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El Acordeón

Nadar a las 5 de la mañana


LA TELENOVELA

Cuando entré al colegio y nos pusieron clases de natación, el profesor nos lanzó de cabeza sin decir agua va —nunca mejor usada esa frase— a la piscina. Tragamos agua según nuestra capacidad. Y esa primera experiencia me hizo mentir. Siempre tenía un catarro providencial el día de esa clase.

Tardé cuatro años en volver a llegar a la orilla de una piscina. Mamá y sus padres nos llevaban a la familia entera a San José al menos dos veces al mes. Y no podía entrar al mar como lo hacía la mayoría porque no sabía nadar. Era una vergüenza.

Convencí a mi hermano menor, Jorge, a que entre semana fuésemos a nadar a El Tuerto, en el fondo de un barranco al oriente de la ciudad, donde estaban “los tanques de natación”, como llamaban a la piscina para nadar distancias largas y a la piscina profunda, para clavados. Allí ensayaban desde antes de las cinco de la mañana los guatemaltecos que iban a participar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se aproximaban.

Juan y Alfonso Cruz entrenaban a los futuros participantes, aquellos peces con brazos y piernas a quienes les debe haber disgustado que dos niños estuvieran esperando que se dirigieran a los vestidores para meternos en el agua con terribles chapuzones.

A esas horas, lo crean o no, el agua se siente tibia en comparación con la temperatura del ambiente. Y así, habiendo visto la tarea de entrenadores y sus discípulos, adquirimos los primeros conocimientos para flotar y desplazarnos en el agua.

Yo había visto a Lolita Castillo realizar unas piruetas maravillosas desde la plataforma de 5 metros. Para empezar, comencé tirándome, como pude, desde el trampolín de 2 metros. No supe hacerlo y me di tal golpe en un hombro contra la superficie del agua que durante una semana fui a El Tuerto solo por acompañar a Jorge.

Aprendí a nadar pecho; algo de dorso. Nunca me gustó el crawl, sin duda porque mi nariz sufría los efectos del trancazo que me dio un amigo de mi hermano mayor, Ricardo, cuando jugábamos beis en el Callejón Aurora. (Años más tarde me operaron la nariz porque ya la molestia era grande y sacaron el fragmento de hueso que no me permitía respirar como Dios manda.)

Luego de los Juegos que se celebraron a todo trapo en la Ciudad Olímpica, ya era algo mayor y me iba diariamente —sin mi hermano, que entraba temprano al colegio— a nadar 400 metros en la Piscina Olímpica. 

Cuando ya habían nacido mis tres hijas, un amigo alemán me presentó al dueño de un barco pesquero y a su esposa, y comenzaron los viajes de fin de semana a uno de los cayos de Belice cercanos a Guatemala. Habitado solo por Junior, el beliceño que jamás nos dijo otra cosa que su nombre y dónde se encontraba el pozo de agua dulce. De Junior supimos más tarde que había realizado un viaje por mar, en su embarcación demasiado pequeña para semejante hazaña y había llegado a Portugal, para regresar luego a su querido cayo.

Comenzamos a explorar el mar alrededor nuestro y al principio usamos solamente el esnórquel. El mundo nuevo que vive apenas a 20 pies bajo el agua es maravilloso, indescriptible como no sea por medio de cine o vídeo. Poco a poco tomamos confianza, el dueño de la embarcación tenía el equipo necesario y nos metimos en aguas profundas, que al principio me daban terror y luego acepté como fuente maravillosa de novedades y sorpresas.

Mis hijas, que son tan buenas marineras como su madre, se adecuaron pronto a dormir en tiendas de campaña que se armaban sobre la arena clara del cayo, no muy cerca de la playa por aquello de una posible tormenta, ni bajo cocotero alguno.

Celebramos un cumpleaños de Irene asando cabrillas en una fogata improvisada para el almuerzo, y un arroz con pulpo, atrapado por la mañana, como cena.

Hace cuatro o cinco años dejé de nadar. Por asno. Como estamos en un momento de mascarillas, alcohol en gel y otras cosillas, le pregunté el año pasado al médico de la familia si él había dejado la natación y me dijo que no, que el virus no resiste el cloro y los demás desinfectantes que se ponen en el agua de las piscinas para conservarla clara.

Sospecho que en esta ocasión no podré entrar al agua a las cinco de la mañana. La piscina a donde quiero ir no la abren tan temprano.

 

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