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El Acordeón

Necesito un robot para dulcificar mi vida


LA TELENOVELA

Me parece que fue en febrero cuando en China comenzaron a utilizar robots que desempeñaban las funciones de enfermeros, camareros y máquinas desinfectantes para evitar, hasta donde fuera posible, el contacto de seres humanos con personas hospitalizadas por covid. 

Me he comunicado con la embajada de la República Popular China en México y le he propuesto al embajador que los fabricantes de aquellos robots comiencen a pensar en hacerles algunos cambios a las máquinas que se desempeñaron con gran éxito durante el feroz ataque de la pandemia en aquel país, para convertirlas en una especie de empleados domésticos.

Sería fabuloso y estoy segura que un inmenso número de amas y amos de casa, difícil de predecir en estos momentos, se apuntarían a comprar un robot para llevar a cabo la mayoría de los trabajos normales en una casa cualquiera.

En las épocas en que Guatemala era un país que no había caído en las espantosas garras de la corrupción, contratar a una persona para hacer la cocina, mantener el jardín —y en el caso de las personas adineradas, tener un chofer— era una cuestión agradable.

Así lo recuerdo yo. Hace eones mamá contrató a una joven de Sanarate que había quedado huérfana, y aquella joven que ayudaba a mi madre en los quehaceres de casa vino a convertirse en mi Yaya, quien aparte de mi familia cercana se convirtió en uno de los personajes más importantes de mi vida.

Cuando era muy joven rechazó a los pretendientes que tenía y no fue sino hasta que yo tenía 18 años que fue a vivir con un enamorado que parecía ser un buen partido.  Falso de toda falsedad. 

Me llamó cierto día para que la fuese a recoger cuanto antes. 

Lo hice inmediatamente y la llevé a casa. Así como fue conmigo, amorosa, fue con mis hijas cuando nacieron. La Yaya era parte sustancial de la familia. Y fuimos felices largos años. Falleció pasados los 90 años y estábamos a su lado. Fue un pasaje duro que todavía nos hace llorar.

He tenido asistentes domésticas de inmensa calidad humana. Algunas se han ido de casa para establecer su propio hogar y conservamos con ellas y su nueva familia una excelente relación. Otras jóvenes, que estudiaban los fines de semana, trabajan ahora con éxito en oficinas de diversas compañías.

Pero en la medida en que hemos resbalado, como país, en el agujero sombrío de la corrupción, las empleadas domésticas se han incorporado al sistema.

Este año de la pandemia he tenido experiencias muy variadas, que me han dejado con el pelo de punta. La más reciente, el jueves pasado. Hacia las seis de la mañana al abrir la puerta para que los perritos salieran al jardín encontré una nota adherida a la madera.

Era de Julia, una señora que apenas tres días atrás había comenzado su relación de trabajo conmigo, muy recomendada por alguien a quien conozco desde hace años.

La notita decía que algo inesperado había sucedido en la casa de su hijo y tenía que irse inmediatamente.

Con ella se fueron diversas cosas de la casa: no cabe duda, un caso de amor a primera vista. Al entrar a la cocina para prepararme un té la hallé huérfana de ciertos platos, paños de limpieza, cepillos y otros objetos que sería prolijo enumerar.

Entré a la habitación donde Julia pasó tres días con sus noches y aparentemente todo estaba en orden. Solo faltaban su maleta y el control de la televisión.

Me he curado de espantos. 

La primera experiencia del año 2020 fue con una persona contratada por medio de una agencia de empleo. Tuve que despedirla porque el ruido de algo de madera golpeando sobre vidrio me sacó del estudio: resultó ser una apaleada que le estaba dando la joven mujer a la arrocera que una de mis hijas acababa de regalarme.

Regresé a la agencia y vine a casa con una nueva persona. Con ella en casa, las cosas que aparecían en los platos de comida eran cada vez más interesantes.

Pero no comestibles. Juro que no me gustan las moscas ni las patas de cucaracha.

Por el covid he dejado de dar clases. Y mis alumnos ha sido siempre una parte muy importante de mi vida. Entonces, mis costumbres han cambiado; desde muy temprano estoy prendida a la computadora. No logro darme cuenta de lo que sucede en otras partes de la casa. Y las sorpresas, este año, han sido contundentes.

¿Comprenden ahora por qué le envié un mensaje al embajador de la China en México a ver si logramos unos robots que nos auxilien en estos amargos tiempos de pandemia?

 

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