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El Acordeón

Mario Dary, mi amigo


LA TELENOVELA

Si alguna vez pensara en publicar mis memorias una de las personas que surgiría en esas páginas con toda la fuerza de su presencia es mi amigo Mario Dary. Tiene ya muchos años de haber muerto en medio de aquella vorágine que nos hundió como personas y como país.

Mario destaca como biólogo e investigador, promotor de muchas causas científicas, académico de primer orden, pero sobre todo, amigo fiel. Además, valiente. En los años más negros de la represión aceptó una candidatura a la rectoría de la Usac, que de ganarla significaba, en aquel momento, una muerte segura. Y ganó la elección.

Qué difícil fue acompañar a Gaby, su esposa, y a sus hijos —que crecieron junto con mis hijas— en aquella terrible circunstancia cuando se acercaban las fiestas navideñas.

Muchas navidades las pasamos juntos. Fueron largos años de amistad compartida. Generalmente los domingos íbamos, mis  hijas y yo, a la casa de los Dary, un hermoso chalet en la zona 10. Caminábamos desde nuestra casa en la zona 14,  por el cementerio de La Villa, hasta la casa en donde apenas llegábamos, los niños se escurrían hacia el jardín y nos dejaban conversando a los mayores. 

Aquellas visitas estaban llenas de sorpresas. Allí, algún amigo llegaba con varias serpientes no venenosas en una caja de vidrio y las sacaba para que pudiéramos dejarlas enrollarse en manos o brazos. 

Otras veces, llegaba un músico aficionado con su violín. Mario se sentaba al piano; Gaby y yo cantábamos. La voz de mi amiga es excelente; la mía no estaba mal. La crítica de los niños eran las risas que se escuchaban en la sala, donde habitaba el piano.

A su debido tiempo, Pedro ponía a todo el grupo de niños a recolectar zompopos de mayo y mientras nosotros nos embelesábamos en la biblioteca, volvían comestibles algunas partes de los zompopos machos, cuya función era volar y aparearse luego del inicio de la temporada lluviosa, y morir. La reina puede vivir hasta 20 años y en ese tiempo, poner millones de huevecillos.

Sin duda nos habían escuchado leyendo una parte del Popol Vuh y libros de autores coloniales donde se mencionaba a los zompopos. Jamás nos dijeron de dónde habían sacado la receta de las tortillas con zompopos asados y rociados de limón y sal que comíamos mientras los hijos nos observaban para que no hiciéramos chanchullo.  

Con Gaby y Mario, mis hijas y yo viajábamos numerosos fines de semana a Iztapa, a la casa de Gloria Dary, la hermana. Íbamos en compañía de los hijos de la pareja, Gina y Claudia, Juan Mario y Pedro. No pueden imaginar cuán hermoso fue aquel tiempo, especialmente en noviembre, cuando el mar va sacando a la playa infinidad de conchas y caracoles hermosísimos. Muchos de los que recogimos fueron a parar al Museo de Historia Natural del Jardín Botánico que Mario impulsó.

La colección de él fue a quedarse allí. Mis mejores ejemplares los doné también. Vivían al lado de la sala donde se hallaban las inmensas muelas de mastodontes hallados al final de la Avenida Petapa. Brillaban en su pequeñez espléndida los caracoles y las conchas con ese lustre que solo la naturaleza otorga. 

Conocí a Mario al lado de un telescopio en una casa de la zona 5 de la ciudad, donde vi por vez primera las lunas de Júpiter. Eran los sesenta y podíamos reunirnos al lado de un aparato que luego se volvió peligroso porque en la noche podría confundirse con un arma justo en aquellos momentos en que se veía a enemigos del gobierno por todas partes.

Íbamos a Panajachel cuando no viajábamos al Pacífico. En ambos lugares había escasa luz eléctrica, los cielos eran profundos, oscuros, y el firmamento mostraba su belleza casi total.

Mario. Con el pasar de los años lo siento más real y a veces medito sobre su partida prematura; mas él, firme en sus trece. Fue un tiempo terrible para nosotros. Prefiero pensarlo vivo dirigiendo aquella casa maravillosa de la zona 10 donde niños y adultos fuimos felices por tantos años.

Tengo suficiente material de tiempo y experiencias maravillosas compartidos con los Dary como para escribir por lo menos un libro. No una novela, porque allí entra la ficción, y Mario y su familia son seres reales que viven en mi cerebro, en el cerebro de mis hijas. Un libro sobre la amistad, con relatos de lo vivido. La realidad de una época, una amistad familiar, fuera de serie.

 

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