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El Acordeón

Viajes por Centroamérica


Periodista, novelista y uno de los referentes actuales de la crónica de viaje, el escritor español Javier Reverte murió el pasado sábado 31 de octubre a los 76 años. Es autor de celebrados libros como El sueño de África, Corazón de Ulises, Un verano Chino y Suite italiana. Como periodista viajó en los años ochenta por Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, cubriendo los conflictos armados. De esta experiencia surgió su primer proyecto literario La trilogía de Centroamérica, compuesta por las novelas Los dioses bajo la lluvia, El aroma del Copal y El hombre de la guerra, de las que nos habla en estos fragmentos tomados de sus memorias La aventura de viajar.

Cuando decidí dejar el fragor del periodismo a tiempo completo y de ese modo rescatar todo el tiempo posible para la literatura, regresé a Nicaragua. En el año anterior, 1983, durante mi viaje a Centroamérica para el periódico que me empleaba entonces y que iba a cerrar unos meses después, me di cuenta de que lo que escribía en mis crónicas no era suficiente, no explicaba lo que yo había vivido en aquellos meses, en especial en Nicaragua. Y de inmediato, supe que necesitaba de la ficción para contarlo. Había visto a la gente cruzar ante los umbrales de la muerte por una necesidad de supervivencia; había percibido las contradicciones en el alma de los hombres comunes pillados en medio de una guerra y también la perplejidad que producía en muchos sacerdotes el choque entre la injusticia y la propia fe; y había sentido el miedo en las palabras de los soldados de la primera línea de fuego y oído el crepitar de viejos dogmas que ardían en el fuego y el grito de los dogmas que nacían; y también había encontrado un cierto desenfado de las gentes ante la presencia de lo terrible, una extraña alegría que fructificaba, para mi sorpresa, en el interior de la barbarie.

¿Qué era aquello?

Guardaba algunas historias sobre las que no había escrito ni una línea en el periódico e, incluso, conservaba el recuerdo de gentes que había conocido en Managua y en Jalapa, algunos de cuyos rasgos podían servirme como modelos para personajes de una novela. Pero era consciente de que, si quería escribir un libro de ficción, debía regresar al país, de que era preciso que hiciese un trabajo de campo diferente al del periodismo, de que estaba obligado a acercarme de otra forma a la realidad. Al fin, en 1984, volví a Nicaragua, viví nuevas emotivas aventuras y, un año después, publiqué la novela [Los dioses bajo la lluvia].

Por supuesto, no me era posible viajar con los mismos medios que la primera vez que lo hice, entre otras cosas porque ahora tenía que costearme yo los gastos y mi presupuesto no alcanzaba para alojarme en un hotel como el Intercontinental. También porque algunas circunstancias habían cambiado en el país. Por ejemplo, los coches de alquiler ya no podían pagarse con moneda local, esto es, a precio de mercado negro, sino que había que hacerlo en dólares. No obstante, para los restaurantes, las peluquerías, las copas de ron en los bares de los hoteles y la entrada en las discotecas, se aceptaba el pago en moneda nica, el córdoba.

Además de eso, el dólar se valoraba en el mercado clandestino diez veces más alto que el año anterior y alrededor de treinta veces más que el establecido en el mercado oficial de divisas. Así que, durante los días que permanecí en Managua, dormía por cinco dólares diarios en un humilde aposento de una casa privada, pero comía sin mirar precios en el restaurante mexicano Antojitos, tomaba Flor de Caña en el bar del Intercontinental, me limpiaba los zapatos y me lavaba el pelo en las peluquerías con mejor servicio de la ciudad y me hartaba de escuchar y bailar salsa en el Lobo Jack como un incurable noctámbulo […]

Mi pretensión principal era volver al norte, a Jalapa, lo cual resultaba bastante problemático, pues los transportes públicos apenas existían fuera de Managua y no contaba con dinero suficiente para alquilar un coche. Pero gracias a mis amigos barceloneses, encontré la solución. Desde su llegada a Managua, tenían contratado un taxi a tiempo completo y el taxista les cobraba en córdobas e, incluso, les hacía el mismo cambio de moneda que el mercado negro […]

Mi taxista, pocos días más tarde convertido en mi gran amigo Luis García, era un tipo en extremo vitalista.

Hicimos buenas migas enseguida. Yo andaba entonces próximo a los cuarenta años, mientras que él rondaría los treinta y cinco. Era magro de carnes y casi barbilampiño, con un leve toque mestizo en sus rasgos. Tenía los ojos pequeños, el pelo lacio y una estatura media baja, más o menos como la mía. Le gustaba la marihuana, pero apenas tomaba alcohol, tan sólo una cerveza de cuando en cuando.

Se había casado una vez, pero había abandonado a su esposa por una segunda mujer y, en ese momento, vivía con una tercera. Tenía dos hijos de la primera, a los que podía ver de vez en cuando y a los que pasaba una pequeña pensión, si lograba hacerse con algo de dinero. “¿Sabes, brother? –me decía– . Los nicas somos bastante vagos: quiero decir que vagamos mucho de lugar en lugar y de mujer en mujer…” […] 

El coche de Luis era un decrépito Toyota de color frambuesa, con los asientos de plástico rajados, motor renqueante y un radiador que precisaba reponerle el agua cada cuarenta o cincuenta kilómetros, pues goteaba por dos o tres agujeros. Cada mañana, Luis revisaba el motor con mimo, pieza a pieza, y lo rellenaba de aceite. Trataba a su coche como a un enfermo terminal en una UCI, negándose en redondo a la inevitable eutanasia. Por otra parte, aquel coche aguantaba lo increíble.

Luis no era sandinista ni partidario de la “Contra”. “Aquí lo que la gente quiere es comida, transportes y escuelas pa’ los niños –decía– . Yo no soy político, pero fui partidario del periodista Pedro Joaquín Chamorro e hice la huelga cuando Somoza le cerró el diario. Ese hombre sí que decía las verdades como puños y era recio de creencias como achote. Cuando iban a entrar los sandinistas en Managua, yo hice lo que la mayoría: me puse un pañuelo rojo y negro al cuello y me colgué del hombro un viejo fusil que encontré por ahí. Y jale en la calle a los “compas” que llegaban victoriosos: barbudos y vestidos de verde, como hizo Fidel en La Habana. Así que yo gané también la guerra, aunque lo hiciera a última hora y sin arriesgar la vida en batallas”.

Viajamos al norte con su vacilante e irreductible Toyota, por la misma carretera sin asfaltar que había recorrido el año anterior, la que corre en paralelo a las sierras que separan Honduras de Nicaragua. En más de una ocasión, nos quedamos atrapados en los vados de los ríos, que bajaban más crecidos que el año anterior.

Por suerte, era frecuente encontrarnos con reatas de caballos que cruzaban por la misma pista que nosotros, conducidas por grupos de vaqueros. Nunca nos negaron su auxilio: ataban con fuertes sogas el vehículo al cuello de un par de caballerías, daban algunas voces, algo así como “¡hipa, hipa, hipa!”, y el coche salía del agua y seguíamos viaje.

Al iniciar el recorrido por aquella carretera donde tan frecuentes eran las emboscadas, Luis me aconsejó: “Si nos para la Contra, tú me dejas hablar a mí y te quedas callado. Yo soy nica como ellos y me las sé arreglar”.

En Jalapa, me cerraron en las narices la puerta de la casa cural. “¡No es usted bienvenido aquí!”, gritó cuando le dije mi nombre el tipo que me había abierto. Pensé que, posiblemente, el cura palentino que el año anterior me llevó a asistir a una especie de “misa armada” en las montañas habría recibido una buena reprimenda de sus superiores desde España. En todo caso, en aquella comunidad revolucionaria de la casa cural de Jalapa, donde cohabitaban sacerdotes cimarrones y laicos fundamentalistas, yo no era bien recibido.

Así que no insistí en verlos.

Nos alojamos de nuevo en la pensión La Luz y allá continuaba doña Laura con su madre y sus hijos. Maidole había crecido, estaba más mujercita, y seguía siendo una niña simpática y guapa, algo más coquetilla que el año anterior. Creo que Luis anduvo trasteando un poco a doña Laura durante los días que permanecimos allí, en competencia con un viajante de comercio. Pero no pude saber en qué terminó la cosa.

Por las noches, en el bar de Sandra, yo tomaba cervezas Victoria y Luis consumía un cigarrillo de marihuana detrás de otro. Una vez bien fumado, le daba por pedirme consejos sobre la vida, ya que, según él, yo era hombre viajado y de más edad y experiencia que él. A mí sólo se me ocurría decirle que cuidara bien de su coche, que atendiese a sus hijos lo mejor que pudiera, que no se le ocurriese traer ninguno más al mundo y que no confiase en exceso de los políticos, fuesen del partido que fuesen.

Antes de irme del país, pretendía visitar San Juan del Sur, donde había una parroquia de sacerdotes españoles, militantes también de la Iglesia popular. Yo quería escribir una novela cuyo protagonista, un cura español, viviese las contradicciones que en ese momento dividían a la Iglesia católica, en plena guerra civil y con un gobierno revolucionario instalado en el poder […]

Los sacerdotes que me atendieron fueron muy amables conmigo. Asistí a misas, bautizos, comuniones y sermones. Eran mucho más sutiles y matizados que los curas cimarrones de Jalapa. Además, habían abierto un dispensario para atender a enfermos y organizaban a los campesinos en cooperativas. Su discurso era, en la apariencia, moderado si se comparaba con el de Lucillo, el cura que me llevó a la misa de las montañas nicaragüenses un año antes. Pero su fondo era el mismo: o la Iglesia era justicia social, en alianza con el desfavorecido y en lucha contra el opresor, o no era Iglesia. Y si era preciso apoyar la violencia contra la opresión, se apoyaría la violencia. Ese era el mensaje esencial de la Teología de la Liberación.

Ese asunto constituía el eje sobre el que yo quería escribir: el choque de una Iglesia conservadora con una Iglesia rebelde. Y sobre todo, quería tratar sobre las contradicciones que ello creaba en la actuación de sus sacerdotes, obligados de nuevo a buscar el martirio e, incluso, a pedírselo a sus feligreses […]

No utilicé a Luis como uno de los personajes de la novela. Sin embargo, sus rasgos y muchas de sus historias aparecen en la siguiente novela centroamericana de mi trilogía, El aroma del copal, que transcurre en Guatemala. Luis está en el alma de un personaje al que llamé Efrén.

******

En los años siguientes volví a Centroamérica dos veces para pasar una larga temporada en busca de escenarios, léxicos e ideas para las historias que iban a completar mi trilogía de novelas centroamericanas. En Guatemala me sonrió la fortuna. Yo buscaba el modo de ir a visitar un campo de petróleo en la zona del Petén, una enorme selva casi virgen al norte del país, donde la compañía española Hispanoil explotaba pozos.

Así pues, me dirigí a sus oficinas centrales de la capital. Me recibió el director general, un ingeniero nacido en Santander. Le conté que, unos meses antes, por mi novela de Nicaragua, me habían otorgado un premio en el Ateneo de su ciudad. Y de inmediato me invitó a visitar los campos de petróleo del norte y a quedarme allí el tiempo que quisiera. Permanecí en el norte varias semanas.

El campamento se alzaba en medio de la selva, a las afueras de un pueblo llamado el Naranjo. Había dos cantinas con prostitutas, un cuartel para un regimiento del ejército, guerrilla en los bosques de los alrededores, abundante fauna salvaje y restos de una ciudad maya sin excavar. Era el escenario perfecto para una novela de aventuras. El campamento consistía en un terreno cercado de un par de hectáreas, y los operarios y directivos se alojaban en caravanas, o campers, en las que contaban con aire acondicionado y sanitarios propios. En un camper mayor que todos los otros se encontraban el comedor y la cocina. Y a diario, un aeroplano de la compañía –el mismo que me llevó hasta allí– viajaba desde la capital al campo con alimentos y repuestos. Así que vivía en el centro de una selva virgen con aire acondicionado y comida en abundancia, cerveza fresca y buen ron. Y cazaba, pescaba, tomaba notas y leía y no pagaba ni un dólar por todo aquello. Daban ganas de quedarse allí toda la vida.

Había ríos de aguas muy limpias y bosques densos y sonoros. Y orquídeas y otros centenares de especies de flores que yo no conocía, mil clases de árboles, mariposas de fogosos colores, colibríes, tucanes, águilas, ánades, pavos, perdices, serpientes venenosas, pequeños caimanes, venados, puercos salvajes, monos aulladores, zorros, jaguares y pumas. De allí salieron los escenarios de El aroma del copal.

Pero, sobre todo, en el interior de la selva del Petén sentí de pronto que volvía a ser un niño. Además, a diferencia de mi infancia, ahora no soñaba las aventuras, sino que las vivía.

******

Para buscar la atmósfera de la tercera novela centroamericana, El hombre de la guerra, me trasladé a La Ceiba, en el norte de Honduras. Era un lugar mulato y salsero, donde vivía una comunidad de negros, antiguos esclavos traídos de África, que se llamaban a sí mismos garífunas. Tenían su propia lengua, quizás un dialecto africano desnaturalizado, su propia religión y su propio folclore. Al contrario que Tegucigalpa, capital del país, que era una ciudad sombría y triste, La Ceiba rezumaba vitalidad. Era una geografía caliente y viva, de mar bravo y olas que golpeaban con vigor contra el muelle de carga donde terminaba el tendido del tren. Se comía un excelente pescado frito en aceite de coco y un sabroso guiso de carne de caracola que no he logrado encontrar en ninguna otra parte. Las noches en La Ceiba eran jaraneras en un bailongo que llamaban El Piloto. Un refrán local decía: “Las mujeres de Tegucigalpa tienen el culo blando y la cara dura; las ceibeñas, la cara blanda y el culo duro”. Lo reproduje en un artículo de prensa y el periódico recibió una carta de la embajada hondureña en Madrid en la que se me tachaba de machista.

Mar adentro, a media hora de vuelo en un pequeño aeroplano desde La Ceiba, se encuentran las islas de la Bahía. Permanecí en la más grande, Roatán, durante tres días y aproveché para bucear en el arrecife caribeño, una de las formaciones coralinas más hermosas del mundo. En las islas hay una numerosa población de negros, descendientes de los esclavos africanos llevados allí siglos atrás por los ingleses. Curiosamente, se llamaban a sí mismos “ingleses” y muchos tienen en sus hogares el retrato de la reina de Inglaterra y una Union Jack en la pared. Hablan con desdén de los blancos, a los que llaman “indios”.

La Ceiba era un lugar remoto del norte y, desde allí, viajé a otro aún más lejano, Puerto Lempira, también en la costa del Caribe. De nuevo me encontraba ante la naturaleza bravía y en un territorio fronterizo con la guerra, pues cerca de allí mantenían sus bases las guerrillas “contras” que hostigaban a los sandinistas nicaragüenses. También era un paraje de perfume aventurero: en las costas próximas a la localidad, más arriba de la Mosquitia, abundaban los tiburones; en los ríos campaban a sus anchas los cocodrilos y en sus selvas señoreaban los jaguares. No era raro oír hablar de ataques de escualos ni encontrar personas con algún miembro amputado a causa de ello. Puerto Lempira crecía junto a una laguna, separada del mar por una larga barra. A veces, las olas de un temporal saltaban la barra y la ciudad quedaba inundada durante varios días. En esas ocasiones, según contaban los lugareños, los jaguares salían de las selvas y nadaban por las calles de la urbe, tratando de cazar gallinas, cerdos, perros, terneros y niños pequeños.

En Puerto Lempira, eran frecuentes las reyertas y la gente moría a tiro limpio por cualquier incidente en el que se jugaba ese atributo tan extraño que llaman honor. En cuanto los hombres empezaban a emborracharse a tu alrededor, percibías que tu vida corría peligro.

Recuerdo una tarde en la que arrancó a llover y me refugié del aguacero en una cantina. Había unos cuantos tipos en la barra y enseguida pegaron hebra conmigo. Hablaban suavecito y calmado. Al poco, ya me sugirieron que les invitase a unas cervezas. Lo hice con gusto, pensando que era una excelente oportunidad para entablar relación con gente que me podía ser de utilidad literaria, por sus modos de expresión, por su carácter, por su biografía, cosas de esas que los escritores solemos robar a los otros. Mientras charlábamos, pidieron una segunda ronda de cerveza a mi costa y, al poco, una tercera. Cuando indicaron a la camarera que sirviera la cuarta, sin siquiera molestarse ya en pedir mi consentimiento, uno de los tipos colocó un pistolón sobre el mostrador.

– ¿Y para qué lo lleva? –le dije por decir algo mientras mi pulso se aceleraba.

– Pues por si me encuentro un tigre bravo en la selva o alguien que no me gusta en la calle.

Estalló un trueno afuera y, durante unos segundos, el generador de luz del bar sufrió un apagón. Aproveché para decir que tenía que irme al hostal antes de que estallase la tormenta y salí corriendo del bar, bajo los gruesos goterones de la lluvia.

También en Puerto Lempira un italiano de unos cincuenta años me ofreció asociarme con él para pescar el camarón, llevarlo congelado a Estados Unidos y venderlo allí. Si no hubiese rechazado la invitación, quizás ahora sería un hombre rico. En la pequeña ciudad caribeña, conocí a una mujer que era la dueña del único hotel medio decente de la localidad y la primera fortuna de la Mosquitia, según decían: su marido había muerto alcohólico unos meses antes y me ofreció reemplazarle, porque “no es bueno, en el trópico, que una mujer viva sola”. No recuerdo si la rechacé porque era demasiado gorda o porque le olía el aliento a cebolla cruda. O por ambas cosas tal vez.

Al recordar ahora aquellos viajes a Centroamérica, me acomete una cierta nostalgia. Siento que nada de cuanto escribí puede compararse con la intensidad de lo que viví, pues cabalgué a lomos de la aventura durante varios años y ello supuso para mí una experiencia única e inolvidable, la mejor de mi vida junto con el amor y la paternidad.

Hay escritores capaces de crear excelentes novelas a partir de su propia capacidad inventiva, en un solitario proceso de abstracción. Son pocos. La mayoría precisamos de una inmersión profunda en la realidad y de los olores de la vida. Necesitamos escuchar historias para imaginar lo que queremos contar, aunque transformemos la realidad a nuestro acomodo.

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