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El Acordeón

Gloria Hernández:“Llegué a la literatura, como he llegado a casi todo en mi vida: de pura casualidad”


Ojo Mágico, la novela que ha iniciado a varias generaciones de pequeños lectores en la aventura de la imaginación que provoca la literatura, cumple diez años. Su autora, Gloria Hernández, nos habla de la génesis de esta obra que ha vendido miles de ejemplares en Guatemala y otros países de Centroamérica.

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Pensar en los más chicos, escribir para ellos, en nuestro país, constituye un acto de resistencia y rebeldía que las generaciones venideras agradecerán. Gloria Hernández se ha dedicado durante más de dos décadas a la literatura para niños y jóvenes. Sus obras han llegado a miles de pequeños en Guatemala y los demás países de Centroamérica. Sus personajes ya forman parte del imaginario de muchos primeros lectores.

Este 2020, en medio de la pandemia del COVID 19, la escritora celebra diez años de la primera edición de Ojo Mágico (Editorial Norma, 2010), la novela infantil-juvenil más leída en el país en los últimos tiempos, que ha iniciado en la lectura a niñas y niños que ya mayores le continúan agradeciendo a su autora esta ventana hacia la libertad de la imaginación que proporciona la literatura. Miembro de número de la Academia Guatemalteca de la Lengua y con 25 obras publicadas, entre ensayo, narrativa y poesía, Hernández nos habla de la génesis de este libro. 

Volvamos diez años atrás ¿Cómo se construyó Ojo Mágico? 

– En marzo de 2007, mi editora en Editorial Norma, Geraldina Camargo, me pidió una novela. No sé por qué se le ocurrió que yo podía escribir una. Y entonces me quedé pensando en eso durante algunos meses. Mi amiga Marta Sandoval me había contado la historia de Sandra Sebastián, la fotógrafa, y me había prendado de ella, así que decidí recrearla. De día y de noche, pensé en mi protagonista, en su historia, en la manera de contarla. A finales de mayo me senté a escribirla y, en julio, terminé el primer borrador. Fue una labor de lo más extraña, muy intensa, pero también muy divertida. El poeta Enrique Noriega me regaló una anécdota de su infancia que se convirtió en el episodio en el cual un niño le cambia la letra al himno nacional y esto ha divertido a los patojos a más no poder. Otra amiga, Ana María Sandoval, me persiguió hasta que terminé de escribir la primera versión. Luego, la editó y corrigió y la dejó lista para las lecturas de prueba. El primero en leerla fue mi hijo Luis Francisco quien por ese entonces vivía en México. “¡Me encanta, mama!”, me escribió en una carta que aún conservo, y su entusiasmo me animó.

Luego vino el proceso de trabajarla y limpiarla, de investigar un poco sobre la fotografía, de entrevistarme varias veces con don Lorenzo Ortega, fotógrafo en el zoológico La Aurora desde 1943, de conversar con Sandra, hasta que la entregué a la editorial. Su nombre original era Una niña llamada Sebastián, porque quería usar el nombre de mi amiga. Sin embargo, los editores pensaron que la historia necesitaba otro título y tuvimos que cambiarlo. El escritor Luis Eduardo Rivera me sugirió entonces Ojo mágico, y así quedó. El proceso de publicación fue un poco largo: la novela vio la luz en el 2010, pero valió la pena la demora. 

¿Cuál es esa historia que tanto te fascinó?

– Cecilia Lucero es la hija de un fotógrafo de eventos. Cuando su papá asiste a cumpleaños o primeras comuniones, se la lleva para que lo ayude. Ella toma las fotos con una vieja cámara que le regaló su abuelo, también fotógrafo. A veces, en las celebraciones, la convidan a pastel y helado, la invitan a jugar con los niños y a romper la piñata, luego sigue trabajando, tomando las fotos. Ese es el inicio de la novela, pero también es un recuerdo de la vida real. Sigo enamorada de él, porque Cecilia Lucero es en realidad Sandra Sebastián. Ella no me contó más, así que tuve que inventarle hermanos, amigos, aventuras, sueños y hasta una amiga imaginaria. 

Las ilustraciones de Ruth Angulo complementaron de maravilla la obra. Y la editorial la ha promocionado tan bien que ya lleva varias reediciones y miles de ejemplares vendidos. Ha sido la novela para niños más vendida en el país durante varios años. Un detalle que me parece muy curioso, es que, a pesar de la clasificación de lectura: “A partir de once años”, la historia la han leído niños desde cuarto primaria hasta jóvenes de primer ingreso en la universidad. Eso para mí es un misterio: ¿qué determina la lectura y el gusto por un relato? A lo mejor tiene que ver con el placer con el que fue escrito. No lo sé. Me he encontrado con cientos de lectores de Ojo mágico, en diversas instituciones educativas y he llegado a la conclusión de que a los niños sí les gusta leer, todo está en que tengan maestros lectores. 

En lo personal, ¿cómo llegaste a la literatura?

– Pues, aunque quisiera poder contar una historia de determinación y voluntad, la verdad es que llegué al estudio de la literatura como he llegado a casi todas las citas importantes en mi vida. De pura casualidad. Me inicié en la lectura, muy temprano, con Las mil y una noches, Don Quijote, Alicia en el país de las maravillas y una Biblia para niños. El encierro y la introversión también me llevaron a escarbar en un par de diccionarios para encontrar palabras nuevas y divertidas. En la secundaria, me encontré con una maestra que me descubrió a grandes poetas y dramaturgos ingleses y norteamericanos. Ahí me encontré con Dickinson, Poe, Whitman, Marlowe, Shakespeare y tantos otros. Simultáneamente, yo auscultaba los libros de mi papá y los de sus amigos, que él escondía, por aquello de los cateos, durante la guerra. La idea de estar leyendo libros “prohibidos” me despertó una curiosidad inmensa por su contenido. Hojeé y leí a Marx, tanto como a Pérez Galdós, a Zolá y a Tolstoi, entre muchos otros. Ya casada, viví en Texas durante cuatro años y, como no podía estudiar ni trabajar, leí como loca las novelas y la poesía que pude, en la biblioteca de la universidad en donde estudiaba mi esposo. Cuando regresé a Guatemala, me fui a inscribir a la facultad de Arquitectura, en la Usac. Ahí, una señora me vio de arriba para abajo, con mi embarazo avanzado y mi pequeña hija de la mano y me apartó de la fila para hablar conmigo. Me aconsejó que estudiara otra cosa, que esa carrera no era para mí. El trabajo y la dedicación que demandaba la arquitectura no eran compatibles con la maternidad. Desconsolada, salí de ahí y, sin rumbo, llegué frente a la facultad de Humanidades y así terminé inscrita en la carrera de Letras.

En nuestro país, cuando se habla de literatura y de literatura infantil, es imposible no pensar en los millones de personas que ni siquiera terminan la primaria. Aparte de tu pasión y disciplina en el cultivo de las letras, ¿qué te mantiene de pie en este lugar sin esperanzas?

– Te mentiría si te dijera que no he perdido el sueño pensando en eso. Cuando nos contrataron a Francisco Morales Santos, Frieda Morales Barco y a mí para diseñar e implementar el Programa Nacional de Lectura para el gobierno del presidente Colom, hace algunos años, creí que mi sueño se había hecho realidad. Teníamos todos los elementos para generar un cambio verdadero en el país: unos niños y jóvenes ávidos de letras, la posibilidad de un programa visionario y el dinero del Banco Mundial para echarlo a andar. Además, estábamos nosotros, dos escritores a quienes nos inquieta la necesidad de una literatura para los pequeños y una doctora con amplia experiencia en estos programas en otros lugares de Latinoamérica. De esa cuenta, generamos un programa y casi cuarenta libros para niños y jóvenes en los géneros de poesía, teatro, leyenda, cuento y tradición oral que fueron nuestro orgullo. Pero, cuando más entusiasmados estábamos, surgió el monstruo de siempre. La corrupción nos dejó de repente sin programa, sin honorarios, sin respuestas, sin futuro. Sin embargo, la esperanza de la que hablas, es la que me transporta a diferentes lugares de la República a atestiguar proyectos individuales en Alta Verapaz, en Quiché, en Escuintla, en Cerro de Oro, en algunos institutos y escuelas, públicas y privadas, que de manera casi clandestina van apoyando a niños y niñas en edad escolar, a jóvenes mujeres que han abandonado su educación por sus obligaciones familiares o a personas mayores que desean retomar su formación.

José de la Colina nos dice en su libro De libertades fantasmas o de la literatura como juego: “Nuestra literatura, al margen del anónimo y magnífico cancionero folclórico hispano e hispanoamericano, no posee equivalentes de los cuentos de Anderson y Perrault, de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll, de La isla del tesoro y Un jardín de versos para niños de Stevenson, del Peter Pan de Barrie, del Pinocho de Collodi, o siquiera de la Mary Poppins de Travers o El mago de oz de Baum… Los escasos intentos de nuestros autores en ese sentido son pobres o son otra cosa…” ¿Acaso la imaginación en lengua española no da para llegar a territorios de la infancia?

– Me parece que De la Colina emite un juicio demasiado severo sobre el asunto. Es cierto que las obras de literatura infantil escritas en idioma español no han logrado la universalidad de las obras citadas por él, pero existe una riquísima producción de narraciones y poesía con la que se ha potenciado la imaginación de muchas generaciones de niños de habla española. Baste mencionar Platero y yo, de Juan Ramón; La edad de oro, de Martí; Cuentos de la selva, de Quiroga; Canciones para mirar, de Walsh; El hombre que lo tenía todo todo todo, de Asturias; El pájaro de fuego, de Alfaro; las fábulas de Iriarte y Samaniego; Barbuchín, de Daniel Armas; la poesía inmensa de Alberti, García Lorca, Antonio Machado, Claudia Lars, Nicolás Guillén… Sin entrar a analizar la riqueza de subversiones de mitos y leyendas, juegos, rondas y nanas que comparten rasgos lejanos con algunas adaptaciones españolas y se mezclan con las diversas cosmovisiones de nuestro continente…

Lo que él señala tiene otra procedencia y otras causas. A lo mejor el origen de la especulación de De la Colina se encuentra en la oportunidad editorial y de traducción que tienen las obras para niños. Este es un tema emparentado con el poder. Mientras que Perrault, Grimm, Andersen, Collodi, Ende, Carroll y tantos otros autores son traducidos automáticamente, la literatura de los territorios colonizados tiene menos difusión y traducción. Es decir, ahí encontramos, en desigualdad de condiciones, junto a nuestra literatura infantil hispanoamericana, la creada en otros idiomas y otras partes del mundo como África, Alaska o Indonesia.

Esta es una pregunta para la Gloria que trabaja, organiza, reflexiona acerca de las palabras y que, desde enero del 2017, es miembro de número de la Academia Guatemalteca de la Lengua, ¿cuánto contribuyen las modificaciones y alteraciones en la lengua a las grandes transformaciones sociales?

– El impacto de las modificaciones y alteraciones programadas en la lengua en el devenir de una sociedad no es tan enérgico como se espera. Casi cada diez años, el diccionario de la RAE propone cambios en la lengua y la mayoría de las personas de habla hispana ni se entera, por ejemplo. Igual sucede con el uso del lenguaje inclusivo. A pesar de que un grupo educado de la sociedad se empeña en utilizarlo, las agresiones, la violencia y el odio hacia las mujeres se exacerba. Y esto, en mi opinión, se debe a que las razones para esta saña tienen raíces más profundas y complejas. Son de tipo político, no lingüístico, y representan un brutal ejercicio de poder. El cambio puede ser más eficaz si se le da vuelta a la ecuación: las transformaciones sociales pueden generar cambios en la lengua de un grupo social determinado, sí. Pero esa sería la última fase. Y el lenguaje que se nos ha dado puede constituirse en una herramienta fundamental para atacar la base de nuestras taras históricas y generar los cambios necesarios, a nivel político, social y cultural, por medio del análisis, la reflexión y el pensamiento crítico acerca de nuestra realidad. Me llama la atención que las discusiones sean por una letra ahora, que si una x o un símbolo @ o una e. ¡Nos vamos a quedar sin nuestra herramienta más sólida, nuestro lenguaje, de seguir así! Si nos quedamos sin el buen uso de la palabra, sólido y eficaz, que es ya casi el único recurso que nos queda, será más fácil desarticular cualquier lucha social que se intente. Sin lenguaje consistente será más fácil que nos hundamos en el desarraigo.

Has incursionado en el ensayo, en la poesía, en la narrativa y en uno de los géneros al que no se debe entrar sin un puñado de incienso en el corazón: la literatura infantil ¿Qué queda por explorar? 

– Creo que alguna vez conversamos contigo sobre la diversidad de géneros que, a veces, toca abordar. Y digo “toca”, porque al principio una no sabe bien qué es lo que está escribiendo. Por el momento, estamos por publicar, con Frieda Morales Barco, una antología de poesía universal para niños, en siete tomos, bajo el sello de Magna Terra Kids, que nos está dejando una satisfacción plena. Además, tengo inéditos un libro de cuentos (Ellos), una novela para niños (Travesuras), un libro álbum (Los chicos Pardo) y un poemario (Quería que supieras), todos esperando con paciencia una casa editora.

¿Nos puede salvar el arte, la literatura?

– Esa es una pregunta que me hago a menudo, porque no puedo responderla de manera categórica. La literatura puede albergar la verdad, puede evaluar los acontecimientos actuales y predecir resultados futuros con perspicacia y matices ausentes de la erudición y el análisis estadístico. La literatura tiene influjos insospechados en quien la acepta en su vida, desde la lectura o la escritura. El arte es el juego más sublime que hay y acaso puede distraernos de nuestras vanidades y nuestras miserias. Ahora, de la salvación, ya desertamos como humanidad.

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