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El Acordeón

Salarios


LA TELENOVELA

Hará unos cuarenta años –pueden ser más; menos no por aquello de la inflación, y ya verán por qué hablo de inflación–  un hombre que pertenecía a uno de esos partidos políticos que de tan muertos ya ni siquiera recordamos sus nombres, se me acercó a la cafetería donde iba por las tardes a hacer un alto antes de regresar al periódico a continuar escribiendo lo que podía escribirse por entonces.

¿Me  permite sentarme, licenciada?,  preguntó cuando ya se había aposentado en la silla de enfrente.

No, me habría gustado decirle, pero un periodista no desaprovecha la oportunidad para –tal vez– enterarse de algo más sobre lo que ha sucedido en el día.

Licenciada, volvió a decirme y esta vez reparé en lo grasiento de su pelo, en el color del cuello de la camisa que alguna vez fue blanco. También, en la falsa sonrisa con la que pretendía congraciarse conmigo.

Pidió un café, y ante mi rostro expectante, decidió lanzarse a fondo.

Viera cómo se habla de bien sobre usted en el partido –fue la fórmula de aproximación. Y pensé en qué cosas habría hecho yo mal para que en aquel partiducho se me considerara motivo de conversación.

Sabemos que sus artículos están muy bien escritos.  Y nos sorprende que diga cosas –en aquel tiempo la palabra tema no se había colado en el lenguaje de nadie, ni siquiera entre el de los diputados– que otros periodistas no se atreven a decir. 

En eso no mentía el aceitoso y en otra ocasión les contaré cómo  y cuántas veces pagué el ser deslenguada. 

Pues hemos pensado en usted, ya que el año entrante va a haber elecciones, como una posible candidata del partido. 

Hay varios puntos que hay que tratar, continuó diciendo.

Uno de ellos es pedirle que nos dé unas clasecitas. Sabemos que da clases en la San Carlos y, perdone que se lo diga, pero la hemos investigado y hemos comprobado que es una buena catedrática.

Y a lo mejor podemos armar grupos para que los diputados de los departamentos –ya estaba convencido de que iban a ganar cierto número de curules– mejoren sus condiciones para escribir.

El tipo ni siquiera tenía conciencia de la manera de hablar de la mayoría de los diputados, así que no hizo mención de la enseñanza del lenguaje oral. En cuanto a la investigación era normal en aquellas épocas en que los señores de Avemilgua eran más jóvenes y estaban interesados en otro tipo de acciones y sus pesquisas no conducían a hablar mejor sino a asuntos que, por el momento, es mejor olvidar.

Con el salario de diputada va a ganar usted mejor que lo que gana en el diario y en la Universidad juntos.  Un salario, me aseguró, que vale la pena.  Y en el Congreso hay otras oportunidades. Pensó en ponerme la tentación enfrente de una vez.

Yo, que toda la vida he sido irónica aún en las peores circunstancias, pregunté qué tipo de oportunidades surgían como campos de tréboles en el Congreso.

Eso no se lo puedo decir ahora. Ya cuando uno está adentro las cosas se ven más claras.

Recordé el origen de la palabra salario. 

En la época romana la sal era muy apreciada para conservar la comida. Y cuando se construyó un camino entre el puerto de Ostia y Roma, a los funcionarios de esa “vía salaria” se les pagaba con sacos de sal.

Solo hay una prueba al principio, me dijo mi interlocutor viéndome fijamente.  El candidato a diputado debe contribuir al partido con Q100,000. Para gastos de propaganda, agregó.

Me despedí del político aduciendo que tenía que ir a escribir. La realidad es que temía infectarme con tanta grasa y tanta sal.

De todo se ha hablado en estos días en los que la corrupción nos salta a la cara como Arlequín de caja de sorpresa.

De todo, excepto de aquel salario inicial como pase forzoso para ser candidato a diputado.  Ya no es pertinente ante las sumas que se juegan hoy. La última vez que investigamos lo que debía pagar alguien para ser candidato, la cifra era millonaria.  La inflación a la que me refería al principio.

¿Cómo se repone el aspirante que pagó y ahora busca resarcirse? ¿Chequelines de cuántos quetzales al mes? 

Tal vez podríamos ver en otras direcciones y saber por qué ciertos diputados se empeñan en defender al jefe. 

La sal, los campos de tréboles que brotan en el hemiciclo.

 

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