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El Acordeón

La deuda remota


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A veces la actualidad es clásica. La Nación acaba de publicar un inédito de Borges. Entre los fugaces desórdenes de nuestra época apareció un papel que habrá de sobrevivirla. María Kodama, viuda del escritor, aprovechó la obligada cuarentena del coronavirus para revisar documentos y encontró un texto que el escritor le dictó en 1985, medio año antes de morir, con el título de Silvano Acosta.

La pretenciosa modernidad llama “autoficción” a un género que ya conocían los sumerios: el relato autobiográfico. Borges cuenta la historia del soldado a quien su abuelo paterno, el coronel Francisco Borges, mandó fusilar en 1871: “un hombre sin cara, de quien nada sé salvo el nombre”.

Silvano Acosta había sido reclutado en la leva por el ejército que combatía a los “montoneros”, gauchos que solían unirse a caudillos locales. El mote destinado a los insurrectos era despectivo. Los historiadores liberales se resistieron a llamar “montoneros” a quienes participaron en la “guerra gaucha” que contribuyó a la independencia argentina a principios del XIX.

Acosta carecía de preferencias políticas. Fue llevado por la fuerza al ejército federal y luego cambió de bando, tal vez por el simple deseo de vengarse de quienes lo llevaron a la guerra. Lo cierto es que se unió al levantamiento popular, fue apresado y reconocido: no solo era un adversario, sino un traidor. “Mi abuelo firmó la sentencia de muerte con la buena caligrafía de la época”, escribe el nieto del coronel.

Ese hecho de sangre le hace sentir que tiene una deuda con un desconocido. Borges señaló que, como todos los cobardes, admiraba el heroísmo; encomió el coraje y las revueltas hazañas de las que se sabía incapaz. También por parte de madre descendía de militares. Su bisabuelo, Manuel Isidoro Suárez, participó en las batallas de Junín y Ayacucho. Sin embargo, algo lo toca en la muerte de Silvano Acosta. No se propone evocar a alguien “único e insondable”, sino “al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición”. ¿Le pesa que su abuelo haya mandado al cadalso a un campesino? Esa crueldad gravita en su ánimo, pero el texto surge de algo más profundo y complejo: la necesidad de entender al que debe cambiar de bando.

Acosta recibió un fusil para matar a personas que posiblemente conocía. Esa impositiva violencia no le pareció superior a la rebelión campesina y optó por una causa más cercana a su mundo. A los ojos de Francisco Borges eso lo convirtió en algo peor que un enemigo: un desertor.

Más de un siglo después, el nieto del coronel entendió de otro modo a la víctima y al verdugo. “Un vago sentimiento de culpa me ata a ese muerto. Sé que le debo una reparación que no llegará. Dicto esta inútil página el diecinueve de noviembre de 1985”.

Curiosamente, en 1949 Borges había hecho un ejercicio de reparación similar en su cuento Historia del guerrero y la cautiva, incluido en El Aleph. Ahí narra la aventura de Droctulft, bárbaro que llega a Italia para conquistar Rávena. Antes del combate decisivo, el guerrero decide recorrer el sitio que ha ido a destruir: “Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos”. No comprende del todo el sentido de esa arquitectura, pero la considera superior a sus rústicos dioses. Droctulft cambia de bando y muere en defensa de la ciudad. “No fue un traidor”, escribe Borges: “fue un iluminado, un converso”.

Modificar las convicciones es un saldo de la enseñanza. El bárbaro fue educado por la ciudad. El expediente de Silvano Acosta es distinto. El ejército le impuso una guerra donde el enemigo se parecía más a él. No es extraño que se pasara a las tropas rurales.

En ambos casos el desafío consiste en distinguir la traición de la conversión. Droctulft y Acosta asumieron la causa que les correspondía. Borges señala que la ciudad de Rávena concedió un elogioso epitafio al extraño que la defendió. Acosta no tuvo la misma suerte. Sin embargo, las alteraciones de la pandemia llevaron a encontrar un papel del que no se tenía noticia y que su autor juzgó inútil. En el mundo de los hechos, la reparación propuesta por Borges era ya imposible, pero lo que fracasa como acción puede perdurar como símbolo.

En el tiempo sin tiempo de la escritura, la deuda remota ha sido saldada.


Silvano Acosta

POR | Jorge Luis Borges

Mi padre fue engendrado en la guarnición de Junín, a una o dos leguas del desierto, en el año de 1874. Yo fui engendrado en la estancia de San Francisco, en el departamento de Río Negro, en el Uruguay, en 1899. Desde el momento de nacer contraje una deuda, asaz misteriosa, con un desconocido que había muerto en la mañana de tal día de tal mes de 1871. Esa deuda me fue revelada hace poco, en un papel firmado por mi abuelo, que se vendió en subasta pública. Hoy quiero saldar esa deuda. Nada me costaría fantasear rasgos circunstanciales, pero lo que me ha tocado es lo tenue del hilo que me ata a un hombre sin cara, de quien nada sé salvo el nombre, casi anónimo ahora, y la perdida muerte.

Asesinado Urquiza, la montonera jordanista asedió a Paraná. Una mañana entraron a caballo en la plaza y dieron la vuelta golpeándose la boca y gritando algún sapucai para hacer burla de la tropa. No se les ocurrió apoderarse de la ciudad.

Para levantar el sitio, el gobierno envió al regimiento número dos de infantería de línea. Faltaban plazas y una leva recogió algunos vagos en las tabernas y en las casas malas del Bajo. Acosta fue apresado en esa redada, entonces común. Nada me costaría atribuirle una parroquia de Buenos Aires o un oficio determinado –peón de albañil o cuarteador– pero esa atribución haría de él un personaje literario y no el hombre que fue lo que fue. A la semana desertó del cuartel y se pasó a los montoneros. Tal vez pensó que la disciplina entre gauchos sería menos severa que en las filas de un ejército regular. Tal vez quería desquitarse de haber sido arrastrado a la guerra. Prosiguió la campaña y un Destacamento del Dos trajo prisioneros. Alguien reconoció al pobre Acosta. Era un desertor y un traidor. El coronel Francisco Borges, mi abuelo, firmó la sentencia de muerte con la buena caligrafía de la época. Cuatro tiradores la ejecutaron.

Yo nací treinta años después. Un vago sentimiento de culpa me ata a ese muerto. Sé que le debo una reparación, que no le llegará. Dicto esta inútil página el diecinueve de noviembre de 1985.

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