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El Acordeón

¿Podemos hablar de “amor”…?


En todo caso, lo notable es que la vida depende del amor, de algo tan inestable… quién lo diría, tal vez porque la misma vida es así: luminosa y hermosa, filosa y riesgosa, trepidante y aburrida, linda y horrible.

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Cuando hablamos de amor ¿hablamos de algo que permanece con los años o hablamos de algo que va cambiando con el tiempo…? ¿hablamos de un hilo que podemos ir viendo durante todo su trayecto, puntada a puntada, o de algo que perdemos de vista para luego ver que vuelve aparecer…? ¿Cuándo hablamos de amores vale la excusa de que cada edad reclama y requiere los propios o esto es solo un alivio vano e inútil…? ¿acaso, los arrebatos y entusiasmos dejados atrás nos hacen ingenuos, como las estabilidades y equilibrios tardíos nos denuncian como cobardes o, peor aún, como idiotas…?

A lo mejor estas preguntas surgen porque la vida es larga o, quizá, solo lo parece, y la verdad es que la vida corre a la velocidad del crucero, por lo que, aunque los años pasen persiste y se mantiene cierto fervor.

En líneas generales, puede decirse que el amor soporta el paso del tiempo con notable gallardía, al funcionar como un diagnóstico exacto, claro, constante e ininterrumpido del conflicto radical que enfrenta al individuo consigo mismo.

Pero ¿conviene ponerse serio cuando se habla de amor…? ¿conviene ponerse profundo cuando de esto se trata…? 

A pesar de que el mismísimo Platón haya dedicado algunos trabajos al tema, tal vez no convenga tanto ponerse pesado con conjeturas, teorías y esa clase de cosas; a veces por instinto se debe procurar la línea clara y, por ejemplo, preferir una simple canción a un libro, o también, un poema a un tratado o un ensayo, porque pese a que el amor tenga, de cierto, una dimensión intelectual, el amor se revela como algo diferente, como otra cosa; tampoco es algo puramente espiritual, como seguramente trató de hacérnoslo creer San Pablo en alguna parte de su carta famosa a los corintios, que de forma reiterada volvemos a escuchar, cada vez que asistimos a alguna boda.

Francamente, el amor no puede tratarse solo como algo intelectual, porque tiene que ver con algunas cosas que son de otra índole, como la respiración, tiene que ver con la fuerza y la intensidad de los latidos del corazón, con las tripas, con el sudar de calor y de frío, el amor es también algo visceral; tampoco es una cosa que pueda tratarse solo como buenas intenciones, porque a veces el amor ofende, a veces, quizá muchas veces, es egoísta e injusto, a veces también miente y se desespera, el amor no solo nos hace mejores, también tiene la capacidad de hacernos malos, peores y, hasta asesinos.

…Y es que puede llegar a sentirse tan cerca y tan dependiente de algo visual, de cosas que se ven y que luego, sin saber bien ni cómo ni por qué, llegan a ser imprescindibles; alguien puede hacer pedazos a otro alguien, tan solo haciendo uso de un cierto estilo, de un estilo visual, como si se tratara de eso de lo que se sirve un director de cine, para crear una sensación anímica.

Lo más seguro es que el amor sea algo inaprensible, algo que se aleja y se escapa de una aprensión como aquella de la comprensión que, de paso, es la que más seguros nos hace sentir; una manera de ejemplificarlo puede ser fijarnos o poner atención en el hilo de nuestra historia…, ¿cuándo se trata de una historia de amor resulta posible, acaso, seguir todo el hilo que la guía, que la conduce, que la orienta y la desorienta…?

En vez de una línea continua, una historia de amor está hecha de saltos, más bien, de instantes, de flashazos, como si se hablara de relámpagos, una suerte de fogonazos y, también, de apagones, quién se atrevería a ponerlo en duda; relámpagos y apagones que se dan y se suceden mientras una pareja busca un tono y un matiz para su historia, para conseguir o solo pretender que esa historia sea eterna, lo cual nunca sucede, aunque siempre se busque; a veces dura, lo que se dice: “hasta que las muerte nos separe”, pese a que esto sea lo menos frecuente y lo más difícil de conseguir.

…Una canción, un mechón de pelo sobre la cara, la forma de las manos, un par de cejas, un vestido, cierta forma de caminar…, cualquier cosa es capaz de convertirse en una necesidad desesperada o en una huella imborrable en la memoria, capaz de iluminar la vida o de llevarnos al túnel más oscuro.

¿Cuál es la naturaleza del amor…? ¿cuál es la naturaleza de eso inaprensible capaz de convertirse, tanto en nuestro placer, como en nuestra tortura…? Quizá su naturaleza tenga que ver con eso que llamamos “un acto de fe”…enamorarse es confiar, fiarse a sabiendas de que el resultado puede ser desproporcionado y trágico; confiar es admitir ciertas condiciones a sabiendas de que pueden romperme el corazón.

En todo caso, lo notable es que la vida depende del amor, de algo tan inestable… quién lo diría, tal vez porque la misma vida es así: luminosa y hermosa, filosa y riesgosa, trepidante y aburrida, linda y horrible.

Aquí se ha echado mano de la figura del hilo, como ejemplo de aquello que se interrumpe o de aquello que continúa, y es indudable que la continuidad de la vida depende de enamorarse y luego tener hijos habiéndolos deseado o no (eso da igual), y ya se sabe, tener hijos es lo mismo a ser vulnerable, porque, en realidad, lo somos desde que nos enamoramos…

 

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