad se dice moderna, incluso antes del propio Descartes, el afán humano primordial ha sido la emancipación: romper cadenas.

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Quién duda que, como tantas otras situaciones, las mujeres de hoy no son lo que eran antes; porque, francamente, muchas cosas han revolucionado nuestras vidas durante las últimas décadas, pero pocas tanto como lo ha hecho la emancipación de las mujeres.

Una de las cosas que, sin duda, más ha favorecido a la liberación femenina ha sido el propio curso de las cosas, porque desde que la humanidad se dice moderna, incluso antes del propio Descartes, desde dos siglos antes, con nombres como Leonardo da Vinci, el afán humano primordial ha sido la emancipación: romper cadenas y aire en la cara, sacarse de encima el poder castrante de aristócratas y clérigos; seguramente, sujetos como Bruno y Galileo tendrían mucho qué decir de todo esto.

Pero no se trata de historia de la ciencia ni de hombres famosos y muertos, se trata de mujeres de hoy llenas de vida y de anhelos; de alguna forma hay que reconocer que esto de la liberación femenina es más de lo mismo de toda la historia moderna, pero no es igual; como si dijéramos: se trata de hablar de un remedio para la misma enfermedad, aunque los síntomas no sean exactamente los mismos.

Quien contempla el estado de cosas y los flujos por donde se encauzan, debe concluir en que el devenir sigue los “Caminos de la Libertad”, lo cual, dicho así, suena muchísimo a las palabras de Jean Paul Sartre.

…Y no es tan extraño que surja el nombre de Sartre, porque él meditó y militó en ese tipo de temas y luchas; en su estudio fundamental El Ser y la Nada conjeturó acerca de la libertad, como algo que surge de la distancia entre el ser para sí y el ser para otro…, tal vez la manera más simplona de decirlo deba decir, que la libertad comienza a perderse cuando se decide dejar de ser para sí y se decide ser para otro, esa es la distancia entre el sadismo y el masoquismo llegó a decir Sartre; todo para ir a parar a que la libertad es una suerte de Nada pero, eso sí, que descansa sobre el Ser; pero, en fin, se entiende que para Sartre y su mujer “el Castor”, todo esto no fue solo contenido de libros, sino vivencia también, ellos dirían “existencia”.

A estas alturas, la lucha de las mujeres por su emancipación ya tiene un kilometraje, que no es poco; si las cosas se nombran así, puede que se haga visible el recorrido: desde las sufragistas del siglo XIX, hasta las Barbies de las décadas de los ochenta y noventa del siglo anterior (y no me refiero a las muñecas).

Otra forma de nombrar este recorrido podría ser: un ir que va del quiero tenerlo todo, pasando por el puedo tenerlo todo, hasta llegar al debo tenerlo todo.

Las décadas indicadas del siglo XX fueron la cima de muchas cosas, los nombres de Reagan y Thatcher marcan la agenda, sobre todo de aquellas cosas que tienen que ver o que, de alguna forma, rozan el consumo y la abundancia: “benditos tiempos aquellos” diría más de alguno, por ahí, por lo divertido de aquellos días; en la misma medida en que los trabajos eran estimulantes y las remuneraciones salariales fabulosas, en esa misma medida las amistades eran excitantes y los reproches de padres y familiares quedaban, cada vez, más atrás y lejanos.

En suma, que tanta libertad y fortuna por aquellos días replanteó la noción del American Dream para las mujeres, equiparándolo al American Dream de los hombres: Working girl, nine to five…; un país de las maravillas, en donde Alicia respiraba libre a pulmón lleno, al margen del machismo.

Nueva York, a la cabeza, y las grandes capitales de occidente se llenaron de zonas, boutiques, y bares chics, plenos de neblina morada y camareras tan tatuadas como un marinero, para que todo el mundo se ejercite en el difícil arte de vivir por encima de sus posibilidades, como quien asiste a un curso intensivo de lectura rápida.

Frivolizar sobre la sexualidad de bocas, manos y cuerpos tanto femeninos como masculinos, hasta convertirlo todo en un canto vacío al consumismo más deshumanizante, lo cual, después de algunos giros y vueltas ha terminado por perjudicar a las mujeres, y más que a ellas, a sus búsquedas de justicia, porque algunos entendieron o, maliciosamente, quisieron entender que la bandera enarbolada por ellas era solo cosmética, lo que finalmente terminaría por fortalecer los viejos preceptos patriarcales.

Una forma de ver estas consecuencias, de acuerdo con los moldes de la época, puede ser comparar dos series de televisión de gran éxito de ese momento: una que habla de las mujeres de entonces, Sex and the city; y la otra, la que habla de los códigos masculinos de siempre, Two and a half men.

¿Por qué compararlas…? Simplemente, porque cuando se trata de hombres heterosexuales y blancos, basta con presentar las cosas, ellas se presentan por sí mismas con la sola presencia de ellos, sin más; mientras que cuando se trata de un retrato de mujeres o de algunas minorías (porque no son solo las mujeres) existe el deber de ser ejemplar o, al menos, de tener que justificarse, para no ser disonante o caer como un balde agua; con razón, Carrie, la protagonista de la serie Sex and the city alguna vez concluye diciendo: “a veces me descubro posando… y estoy exhausta”.

Tal vez, si somos optimistas, lo rescatable sea que, por mucho que el consumo nos afecte y condicione, ni para las mujeres ni para los hombres, el sexo opuesto llegará a ser, tan solo, tan poca cosa, como una anécdota.

 

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