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El Acordeón

Clarice Lispector: Tortura y gloria de vivir


Siempre fue reacia a las entrevistas, a los afectos y al papel pasante. La carencia permanente de amor, la soledad, la incomprensión de los otros y el espanto ante el estruendo cotidiano convirtieron la incomodidad en su estilo de vida. Sin embargo fue una de las grandes voces del siglo XX de la literatura brasileña y universal. Este próximo 10 de diciembre celebramos el centenario de su nacimiento.

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“Quisiera escribir un libro. ¿Pero dónde están las palabras?”

Clarice Lispector, Un soplo de vida

Clarice Lispector nació el 10 de diciembre de 1920 en Tchetchelnik, Ucrania. Antes de cumplir dos años su familia se mudó al Brasil, como tantísimas otras que abandonaron Europa asolada por la hambruna posterior a la Gran Guerra, dando paso a la migración que pobló el sureste del Brasil, Uruguay, Argentina y Chile, y que dio lugar a los relatos de niñas que al llegar al nuevo continente cambiaban muñecas de porcelana por frutas. Lispector recuerda algunos días en Recife cuando ella y sus hermanas apenas tenían una naranja y un pedazo de pan como único tiempo de comida. Su madre, paralítica y atormentada por haber sufrido una violación que le contagió la sífilis durante la guerra, nunca terminó de adaptarse al cambio de clima y de idioma, y murió cuando Clarice tenía nueve años. El padre quedó a cargo y debió mudarse con sus tres hijas por varias ciudades del Litoral Atlántico. 

Los primeros intentos literarios de Clarice fueron unos relatos que envió a la sección de cuentos infantiles del Diário de Pernambuco, que nunca llegaron a ser publicados. Ella misma justificó más adelante: “mis cuentos no eran narraciones, eran sensaciones”. 

Pasados los veinte empezó a colaborar en forma asidua en diarios y revistas del corazón, firmando con seudónimos para darse la libertad de mezclar a Dostoievski con comentarios sobre novelas rosa. En 1944 vio la luz su primer libro, Cerca del corazón salvaje, que recibió buenas críticas a pesar de haber sido rechazado un par de veces antes de su publicación. 

Siempre fue alguien poco adaptado a su entorno: mujer, judía y pobre. Nunca se sintió incorporada, ni siquiera en el idioma. A pesar de dominar el portugués, siempre tuvo un sotaque (palabra utilizada en el Brasil para distinguir los acentos regionales), que no lo atribuía a haber nacido lejos sino al frenillo de la lengua que nunca quiso operarse y que siempre le dio un acento afrancesado con una voz muy grave. La lengua presa como ventana a un alma presa: “Lo bueno y lo malo me perturban, y voy al encuentro de un mundo que está dentro de mí”.

Siempre fue reacia a las entrevistas (dio muy pocas y solía responder con monosílabos), a los afectos (“No quiero querer a nadie porque duele”) y al papel pasante. Creaba una copia única de sus textos, lo que les brindaba más valor, e insistía a sus editores que los cuidaran más allá de la publicación porque no había otro ejemplar. Nunca se asumió como escritora profesional: “Solo puedo escribir si estoy libre, y libre de censura”, decía. 

Vivió quince años fuera del Brasil, acompañando a su marido en misiones diplomáticas en Estados Unidos, Inglaterra, Suiza e Italia. Se ha recopilado un volumen considerable de cartas dirigidas a la familia y sus editores durante sus viajes. Sin embargo, las ansias de libertad la llevaron a divorciarse, liberándose de un corsé al que nunca pudo ceñirse (“No voy a enamorarme, solo voy a casarme”), aunque eso implicara volver a la zozobra económica con sus dos hijos a cargo, para instalarse de nuevo en Río de Janeiro a hacer lo único que brindaba oxígeno a sus pulmones: escribir. 

La incomodidad como estilo de vida

Su oficio en idiomas extranjeros le permitió dedicarse a la traducción al portugués de Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Agatha Christie, Anne Rice, Federico García Lorca y Julio Verne. 

Clarice también fue pintora. Hace poco se editaron sus acuarelas que brindan el privilegio de sumergirse visualmente en sus sueños, ilusiones y temores. Al respecto dice: “Tanto en pintura como en música y literatura, muchas veces lo que llaman abstracto me parece solo lo figurativo de una realidad más delicada y difícil, menos visible al ojo desnudo”.

Su literatura resultó difícil de digerir para un país que transpira mucha hormona y religión cristiana, producto de la migración africana y europea. Los lectores del Brasil estaban habituados al ambiente ganadero del sertão de Guimaraes Rosa y al erotismo tropical de Jorge Amado. Lispector también se aleja de la generación de 1922, representada por la violencia urbana de Rubem Fonseca y Dalton Trevisan. 

La carencia permanente de amor, la soledad, la incomprensión de los otros y el espanto ante el estruendo cotidiano convirtieron la incomodidad en su estilo de vida. Jamás abandonó la conmoción por el exceso de pensamiento y la dificultad para digerir el espíritu. La lectura de El lobo estepario de Hermann Hesse dio paso, según ella misma revela en una entrevista, a “un cuento que nunca más dejó de escribir”. Es memorable su participación en un congreso internacional de brujería en Bogotá. A pesar de la enorme expectativa que generó su presencia, solo leyó una versión recortada de su texto El huevo y la gallina. Varias veces reconoció, con desenfado, no entenderse ni ella misma y tampoco luchaba por conseguirlo. 

En sus textos abundan los ecos y las comparaciones con Franz Kafka, por la impotencia ante la hoja en blanco (“Mi esperanza es encontrar un esbozo de respuesta”), pero son más perceptibles los que tiene con Katherine Mansfield. Ambas fueron mujeres solitarias, desarraigadas e incomprendidas que debieron remar contra la corriente en un entorno literario masculino, desarrollando un universo donde lo principal no son los hechos narrados sino las atmósferas y los estados de ánimo. Clarice siempre se declaró devota lectora de Mansfield, sobre todo de su libro Felicidad, publicado justo en el año de su nacimiento. 

No pensar en las palabras

En Carta a Hemergardo, de 1941, Lispector lanza un dardo que se convertirá en un vector persistente a lo largo de toda su trayectoria: “No pensar en las palabras sino crear un estado de sentimiento”. En esta línea merece mención la columna que mantuvo en la revista O comício bajo el seudónimo de Teresa Quadros, dando lugar en una revista femenina a las alusiones de Virginia Woolf y a Simone de Beauvoir. Es admirable su reivindicación de género basada en las ideas, y jamás en un tono visceral ni acusatorio hacia el sexo opuesto.

Trágica tanto en sus textos (basta leer los títulos: El viacrucis del cuerpo, La manzana en la oscuridad, Un soplo de vida) como en la vida real, Lispector casi muere en 1967 durante un incendio provocado al quedarse dormida con un cigarrillo encendido. Tuvo quemaduras de tercer grado en la mano derecha que casi le cuestan la amputación. Después de tres meses en rehabilitación pudo volver a escribir, con mucha dificultad y solo a máquina pues ya no fue capaz de tomar una pluma, pero con un ingrediente extra: si siempre había sido una autora mística, ahora había adquirido el nimbo de haber renacido del humo y las cenizas. El fuego, por dicha, no le afectó el rostro, en cambio el dolor afiló su expresión asiática: la boca entreabierta que parece morder al cigarrillo, coronada por unos ojos rasgados y una mirada incisiva, coherente con su poética.

A pesar de haber absorbido la identidad brasileña del sur (es complejo hablar de una sola identidad en un país de dimensiones continentales y que alberga más de doscientos millones de habitantes de origen nativo, negro y europeo), la impronta hebraica es una constante en su trabajo. Aun cuando sus personajes aman, sueñan, copulan y encuentran la felicidad en el cuerpo, hay siempre una atmósfera levítica que aprieta su conciencia mientras le sonríen al pecado y piden a Jehová que les conceda la gracia incendiaria de cometerlo, para luego implorar por la purificación. Sus libros abundan en referencias al antiguo testamento, en especial El viacrucis del cuerpo, una colección de cuentos dedicada al deseo. Aquí destaca la historia de Ruth Algrave, una chica soltera y virgen que lee la Biblia, reza cada tarde y solo se baña los sábados sin sacarse la ropa interior. Ruth siente asco al ver a los enamorados en los parques de Londres y quisiera denunciarlos por sus inmoralidades, por lo que tampoco ve la TV. Una noche recibe una visita angelical que le cambia la vida al transformarla en una ninfómana. Este argumento, además de estar salpicado de múltiples evocaciones al judaísmo, articula la columna vertebral de todo el volumen, donde también reconstruye el nacimiento de Cristo en el interior de Minas Gerais, establece una historia de acoso sexual narrada en jerigonza, teje romances entre abuelas y nietos y de nuevo hace hincapié en la incomunicación: “¿Cómo despierto a quien está durmiendo? ¿Cómo llamo a quien quiero llamar? Nada: porque es domingo y hasta Dios descansa los domingos” (Mientras tanto).

Salvar la vida

En Un soplo de vida, su publicación póstuma, se lee apenas en el arranque: “Escribo como si fuera a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida”. En la misma primera página vuelve a interpelar la tradición judía a través del libro de Génesis: “¿Existe acaso un número que no es nada? ¿Qué es menos que cero? ¿Qué empieza en lo que nunca empezó porque siempre era? ¿Y era antes que siempre?»

En 1967 Rubem Braga, el cronista más célebre del país y por desgracia desconocido en nuestro idioma, la invita a colaborar en el Jornal do Brasil opinando sobre cualquier cosa que se le pase por la cabeza (“incluso tonterías, porque las cosas serias ya las había escrito”). Ahí nacieron siete años de escritura sin amarras de tema ni de extensión, donde se pueden ver los entresijos de un corazón y una mente que nunca se sometieron a las modas. Esta, su última etapa creativa antes de sucumbir ante un cáncer de ovario, abrió además un buzón de correo donde recibía la comunicación de sus lectores, creando algo que hasta entonces no existía en la literatura brasileña, y menos tratándose de una mujer. Estas crónicas, recogidas hace algunos años en dos tomos titulados en español La revelación de un mundo, no tienen desperdicio y quizás son la mejor puerta de entrada a su obra por su brevedad y por el tono siempre punzante. Aquí se le percibe de mangas remangadas y con un cigarro en la boca, dejando salir ideas sin mayor elaboración. Hay anécdotas de cocina, del parto y de la crianza de los hijos, mezcladas con transcripciones de charlas telefónicas con sus amigas, episodios de crueldad entre niños como la pequeña joya titulada Tortura y gloria y sablazos de dos líneas como este, fechado en clave con la conmemoración de San Valentín, un catorce de febrero: “Lo que nos salva de la soledad es la soledad de cada uno de los otros”.

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