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El Acordeón

Joaquín Orellana:“He sido demasiado yo”


El máximo compositor contemporáneo de Guatemala acaba de cumplir, el pasado 5 de noviembre, 90 años. Es autor de obras determinantes para la evolución de la música en el país como las Humanofonías, así como de una serie de útiles que buscan producir sonoridades casi telúricas que surjan de nuestra propia esencia. Para celebrar su vida y su presencia entre nosotros, recuperamos este perfil biográfico publicado en 2018 en este suplemento.

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Sin duda, hay quienes llevan la música en las venas. Uno de ellos es el compositor Joaquín Orellana Mejía quien confiesa que desde pequeño el ritmo se volvió una obsesión en su vida. La diferencia está en que solo unos pocos logran transformar esa necesidad melódica en un lenguaje que ha roto esquemas y trasciende. 

La producción musical del maestro Orellana se estima en más de 100 partituras que abarcan los géneros vocal, coral, orquestal, de cámara y lo más destacable, la producción de más de 50 útiles sonoros con los cuales ha concebido música contemporánea de vanguardia. También tiene varias obras literarias. Su capacidad creativa sigue vigente, al punto que se estima es capaz de producir una obra musical por semana. 

“La genialidad de este compositor equivale a un Mozart, lo cual no ha sido valorado en su justa dimensión”, opina el director de orquesta Julio Santos.

Esta es parte de una conversación con el maestro y sus amigos cercanos que nos acerca a reconocer a un personaje monumental; sencillo pero profundo, de memoria prodigiosa y humor nato. 

El ritmo como obsesión

Joaquín Orellana nació el 5 de noviembre de 1930. Al consultar las referencias biográficas hay una incongruencia en la fecha de su natalicio, pues también se encuentra que vino al mundo en el año 1937. Pero él señala que todo se debió a una confusión al momento de dar sus datos para una exposición, hace muchos años, asunto que nos deja aclarado. 

Desde niño mostró una habilidad natural para la música, heredada de su padre, Joaquín Orellana Samayoa con quien tuvo una relación muy estrecha y feliz y de quien heredó la musicalidad y el ingenio. Tendría 7 años cuando ya pensaba en ponerle un “sonsonete” a todo, veía un letrero y lo musicalizaba. En la escuela, esto le trajo problemas pues mientras la maestra explicaba una materia en clase, la mente del pequeño Joaquín estaba ajena pensando en combinaciones sonoras. “Fue así como el ritmo fue convirtiéndose en una obsesión hasta convertirse en una necesidad liberadora de mis demonios”, expresa.

Cursó la primaria y la secundaria en el colegio San Sebastián donde formó parte de la banda escolar y aprendió solfeo. Su primer instrumento fue un violín, regalo de su padre.

A punto de ingresar en el bachillerato, decidió inscribirse en el Conservatorio Nacional de Música. En ese entonces, su familia no lo apoyó, solo su padre. De esa época recuerda una formación académica rigurosa, pero también llena de anécdotas. Sus maestros fueron el austríaco Franz Ippisch, el belga Augusto Ardenois y Alfredo Pinillos, entre otros. 

Orellana sobresalió con facilidad ante el resto de sus compañeros; a pesar del ambiente “castrante” en la composición musical, donde las reglas académicas se imponían sobre la libertad creadora. “Ippisch decía que no se podía escribir música hasta que no se tuviera una práctica grande de la armonía tradicional”, comenta. Pero Orellana no hizo caso. Siguió su impulso y empezó a componer a escondidas. Sin embargo, reconoce que ese lado instintivo y obsesivo en la creación musical también necesita del conocimiento académico como una fuente de equilibrio. 

Sus inicios en la composición estuvieron influenciados por una tía espiritista y las lecturas terroríficas y truculentas del escritor norteamericano Edgar Allan Poe. Alrededor de los 17 años compuso una obra para piano: Exorcismo Scherzante, que marcó el principio de una larga y evolutiva carrera en este campo. Sobre esto comenta: “Me crié en un ambiente propicio, pero al mismo tiempo lleno de obstáculos, puesto que en el Conservatorio se creía que solo autores como Bach o Beethoven podían componer. Se minimizaban nuestras capacidades. A esto se sumó la envidia entre colegas”, relata. 

En 1959 se graduó como violinista en el Conservatorio Nacional de Música. A partir de entonces se desempeñó como ejecutante de ese instrumento en la Orquesta Sinfónica de Guatemala. Además, trabajó en la Dirección General de Bellas Artes y como docente en el Conservatorio. De este periodo destaca con orgullo la composición del balletContrastes (1963), en la que manejó el contrapunto a tres voces, que describe como una pieza de grandes aciertos orquestales sin contar con mayores estudios en esta especialidad. 

Gracias a esta obra, en 1967 se le otorgó una beca por dos años en el Instituto de Altos Estudios Torcuato Di Tella en Buenos Aires, Argentina. Para entonces, ya experimentaba por instinto con los campos no tonales y lo que él llama “texturas flotantes”; aprendizajes que se basaron en la vanguardia musical europea. Orellana se interesó en el expresionismo, el cual reconoce ha tenido mucha fuerza en su obra. Uno de sus máximos representantes fue el compositor austríaco Arnold Schönberg, de quien se refiere como un revolucionario que le dio un vuelco a la música académica de su época. 

Nuevamente, sus destrezas musicales le permitieron ganar ventaja sobre sus compañeros. Esa mente auditiva o “piano mental” como le llama, le facilitó el trabajo, al punto que recuerda que lograba componer en media hora lo que a otros les tomaba hasta cinco. 

La conversión

A su regreso a Guatemala, Orellana se encontró con un ambiente artístico provinciano. Entró en crisis. Se planteó el dilema de cómo buscar la originalidad en la composición musical. Quiso alejarse de las influencias europeas pero al mismo tiempo, del tradicionalismo de los sones o las tonadas criollas populares. 

De pronto, comenzó a escuchar las voces de la cotidianeidad, lo que lo llevó a una “conversión” determinante en la esencia de su quehacer compositivo. Transfiguró estas voces en música-mensaje y las enmarcó, como trozos de paisaje, en la cinta magnética dándoles vida posteriormente en la obra, señala la investigación de tesis de María Alejandra Privado Catalán, Lo social en las fibras de la música de Joaquín Orellana.

Fue así como el maestro comenzó a experimentar a través de una mezcla de técnicas compositivas aprendidas y los sonidos propios locales hasta encontrar su propio estilo. “Joaquín se descubrió fuera. Y se creó en Guatemala”, observa el también compositor y músico Paulo Alvarado.

Esta búsqueda desemboca en la obra serial Humanofonías (1971), en donde experimenta con técnicas de música concreta y electroacústica para expresar una realidad de injusticia social. “El mensaje sonoro está en el uso de fonemas de lenguas indígenas. A partir de esta obra, mi música cada vez es menos personal y se va focalizando en elementos que significan guatemalidad”, explica el maestro. 

Esta “catarsis” creativa fue también el germen para que Orellana comenzara la construcción de sus propios instrumentos musicales, a los que llamó útiles sonoros. La marimba fue un punto de partida “con la intención de dispersar y fragmentar el sonido de la misma”. Así da vida a nombres y formas tan particulares como la primera pieza que elaboró, a la que llamó Sonarimba. Le siguieron Panderimba, Imbaluna, Gotimar y muchas otras que hoy conforman un conjunto orquestal de hasta 56 esculturas sonoras, con materiales que van desde las teclas de madera, tubos de aluminio, caparazones de tortuga, cañas de bambú, sonajas, perlas de fantasía y muchos más. 

Amigos cercanos como Julio Santos se han dado a la tarea de recopilar en una larga lista las más de 80 obras de Orellana y de sus útiles sonoros. Quizás muchas escapan de este registro. 

Otra faceta artística que ha cultivado a la par de su producción musical es la literaria. Orellana ha escrito obras como El Violín Valsante de Huis, inspirado en narraciones fantásticas, Cantos a la marimba y La muerte del general, un conjunto de ocho relatos escritos a lo largo de una década.

De acuerdo con Privado Catalán, la obra de Orellana puede ubicarse dentro de las corrientes de la música contemporánea, aunque él afirma que no puede colocársele en una tendencia específica. Tampoco que se le considere un compositor de ruptura, sino más bien un músico que ha innovado en cierta manera de hacer, a la que llama un “insolitismo”, en el sentido que ha creado útiles sonoros y paralelamente ha creado la manera de cómo componer para estos. Su obra artística tiene distintas facetas que transitan desde composiciones clásicas para orquesta de cámara, hasta sistemas aleatorios y obras dentro del campo tonal y atonal. Se niega a ser encasillado. “Casi no he tenido influencias, he sido demasiado yo”, expresa.

*agonzalez@elperiodico.com.gt

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