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El Acordeón

El cielo


La Telenovela

Supongo que mi pasión por andar viendo lo que sucede en el cielo es algo que mi madre me heredó sin darse cuenta de la riqueza que me estaba otorgando. En los atardeceres del tiempo en que vivimos en Las Majadas –cuando yo tenía apenas un año– mamá salía conmigo en brazos y me asomaba a aquel derroche dorado en que se había convertido la azul tarde. Lo recuerdo bien.

Mis lectores dirán que cómo es posible que una niña de un año recuerde. 

Bien, otro día les hablaré de mi pataleo –poco antes de que nos trasladáramos del centro de la ciudad hacia aquel hermoso, extenso campo– para que mi Yaya me subiera a una de las ventanas de la sala, y las razones de aquel pataleo. Vaya si no recuerdo.

Pero estábamos en Las Majadas. La lotificación que un amigo de papá, el Pache Leal, ejecutó en aquellos perfectos tiempos: cada dueño poseía una manzana de terreno. Que sin duda apenas costó lo que cuesta hoy menos de un metro cuadrado en el apartamento de algún edificio de diez o quince pisos.

Papá y mamá aprovecharon para construir una casa, copiada casi de ciertos alojamientos de campo en el Sur de España: arcos, techo de tejas de dos aguas. Cercana, la guardianía donde vivía una joven pareja que ayudó a mis padres a crear un huerto, construir un gallinero, hacerse cargo del mantenimiento del pozo, que surtía de agua a las dos casas por medio de un molino de viento.

A mi hermano Ricardo, los abuelos le habían comprado un estuche de cuero que contenía un arco y varias flechas que, en vez de la punta de rigor, que se clava en cualquier parte, tenían una ventosa de goma. Esta ventaja permitía que las flechas se adhirieran a una pared, un tronco de árbol, una diana de cartón. Pero si por error le caían a una persona, no sucedía nada grave.

Mi hermano andaba muy entretenido matando dragones imaginarios con sus dardos, después de la lección de lectura y escritura que le daba mamá por la tarde y a la que yo me colaba siempre. Así que solo mi madre y yo salíamos al campo cuando iba a caer el sol y veíamos el despliegue solar al decir adiós cada día; antes de que mi padre regresara de El Imparcial.

Como en aquel tiempo no habían proliferado automóviles ni aviones, el cielo siempre estaba despejado, excepto en la temporada lluviosa.

Así, mamá y yo nos situábamos sobre una manta que impedía que los bichos del campo nos picaran, pero que permitía que nos llegara el olor de la tierra, la grama recién cortada, sazonados con el bullicio de los pájaros que regresaban al nido.

Para mí era prodigioso aquel cielo: iba oscureciendo y aparecía primero la Estrella de la Tarde; luego una serie de luces que titilaban con gran potencia. Hasta la oscuridad tenía otra apariencia, porque no estábamos cundidos por los aerosoles, esas partículas sólidas y líquidas con las que hemos ensuciado el cielo.

Les juro que los luceros mostraban entonces un brillo más marcado.

A fines de noviembre, hacia el Oriente, y poco antes que papá llegara a casa, se alzaba Orión, una de las constelaciones más hermosas. Iba seguido por sus perros, el Can Mayor y el Can Menor, en esa carrera de eones por alcanzar al Escorpión, constelación maravillosa que, huyendo del cazador, solo vemos en el cenit a mediados del año.

La estrella Polar en este tiempo –esa estrella parece cambiar de posición de a poquito en el cielo, mas no es ella la que se mueve, sino nuestro planeta– está en perpetuo e imperceptible cambio, por el movimiento de precesión de la Tierra. Y Alfa Polaris, que es ahora la que señala el Norte, cambiará en el cielo terrestre, habrá otras estrellas polares, y la de hoy volverá a serlo dentro de 26 mil años.

Mamá siempre tomó en serio a sus hijos y no recuerdo que anduviera haciendo morisquetas con palabras; más bien nos corregía para que usáramos las voces bien pronunciadas. Con ella aprendimos los primeros nombres siderales que viven en mi cerebro.

En este tiempo –en que la luces de la ciudad dan un color purpúreo sucio a las nubes que gravitan sobre ella casi siempre, y en la que se da gracias a la divinidad por poder atisbar aunque sea una cuarta o quinta parte del cielo que puede distinguirse a la orilla del mar o en la cima de algún volcán– recuerdo aquellas tardes gloriosas en Las Majadas.

En brazos de mamá vi cómo el cielo se tornaba de dorado en azul, pasando por la serie de rosa, naranja y rojo antes de convertirse en terciopelo profundo del que salían por arte de magia los planetas, las estrellas propiamente dichas. A ellas, con las que mantengo largas conversaciones visuales, acudo cada vez que las cosas van mal.

Y recuerdo a mi madre.

 

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