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El Acordeón

Le decían Canción


Una fría mañana de enero de 1967, un comerciante judío y libanés es secuestrado en un callejón sin salida de la ciudad de Guatemala. Años más tarde, un narrador llamado Eduardo Halfon revisita su infancia y acude a un misterioso encuentro en un bar oscuro y lumpen, para finalmente dilucidar los detalles de la vida y el secuestro de aquel hombre que también se llamaba Eduardo Halfon, y que era su abuelo. Esta es en pocas líneas la historia sobre la que gira Canción (Libros del Asteroide, 2021), la más reciente novela Del narrador guatemalteco Eduardo Halfon, de la cual presentamos algunos fragmentos.

foto-articulo-El Acordeón

Le decían Canción porque había sido carnicero. No por músico. No por cantante (ni siquiera sabía cantar). Sino porque al salir de la cárcel de Puerto Barrios, adonde lo habían enviado tras robar una gasolinera, trabajó un tiempo en la carnicería Doña Susana, en un sector periférico de la capital. Era un buen carnicero, decían. Muy amable con las señoras de la zona que compraban ahí cortes de carne y embutidos. Y su apodo, entonces, no era más que una aliteración o un juego de palabras entre carnicero y canción. O eso decían algunos de sus compañeros. Otros, sin embargo, sostenían que el apodo se debía a su forma tan peculiar y melódica de hablar. Y aún otros, acaso los más intrépidos, lo atribuían a su capricho de siempre confesar demasiado, de cantar más de la cuenta. Sus compañeros íntimos, sus camaradas, lo llamaban Ricardo. Pero su nombre era Percy. Percy Amílcar Jacobs Fernández. Fue él, Percy, o Ricardo, o Canción, quien unos años después de ser carnicero secuestró a mi abuelo.

***

Llegué demasiado temprano. Me dirigí a la barra y saludé al cantinero, un viejo vestido con camisa blanca y pantalón negro que parecía llevar toda la vida ahí, detrás de esa misma barra, preparándoles tragos a esos mismos clientes.

¿Qué le sirvo, caballero?

Me sorprendió haberle oído (bisbiseaba sin abrir la boca, como un ventrílocuo), hasta que advertí que en el bar reinaba un silencio casi total. Nada de música. Pocos y solitarios comensales. Le pedí una cerveza Negra Modelo y me fui a esperar a la mesa más retirada de una televisión insonora colgada del techo. En la mesa de al lado, dos hombres compartían un octavo de ron y un plato de papas fritas; en otra, una señora mayor, en minifalda y con demasiado pintalabios, ojeaba el periódico rápidamente, sin mucho interés, acaso sólo viendo las fotos; en otra, un señor con saco y corbata de notario malogrado sostenía con ambas manos su vaso de whisky, casi aferrado a su vaso de whisky, mientras me observaba serio y sin ningún recato. Noté que en la pared detrás de la barra, en un antiguo escaparate de madera con puertas de vidrio, había una serie de diplomas y medallas de oro y grandes trofeos de plata y un pequeño ocelote disecado, en posición de ataque. Lejos, del otro lado del bar, estaban las dos puertas contiguas y estrechas de los baños: el de hombres señalado con un recorte de revista de un joven y empolvado Clint Eastwood, el de mujeres con un recorte de revista de una despampanante Marilyn Monroe. Por el ventanal se veían las siluetas y luces del tráfico del centro. Empezaba a anochecer.

Acerqué el pequeño cenicero de barro que estaba sobre la mesa, encendí un cigarrillo y me quedé mirando ansioso la puerta de entrada, pensando que un bar ubicado en la esquina de un edificio redondo es sin duda metáfora de algo.

***

Nací en un callejón sin salida. Es decir, cuando yo nací, en agosto del 71, mis padres vivían en una casa nueva al final de un callejón sin salida. En la entrada del callejón, sobre la avenida Reforma, había una famosa venta de helados en una esquina y un taller de herrería nada famoso en la otra. No tengo recuerdos de aquel callejón, por supuesto, pero hay películas mudas que evidencian mis primeros años ahí. Yo, de recién nacido en los brazos de mi mamá, llegando del hospital en un Volvo color verde jade. Yo, de un año, sentado en una carreta de madera pintada de celeste mientras una cabra negra me lleva por el callejón, y un niño indígena, harapiento y descalzo, la guía con un lazo (entretenimiento típico de aquella época para las piñatas de los niños de clase alta). Yo, de dos años, girando frente al taller de herrería con helado de mandarina en la mano y en la cara, y luego, en un augurio de tantos mareos que estaban por venir, vomitando en la acera todo el helado de mandarina. Yo, de tres años, jugando con el perro de los vecinos, un sabueso gordo y haragán llamado Sancho. Y aunque no hay una película muda de ello (o tal vez sí), una fría mañana de enero del 67, cuatro años antes de que yo naciera, y mientras aquella casa aún estaba en construcción, una patrulla de policía deteniendo a mi abuelo libanés en la entrada del callejón, sobre la avenida Reforma, para secuestrarlo.

****

Llegó el cantinero. Colocó sobre la mesa la Negra Modelo y un enorme tarro y yo le pregunté si no podía traerme un vaso pequeño. El viejo cantinero hizo una mueca como de hastío o desconcierto. Tuve que decirle, entonces, que me gusta tomarme la cerveza despacio, írmela sirviendo poco a poco, por tragos, en un vaso pequeño, ya sea en un chato o un tambor o un rocks o un old-fashioned. Luego pensé en decirle que por favor se diera prisa, pues me gusta alternar breves sorbos de cerveza oscura con breves caladas de cigarrillo, no sé si por una cuestión de amargura o de superstición. Luego pensé en decirle (o más bien parafrasearle) que irremediablemente la historia de mi vida se ha ido confundiendo con la historia de mis cervezas y cigarrillos. Pero por suerte me quedé callado. El viejo cantinero hizo otra mueca, esta vez una mueca con toda la cara, una mueca desmedida, casi bufona, como diciendo usted sabrá, caballero, pero sólo un demente se toma así la cerveza. Cogió el tarro congelado y volvió a la barra arrastrando los pies y yo me estremecí al notar de reojo que alguien empujaba la puerta principal. Nada más un niño cargando una endeble caja de cartón. Vendía loros.

***

Dentro de la patrulla de policía estacionada y esperando a mi abuelo en la entrada del callejón, aquella fría mañana de enero del 67, iban cuatro hombres. Uno dormitaba en el asiento trasero con una toalla blanca enrollada alrededor del cuello, tipo bufanda. Otro, a su lado, limpiaba la ventanilla con una página del periódico del día anterior. Otro, el piloto, aguardaba en silencio, el motor encendido, sus manos sin soltar el timón. Y otro estaba ya listo para salir por la puerta del copiloto en cuanto viera en el espejo retrovisor que se acercaba por la avenida Reforma un Mercedes color crema.

De los cuatro, sólo uno sobreviviría a la guerra.

***

Mi abuelo se había despertado antes del amanecer. Estaba ansioso (como si supiera ya lo que el día le deparaba). Se bañó y vistió despacio, tratando de no hacer ruido para no despertar a mi abuela. Bajó al comedor y desayunó solo. Tras hacer una llamada, se montó en su Mercedes color crema y salió a la avenida por el portón principal.

Era temprano en la mañana. Todavía no levantaba la neblina ni el sereno frío de enero. Mi abuelo llegó al banco demasiado pronto. Aún estaba cerrado y tuvo que esperar unos minutos de pie afuera en la calle casi desierta. Cuando finalmente abrieron, mi abuelo hizo su trámite (el cajero diría luego que de mal modo, refunfuñando), y se volvió a subir al Mercedes color crema.

Conducía lento, con prudencia. En un bolsillo del pantalón llevaba el fajo gordo de quetzales que había retirado del banco —el equivalente de dos mil quinientos dólares—, para pagarles la quincena a los albañiles. En otro bolsillo del pantalón tenía la libreta bancaria, con todos sus datos personales y el saldo actual de la cuenta. En el bolsillo interior del saco tenía dos plumas de oro. Y en el meñique izquierdo, como siempre, llevaba puesto su anillo con un diamante de tres quilates.

Llegó al callejón en la avenida Reforma.

Había una patrulla de policía estacionada en la entrada, impidiéndole el paso. Uno de los policías estaba ya de pie en el carril auxiliar y le hizo señas para que se detuviera y saliera del carro.

***

Canción

Eduardo Halfon

Libros del Asteroide, 2021 

 

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