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El Acordeón

Reportear con guardaespaldas


LA TELENOVELA

Hace ya varias décadas, reportear era diferente en cuanto a artefactos se refiere. Nada de grabadora y cámara incrustadas en un teléfono móvil  de esos delgados, desbordantes de variados dispositivos. Si se quería tomar fotografías para ilustrar las notas, una Canon colgaba del hombro del periodista. Las grabadoras portátiles eran unos ladrillos de palma y media de largo por una palma de ancho, y de un grosor que excedía la pulgada.

Y se regresaba a la sala de redacción a martillar con fuerza las teclas de las máquinas de escribir, que tenían que usarse con gran pericia porque no había en ellas una función para editar como las computadoras de nuestros días, y no era cosa de andar desperdiciando papel.

Éramos felices. Como espero que sean mis colegas en este tiempo, aunque en la Guatemala contemporánea los funcionarios se las han arreglado para no responder a las preguntas de la prensa sin importarles quedar en evidencia cuando en los medios se da cuenta del silencio de tal o tal personaje a las preguntas que se hace la ciudadanía.

En 1976, trabajando como reportera del diario La Tarde, el jefe de redacción me envió a San Salvador a cubrir las elecciones generales en aquel país.

Fue sumamente sencillo darme cuenta de que se había armado un fraude tosco para que el militar tal y tal ascendiera al puesto de presidente de la República de El Salvador. En las paredes junto a la puerta de cada centro de votación había listas con los nombres de aquellos a quienes les correspondía votar en ese lugar.

Leí tales páginas en diversos centros y pronto me di cuenta de que algunos nombres se repetían en más de seis listas. Tomé fotografías de las listas, entrevisté personas para que me explicaran un poco el ambiente. No querían decir casi nada. Era fácil concluir que había fraude. Pero investigué y al final, el fraude se contaba solo.

Regresé a Guatemala en un vuelo matutino; me fui directamente a la sala de redacción y escribí una nota con el material que traía. Al terminar me fui a casa. Hablé largamente con mis hijas, y por la noche me dormí temprano. Hasta la mañana siguiente vi el periódico de la tarde anterior y me quedé sorprendida por el titular que escribió mi jefe: “Lo vi con mis propios ojos”.

Primero me pareció cursi; segundo, en ningún momento había escrito yo semejante cosa. Pero ya no había remedio.

Tras las tareas del día, me fui a casa y nos pusimos a ver en la tele una cinta con James Dean. Hacia las 11 de la noche recordé que mi carro estaba aún parqueado afuera y salí para encontrar un desastre: rotas las mangueras del agua, perforado el tanque de gasolina y al levantar el capó vi un destornillador ensartado en la batería. Sobre el vidrio delantero había un rótulo: “La próxima vez vas a ser vos”.

Lo primero que se me ocurrió fue llamar a Meme Colom. A quien siempre consideré un hermano.

Llegó a casa antes de la media hora y como debía cuidarse, sus guardaespaldas iban con él.

Examinó el desastre en mi carro y me ofreció averiguar cuán cierta era aquella promesa de “la próxima vez”. Enseguida habló con uno de los hombres que lo cuidaban y le dijo que a partir de la mañana siguiente, él debía andar conmigo y no desprendérseme en ningún momento hasta que me dejara en casa por la noche.

A la mañana siguiente Oscoy, mi guardaespaldas, estaba en casa muy temprano. Me acompañaba todo el día, yendo conmigo al Palacio Nacional, donde estaban los ministerios que eran mis fuentes de información. Cierto que no entraba a las oficinas de los ministros con el grupo de periodistas. Pero esperaba vigilante en la antesala y nos seguía, camuflado entre el montón de periodistas.

También entraba conmigo a La Tarde para sentarse discretamente en la sala de redacción viendo hacia puertas y ventanas. Llegué a darme cuenta de su magnífica percepción y hasta hoy le tengo un gran agradecimiento.

Como por arte de magia, cierto día apareció mi automóvil a la puerta de la casa. No tenía señales del vandalismo. Por la tarde, Meme pasó recogiendo el carro que me había prestado mientras reparaban el mío. Y después de contarme prolijamente por qué ya no había peligro de que me hicieran daño, se esfumó con Oscoy, guardaespaldas de una reportera guatemalteca en el año de 1976.

 

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