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El Acordeón

Los dioses reclaman a sus héroes


“Cuando un héroe muere, una niebla de modesta mediocridad nos envuelve y nos encontramos solos, inermes, opacos, inmersos en la árida insipiencia de la vida cotidiana”. Dante Liano, Premio Nacional de Literatura y autor de novelas imprescindibles como Réquiem por Teresa y El hombre de Montserrat, nos ofrece este singular ensayo sobre Diego Maradona.

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Diego Armando Maradona es una novela, una tragedia, una pieza clásica. Una gran novela latinoamericana. Ahora es leyenda, pero es inútil escribirla, porque como todo mito, ya estaba escrito, ya está escrito. Y se recordará, mejor, en la tradición oral, con sus temas tópicos y repetidos: “Murió en el año más aciago que se recuerde. Los dioses reclaman a sus héroes”.

Debo a la ágil escritura de Eduardo Galeano y a las imaginarias crónicas de Osvaldo Soriano, así como a uno de los mejores títulos de la narrativa occidental (El miedo del arquero al tiro penal, Peter Handke) haber entendido que entre fútbol y literatura corre un parentesco subterráneo, un entendimiento casi visceral, una tensión y una correspondencia que raras veces se encuentran entre un deporte y un arte. Quizá solo el pugilato puede competir en esa dispar simpatía: El match, de Norman Mailer, es la novela épica de la épica empresa de Muhammad Alí contra George Foreman. 

He mencionado a dos escritores muy populares; sin embargo, en la literatura hispanoamericana abundan los escritores que han dedicado relatos, dramas y poesías al fútbol. Hay un relato inolvidable de Mario Benedetti, que cuenta la historia de un delantero al que le habían pagado para que no metiera gol. Al último minuto, recibe un pase perfecto y se encuentra solo delante del portero. Su instinto deportivo puede más que el dinero. No es difícil imaginar el epílogo. Y uno de los más refinados escritores de los últimos tiempos, Roberto Bolaño, dedica un largo relato a un futbolista que oficia magias propiciatorias antes de salir al campo, en donde lo imaginado se vuelve real. 

La preferencia hispanoamericana por el relato futbolístico deriva de su adhesión al mito, a la construcción de mitos. Copal y resina quemaban los mayas ante las estelas que representaban a los estrictos dioses de su olimpo, y esos dioses generaron al ser humano, y el ser humano generó un monumento literario que todavía se cuenta en su versión oral: el Popol Vuh, el libro del consejo, de la estera, de la mitológica historia de los pueblos originarios. Mitos llevaron consigo los españoles cuando entraron a América: la fuente florida de la eterna juventud, la isla California, las siete ciudades de Cíbola, Eldorado. La civilización hispanoamericana asienta su edificio sobre recias columnas de sueño e imaginación. 

¿Qué es el mito, si no la narración renovada, en clave de fábula, de lo que nos asedia día a día? Lo que sucede en el mito nos explica la realidad; lo que no sucede en la realidad sucede en el mito. Llueve mientras esplende el sol, y alguien exclama: “Es San Pedro que llora”. Fulminantes rayos desgarran la oscuridad mientras los truenos hacen temblar la tierra y el espanto dice: “Es la cólera de Zeus”. Los conejos amarillos transportan el maíz desde un árbol primordial y el aj’qij explica: “Es la carne del hombre”. 

Cuando Gabriel García Márquez imaginó que el Papa llegaría en una canoa, por la Ciénaga Grande, a participar en los funerales de la Mamá Grande, todos atribuyeron a la hipérbole semejante fantasía. En esa época, los papas no se movían de Roma. Cuando escribió que el Patriarca, dictador olvidado de sí mismo, ve una fiesta y pregunta qué pasa, le explican que su dictadura cumple cien años. Era el tiempo mítico, eterno, de las dictaduras. Cuando escribió que el coronel Aureliano Buendía había iniciado 32 guerras civiles y las había perdido todas, nadie pensó que era una metáfora de la eterna violencia en Colombia. La fantasía del gran escritor no alcanzó a imaginar que, un día, un Papa sería argentino. Era demasiado hasta para García Márquez.

El fútbol, como una de las tantas versiones de los mitos literarios latinoamericanos, representa una sencilla realidad. Pocos deportes necesitan tan poco para ser practicados. Una pelota puede ser hecha de trapo, de tripa de cerdo, y hasta una lata de sardinas puede convertirse en imaginario balón. Los pies no necesitan ni siquiera zapatos. Solo los ricos se pueden comprar botines con taquillos. Los pobres pueden jugar fútbol, descalzos, en los descampados de las favelas, en las desiertas e infinitas playas de un continente extremo. También, en otra dimensión, el fútbol es un lugar en donde nuestra impotencia se convierte en potencia, nuestra pobreza no cuenta para vencer a un rival rico. ¿No es mágico? ¿No es mágico poder vencer, en ese plano simbólico, a quienes nos explotan y nos oprimen? ¿No es maravilloso y real ganar el campeonato del mundo en contra de los grandes imperios coloniales?

Diego Armando Maradona se vuelve mito desde sus orígenes. Fue un niño crecido en la miseria, como solo pueden ser miserables los últimos de América Latina. Quien se queja de ser pobre no conoce las villas miserias de todas las capitales latinoamericanas. Lugares en donde no existe el agua potable, ni siquiera el agua corriente. Hay que caminar largo para llenar un tonel que se usará en casa para todo. La luz eléctrica robada a los postes de la luz. La angustia de despertar cada día sin saber si se va a comer algo. No hay retórica en esto: quien no lo crea, que vaya y vea. 

Como en los mitos, Maradona recibe un don que solo la divinidad puede conceder: un inextinguible talento para el fútbol. Todo el mundo ha visto el super 8 en donde Maradona, púber, ya es un malabarista de la pelota. Pareciera uno de aquellos relatos en que alguien encuentra una lámpara, la frota, y el genio le ofrece tres dones. Maradona recibió uno y fue bastante para convertirlo en genio. 

Sin embargo, el héroe mítico no se basta con recibir el don de los dioses. Tiene que trabajar duro para afinarlo, conservarlo, mejorarlo, hasta convertirlo en excelso. Va subiendo los escalones de la perfección gracias a las pruebas que va superando. Y para arriba va Diego Maradona, con dura disciplina, construyendo su propio monumento futbolístico. Del Argentinos Juniors al Boca, en un crescendo que acompaña con gestos arquetípicos: lo primero que compra es la casa para la madre. ¡Millones de hijos en ese reflejo lagunar! Desde el principio, el gesto de Maradona no pierde de vista sus orígenes, y tampoco a los que son como él. 

Desde el principio, Maradona no busca identificarse con las clases sociales superiores, sino que mantiene fieramente la marca y el estigma, de su extracción popular. Ese gesto a los menos favorecidos es la marca latinoamericana del mito. Argentina como él, Eva Perón lo precede y el delirio de admiración de las masas hacia “esa mujer” que echó de la Casa Rosada a las presuntuosas señoras de la buena burguesía, la convirtió en lo que Tomás Eloy Martínez hizo título de su novela: Santa Evita. Insolente, vulgar, bravucón, rápidamente se ganó el odio de los poderosos. Así como fue amado por millones de menesterosos, así fue odiado por la exquisita clase dirigente. No fue un odio inocuo. Los medios de comunicación escindieron, con facilonería, el indiscutible genio deportivo de la disoluta conducta moral, y lo condenaron a la lenta muerte de la difamación. 

Hay una razón más para ello: en América Latina, el prestigio, en cualquier campo, pronto se vuelve político. Sociedades rigurosamente escindidas en ricos y pobres, en opresores y oprimidos, en millonarios y muertos de hambre (literalmente), no admiten medias tintas. Tampoco el odio de los potentes contra los que tocan sus privilegios. Lo que en otros lugares otorga el dinero, en América Latina lo otorga el prestigio. Por eso los artistas que destacan son llamados a expresarse, porque su prestigio pesa en el plato de la balanza. Las palabras pesan más que lingotes de oro. Por eso Rubén Darío, uno de los mayores poetas de todos los tiempos, es todavía considerado “divino”. Por eso Gabriel García Márquez llegó a ser más que un jefe de Estado: dialogaba con Fidel, con Mitterrand, con Bill Clinton. Por eso, las declaraciones de Maradona en favor de los futbolistas explotados por el gran negocio del fútbol mundial, le valieron una persecución sin límites, hasta la expulsión del Mundial de Los Ángeles.

Podemos imaginar que no había ciudad en el mundo (además de Buenos Aires) que pudiera ser la casa de Maradona, sino Nápoles. Cuando desembarcó en Europa, lo llamó el Barcelona. Apenas había comenzado a jugar el campeonato cuando un adversario, que merece el anonimato, le quebró la pierna con una entrada asesina. Un equipo como el Barça no era para él ni él para el Barça. Tenía que ser Nápoles: la vibrante ciudad en donde se cruzan todas las culturas del mediterráneo, tan semejante en ello a la Argentina. La ciudad en donde nada es posible. La ciudad en donde todo es posible. Naturalmente, Maradona no fue un napolitano de Posillipo; lo fue de los Quarteri Spagnoli, donde la ropa tendida ondea en los balcones como bandera popular y la gente se habla de un balcón a otro. Una ciudad que hunde sus raíces en el mito órfico y explota en el populoso Edorado de Filippo. Nadie más argentina que Filomena Marturano. 

El declino de Maradona se asemeja al de una tragedia clásica: todo el mundo sabe que va a terminar mal. Él mismo lo sabe. El remolino de la droga se lo lleva hasta las profundidades de la abyección, la cocaína, el alcohol, las fiestas interminables con un contorno de cafichos y malevos. Todo el mundo le grita: “¡No. No lo hagas!”. Su esposa, sus hijas, sus mejores amigos. Millones de gente se adolora de verlo convertido en un obeso repugnante. Y el héroe se levanta, se redime, comienza de nuevo. (Aparece, en escena, otro mito: Fidel Castro, una especie de Melquiades que escribe un manuscrito insalvable). Y cae otra vez. La cirugía, la ebriedad, la agonía interminable de este héroe que quiere y no quiere ese destino. Hasta el final, literario y descontado: los héroes mueren jóvenes o, quizá, siempre tenemos la impresión de que se van antes de tiempo. 

Los dioses reclaman a sus héroes. Eran nuestros, hace un momento, y regalaban una sensación de rescate a nuestra pobre precariedad. Cuando un héroe muere, una niebla de modesta mediocridad nos envuelve y nos encontramos solos, inermes, opacos, inmersos en la árida insipiencia de la vida cotidiana. De veras solos delante del implacable espejo de nuestros límites.

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