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El Acordeón

Buitres


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–Algunas tribus de África creen que portar una cabeza de buitre recién decapitada puede conceder a una persona el don de ver el futuro.

Sentado en una banca contra la pared en el gimnasio de box de Henry Armstrong, ubicado en un segundo piso en Miami, Roy escuchaba a Derondo Simmons, un ex peso medio nombrado alguna vez por la revista Ring como el número cinco en el mundo. Derondo tenía cuarenta y dos años y trabajaba como sparring de boxeadores emergentes. Más que nada frecuentaba el gimnasio y hablaba con quien quisiera atenderlo. Era un estupendo contador de historias y un lector voraz, especializado en historia antigua y antropología. Roy, que tenía nueve años, era público dispuesto para las disertaciones de Derondo y este lo agradecía.

–Eres un gran oyente, Roy –dijo–. Eso te redituará en el futuro.

–¿Cómo me redituará?

–Si escuchas con atención puedes averiguar cómo funciona la mente de las personas, cómo piensan, y entonces sabrás qué debes hacer para que te paguen.

A menudo, cuando tenía negocios en el centro de la ciudad, el padre de Roy lo dejaba en el gimnasio. Había hecho una donación al Fondo de Boxeadores Retirados de Armstrong y untado la mano de Derondo y sabía que cuidarían de su hijo hasta su regreso.

–¿Alguna vez has tenido una cabeza de buitre? –preguntó Roy a Derondo.

–Sólo los he visto en fotografías y películas.

–En los Everglades hay buitres.

–No me gustan las serpientes ni los caimanes, Roy, y no quiero gustarles a ellos. No voy a los Everglades porque ignoro cómo piensan esas criaturas, si es que acaso piensan. ¿Sabías que en la antigua Roma los soldados montaban de pie dos caballos al mismo tiempo?

Henry hizo una seña a Derondo y este se levantó para dirigirse al mayor de los dos rings, donde Henry charlaba con un hombre pequeño y bien vestido que llevaba un sombrero Panamá. Por encima de ellos, inclinado sobre la cuerda superior, se hallaba un joven delgado con guantes de box. Roy lo catalogó como un peso wélter en preparación, con unos kilos de menos y dieciséis o diecisiete años. Derondo asintió mientras Henry le hablaba, y cuando Henry calló Derondo dio la vuelta al ring, se puso una sudadera sin mangas sobre la camiseta, permitió que uno de los chicos del cuadrilátero le engrasara el rostro y se vendó las manos antes de colocarse los guantes y el protector de cabeza. El joven en el ring comenzó a brincar, haciendo sombra y calentando. Derondo subió entre las cuerdas, realizó unas cuantas flexiones de rodilla, practicó un par de combinaciones y ganchos y luego llamó al joven.

Roy fue junto al cuadrilátero y se detuvo cerca de Henry y el hombre del sombrero Panamá. Derondo pesaba doce kilos más que el joven, así que Roy sabía que no le cargaría la mano. Por parte del joven se podía esperar una mayor velocidad en puños y pies. Ni Henry ni el hombre del sombrero, a quien Roy adjudicó el papel de mánager del joven, dijeron nada durante el primer minuto, pero entonces Panamá gritó en español:

–¡No bailes! ¡Pégale!

Roy comprendió que Panamá quería que su chico se pavoneara menos y golpeara más. El joven no podía atacar bien a Derondo, que recibía en brazos y hombros todo lo que el muchacho ofrecía y no hacía más que fintar y zapatear. Impresas en cursivas doradas a ambos lados de los shorts negros del joven se leían las palabras “El Zopo”. De repente, Derondo soltó un izquierdazo que aterrizó en la sien derecha del joven. El pequeño wélter se recargó en la pierna izquierda y quedó congelado un instante como grulla o garza en aguas poco profundas antes de derrumbarse y caer sobre la oreja izquierda. Henry saltó al ring y él y Derondo se inclinaron sobre el muchacho. Panamá permaneció inmóvil mientras Henry y Derondo ayudaban al joven a incorporarse.

Roy observó a Panamá y estudió su rostro. Tenía un bigotito teñido de negro, ojos almendrados con manchas pálidas, y carecía de mentón. Roy pensó que el hombre parecía un mono pequeño, un tití. Cuando Panamá se encaminó a donde Henry y el chico del cuadrilátero hablaban con el joven wélter, Roy regresó a la banca y se apoyó en la pared.

Minutos después, Derondo llegó a sentarse junto a él. Se había quitado protector de cabeza, guantes y sudadera y se mantuvo quieto, con la mirada fija al frente por varios segundos, antes de decir:

–En serio, Roy, si me dieran una cabeza decapitada de buitre te podría decir que ese chico no tiene futuro como boxeador.

Una hora después el padre de Roy lo recogió. Al llegar al último de los cuarenta y siete escalones Roy le preguntó qué significaba “El Zopo” en inglés.

–Deforme. Una persona contrahecha, como en barraca de feria. ¿Por qué?

–Un boxeador lo traía escrito en sus shorts.

–¿Se veía raro?

–No, se veía normal. Era sólo un muchacho. Tenía de sparring a Derondo Simmons y Derondo lo tumbó. No creo que fuera su intención.

Roy se sentía seguro caminando con su padre. Siempre había algunos boxeadores ineptos en la Calle Siete afuera del gimnasio de Henry; su padre se refería a ellos como gente que había perdido el rumbo.

–Tarde o temprano, hijo, todos los boxeadores quedan deformes. Para saberlo no necesitas una bola de cristal.

–Ni una cabeza de buitre –dijo Roy.

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras.

*Barry Gifford (1946) es escritor, ensayista, poeta, dramaturgo, guionista de cine y uno de los más certeros, feroces y reconocidos narradores estadounidenses contemporáneos. Las adaptaciones cinematográficas de algunas de sus novelas, como “Corazón salvaje”, “Saylor y Lula” o “Perdita Durango”, lo han convertido en un verdadero autor de culto.

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